Actualizado: 29/05/2020 12:36
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Ni frijoles ni señales

Funcionarios y expertos insisten en que ya existen novedades positivas en el interinato. ¿Cuáles son esos supuestos éxitos y cambios?

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El Viejo y el mar

Es en ese punto donde se llega al fin del primer año de esta sui géneris transferencia temporal, puntual y condicionada de poderes administrativos y se arriba al caluroso verano, cuando cientos de miles de personas salen de sus escuelas y empleos, beben más de lo acostumbrado, socializan sus impresiones fuera del alcance de los micrófonos de la policía y traman sus proyectos para "escapar" de la realidad y "resolver" su situación.

A menudo tienen esas conversaciones a la orilla del mar, y cruzar las aguas que los separan de EE UU se les presenta como la solución final. "Escapar y resolver", o morir de una vez en el intento, es una contagiosa neurosis nacional. Casi constituye una epidemia mental entre la población más joven. Cualquier cosa menos perder la vida en espera de la muerte ajena.

Los veranos cubanos son de un calor pegajoso, como lo son las acciones que unos inician y arrastran a otros a imitarlas. Este es un año delicado. Ya secuestraron un barco en la Isla de la Juventud, se han multiplicado los naufragios de balsas improvisadas y las llegadas de contrabando humano a EE UU y otros territorios próximos a Cuba. Luego ocurrió un grave incidente con tres reclutas de las Fuerzas Armadas que pretendieron escapar del país haciendo uso de la violencia. ¿Qué es lo que se avecina o puede avecinarse este verano?

El Viejo sigue ahí, como líder máximo del inmovilismo nacional, y el mar también; invitando a explorar otros pretendidos paraísos cuando se da por definitivamente perdida la posibilidad de arreglar el que alguna vez se soñó como propio.

La combinación de fuerzas que intentan salir y aquellas dispuestas a impedírselo puede generar violencia y explosiones sociales. Un éxodo masivo pudiera, nuevamente, poner a La Habana y Washington en el curso de una colisión externa. Pero el empleo de fuerza letal por parte del gobierno para contenerlo podría generar el fin de la precaria gobernabilidad interior e incluso atraer una injerencia externa.

Es peligrosa, falsa y peregrina la idea de que EE UU y la comunidad internacional —para no hablar de la población cubana y su exilio— se cruzarán de brazos si ante la frustración definitiva de toda expectativa de cambio sustantivo, mujeres, viejos, jóvenes, niños, diesen inicio a una crisis al internarse en embajadas extranjeras o lanzarse al mar sólo para ser reprimidos de manera brutal.

El modo de garantizar la gobernabilidad es desatando ahora las anheladas reformas, no embistiendo las embarcaciones de potenciales migrantes cansados ya de esperar por aquéllas, pese al optimismo de algunos corresponsales y analistas extranjeros. Prolongar el limbo en que se vive es jugarse la gobernabilidad a la ruleta rusa. En especial cada verano, pero no solamente en esos meses.

El gobierno no debe creer que el ramo de olivo que hoy todos le ofrecen a un eventual proceso reformista desde la cima es definitivo. Esa actitud constructiva puede transformarse de nuevo en hostilidad e incluso violencia, si a partir de su inmovilismo se desatan explosiones sociales internas, iniciadas por personas desesperadas, sobre las que se lanzara la fuerza letal del Estado. Una masacre como la del remolcador "13 de Marzo" no es aceptable nacional o internacionalmente en las actuales circunstancias.

La salida a esta espera sobre el filo de la navaja está en impulsar las ya impostergables reformas. Entre ellas, la primera debiera ser la de la obsoleta doctrina de seguridad y defensa vigente, incapaz de reconocer el origen autóctono de los conflictos y desafíos a la gobernabilidad y que subordina las necesidades del desarrollo a las del control totalitario de cada parcela de la sociedad cubana. Semejante discusión —como gustaría decir al secretario de Organización del PCC, José Ramón Machado Ventura— cae perfectamente dentro del "radio de acción" del general de Ejército y sus colegas.

La gobernabilidad interna reclama un nuevo paradigma de desarrollo que permita al país insertarse en los mercados y flujos de capital, introducir tecnologías de alta productividad, diversificar las alianzas externas, construir mecanismos políticos y culturales para la continua reelaboración de consensos y la solución no violenta de conflictos de muy diverso tipo, elevar la eficiencia y combatir la corrupción. Pero la doctrina de seguridad nacional vigente, y las mentalidades a ella asociadas, bloquean esas posibilidades.

El núcleo central del conflicto cubano está hoy dado por la contradicción existente entre el elevamiento de las capacidades profesionales de la población —alcanzado mediante un esquema socialmente inclusivo de enseñanza— y un paradigma de desarrollo estatizado, verticalista y autoritario, que resulta excluyente de toda iniciativa política o económica de abajo hacia arriba. Pero ese paradigma es mantenido contra toda lógica sensata, porque la doctrina de seguridad vigente no puede operar desde otro criterio de organización social.

La gobernabilidad no será asegurada prohibiendo antenas de televisión por satélite y radios de onda corta, bloqueando el acceso a internet, centralizando las inversiones, impidiendo la capitalización de remesas y el trabajo por cuenta propia, penalizando la libertad de investigación académica y periodística, prohibiendo la libertad de expresión, anulando la autonomía de las organizaciones ciudadanas, imponiendo limitaciones al libre movimiento de sus ciudadanos, hostigando a los potenciales migrantes y dificultando las relaciones con la diáspora, a la que se niega la posibilidad de cooperar con el desarrollo nacional.

Parafraseando a Marx, puede afirmarse que la doctrina de seguridad ha determinado la configuración de un sistema de relaciones sociales que hoy bloquea el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad cubana, abriendo una fase de crisis sistémica.

La actual paradoja de la sociedad radica en que la mayor amenaza contra la seguridad e independencia nacionales emana de la doctrina de seguridad y defensa vigente.

Los que deseamos un cambio constructivo, pactado, gradual y no violento hacia otra Cuba con todos y para el bien de todos, seguimos esperando por Raúl. Pero el tiempo de esa espera no es ilimitado. Sobre todo no puede serlo para quienes tienen que contar los días desde la asfixia cotidiana que impone el inmovilismo.

La nación no puede seguir aguardando la definitiva desaparición de El Viejo. Tiene que echar a andar y de algún modo lo hará. Los que no creen en esa posibilidad olvidan las sorpresas que acostumbra a dar el viejo topo de la Historia.


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