Actualizado: 06/12/2019 17:18
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Literatura

Días de feria

Lecturas por decreto, carnaval y mascarada en treinta ciudades de la Isla.

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La satisfacción de los miles de lectores habaneros que asistieron días atrás a la Feria del Libro de la capital, viaja siempre en sentido contrario de lo que desean y promueven las autoridades del régimen y su eufórico aparato propagandístico.

Clausurada la etapa principal del evento literario el domingo pasado, ahora se ha iniciado la insólita extensión de las actividades al resto de las provincias del país. Insólita no porque sea una novedad aquí, pues desde hace varios años viene sucediendo como pieza perfecta del mecanismo totalitario que establece lecturas por decreto —aquel viejo "lean lo que les damos"—, sino porque quizás no pueda verificarse un hecho así en ninguna otra feria en todo el mundo. Ni falta que hace, dirán algunos.

Ese singular papel de líder en todo aquello que signifique derroche populista pertenece a Fidel Castro desde hace mucho tiempo. Todas sus campañas actuales vienen envueltas en el engañoso celofán de la "batalla de ideas" y la superación cultural de las masas. Porque no es difícil desmontar los verdaderos propósitos que se esconden detrás de un carnaval libresco, justo cuando peor le va en el terreno económico a un régimen tambaleante.

Carnaval puede ser también la palabra adecuada en su sentido farsesco, en su mascarada inocua. Es que no interesa a sus organizadores el surgimiento de un debate real sobre nada, mucho menos sobre las potencialidades de la literatura de la Isla, dentro del complejo entramado de la cultura cubana en sus relaciones con el mundo (mercado, nexos, promoción), uno de los temas candentes que deberá abordarse en un futuro democrático.

Todo porta un triste color político. Más de una treintena de ciudades acogen, ahora y en semanas venideras, una feria que pretende atiborrar de panfletos ideologizantes al lector cubano, atenazado entre la imposibilidad de acceder motu proprio a los circuitos de distribución de la literatura universal contemporánea y el maremágnum propagandístico de los libelos culturales aquí dentro.

Nadie crea encontrar algún volumen salido del talento de Reinaldo Arenas, Antonio Benítez Rojo, Guillermo Cabrera Infante, Norberto Fuentes, Raúl Rivero, Antonio José Ponte, Zoè Valdés o María Elena Cruz Varela. Sus libros no cuentan para los stands de esta feria, sui géneris por más de un motivo. Como tampoco cuentan los nombres de Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Ceszlaw Milosz, Javier Marías, Joseph Brodski o Carlos Fuentes para los catálogos de las editoriales estatales cubanas. Suponemos que no haga falta preguntar por qué.

Adláteres y vedetes

Muchos otros nombres se repiten año tras año, como sólo puede hacerlo un altavoz bien programado. Son escritores de probada lealtad al senil Comandante, que regresan a los mejores hoteles de La Habana desde sus urbes primermundistas —en algunos casos— o desde sus bien resguardadas casonas en países sudamericanos, africanos o asiáticos, en otros.

De los primeros conocemos mucho los cubanos. Jean Paul Sartre fue un ejemplo en los años sesenta y José Saramago, otro en los más recientes; unido a Nadine Gordimer, Noam Chomsky, Armand Mattelart, James Petras, Belén Gopegui, Alfonso Sastre, Isván Meszarov, Carlos Frabetti, Isaac Rosa, William Blum, James Cockroft y Boaventura de Souza, entre otros.

De los "tercermundistas" nadie osaría quitarles los cetros a Gabriel García Márquez, Ernesto Cardenal, Adolfo Pérez Esquivel, Luis Britto, Eduardo Galeano, Jorge Enrique Adoum y Volodia Teitelboim.

Aunque en realidad esta feria ha tenido una vedete fuera de serie en el escritor argentino Miguel Bonasso, presente con dos títulos, uno de ellos lanzado a todo trapo en la Tribuna José Martí, con la asistencia de Fidel Castro, y en compañía de un grupo de rock liderado por su hijo.

A Bonasso sólo le falta escribir la letra del canto de cisne de un régimen al que parece conocer muy mal. Con ello quizá pueda emular con el otro invitado de lujo que tuvo esta feria, el único que pudo robarle algún protagonismo: el cantautor español Joaquín Sabina.

El creador de tantas canciones memorables a Madrid aterrizó en la sede de San Carlos de la Cabaña para leer algunos sonetos de su libro Ciento volando de catorce, en entrega cubana, y de paso declarar su amor por La Habana. "Es mi novia", dijo a la prensa, y suponemos que incluya en su abrazo nocturno de San Valentín —porque un amante sincero debe ser coherente— a la anciana arrugada de Centro Habana, a la joven demacrada de Alamar y a la despechada de Diez de Octubre, donde se pudren tantos defensores de la libertad en las mazmorras de Villa Marista.

Cerrado el capítulo habanero de una feria politizada, sus tentáculos cubren ahora a varias partes de la Isla. La intención no es otra que servir. Pero no a los ávidos lectores cubanos, que continuamos esperando y alentando los futuros aires de libertad para dar a la literatura su justo lugar, sin trampas ni fraudes gubernamentales. Sino a un régimen que ha hecho de la cultura una eficaz herramienta de sometimiento y exclusión.