Actualizado: 23/11/2017 16:24
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Castro, Asamblea, Dictadura

Ser y tiempo castristas

Según el autor, la crisis de fondo en Cuba es la de un pueblo dentro políticamente visible a favor del Gobierno —marchas multitudinarias, turbas castristas, millones de votantes…— y otro políticamente invisible —es decir, propio de la fe religiosa— a favor de la oposición

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Las reacciones de cierta bandería liberal estadounidense contra monumentos asociados a los Estados Confederados de América (1861-65) reaniman hoy la discusión sobre el ser y el tiempo históricos, que guarda relevancia para Cuba por haberse tornado histórico —ya va para su sexta década— el orden sociopolítico castrista.

Al responderse a sí mismo ¿Es el comunismo cubano un régimen dinástico?, el laureado intelectual Rafael Rojas Gutiérrez sugirió que “la noción ‘dictadura de los Castro’ [es] una expresión reciente, posterior a la convalecencia de Fidel Castro en 2006, [para] enfatizar más las continuidades que las rupturas entre los gobiernos de un Castro y el otro”. Y remachó con que transferir dicha expresión “al período de construcción del régimen comunista cubano, entre los años 60 y 70, es la típica operación teleológica por la cual la narrativa del pasado se pone en función del partidismo político en el presente”.

Sólo que el 12 de octubre de 1960, por ejemplo, el alzado anticastrista Porfirio “El Negro” Ramírez —capitán del Ejército Rebelde y líder de la FEU en Santa Clara— expresó ya por carta, antes de ser fusilado, que tenía fe en que “los hombres que hicieron una revolución por amor a Cuba (…) no se someterán jamás a la dictadura comunista de los Castros (sic)” [1]. Y mucho antes de la sirimba intestinal de Fidel circulaba también la expresión casi equivalente “tiranía comunista de los hermanos Castro” [2].

Dictadura y tiranía

Vamos a dejar esta típica operación de ignorar el pasado para meter forro en el presente. Vayamos a las nociones dictadura y tiranía. Tras el triunfo de la revolución de Fidel Castro, la sociología cubiche barata y moralista no se atrevió a indagarlas como claves del liderazgo político en la nación cubana, aunque sí se atrevió —por ejemplo— a sublimar a los delegados a las Asambleas Municipales del Poder Popular como “élite alternativa de alta vocación social y ajena al mercantilismo político” en virtud del “sistema electoral puesto en práctica a nivel local, basado en nominaciones libres de los ciudadanos agrupados en asambleas, competitivas y con voto directo y secreto” [3].

La necesidad socio-psicológica o psico-sociológica del dictador y/o tirano para gobernar en Cuba se abordó en Biología de la democracia (Editorial Minerva, 1927) por Alberto Lamar Schweyer, pero pudiera rastrearse hasta en los tres factores humanos de la cubanidad que José Martí definió así: “La excrecencia famélica de un pueblo europeo, soldadesco y retrasado; los descendientes de esta tribu áspera e inculta, divididos por el odio de la docilidad acomodaticia a la virtud rebelde; y los africanos pujantes y sencillos, o envilecidos y rencorosos, que de una espantable esclavitud y una sublime guerra han entrado a la conciudadanía con los que los compraron y los vendieron y, gracias a los muertos de la guerra sublime, saludan hoy como a igual al que hacían ayer bailar a latigazos” [4].

Al avatar poscolonial de estos recursos humanos parece venir bien la dictadura, pero no en el sentido romano clásico de concentración provisional del poder en tiempos difíciles —para eso tenemos hoy el estado de emergencia— sino en el sentido moderno de dictadura revolucionaria o soberana, esto es: “un estado de cosas en el que sea posible imponer una constitución” [5].

Desde luego que la noción mediática circulante es dictadura = no-democracia, pero ¿cómo se empina ese papalote? Pues dándole vueltas al monigote: “Respetaremos la soberanía de Cuba, pero jamás le daremos la espalda al pueblo cubano,” largó Trump en su presentación teatral dizque del New Deal superior a la política de Obama hacia Cuba. Enseguida el “Gobierno Revolucionario” replicó: “Los cambios que sean necesarios (…) los seguirá decidiendo soberanamente el pueblo cubano”.

Así queda expuesta la crisis de fondo, que es la crisis del pueblo por su reducción a juego lingüístico de la discusión entre banderías encontradas, con un pueblo dentro políticamente visible a favor del Gobierno (marchas multitudinarias, turbas castristas, millones de votantes…) y políticamente invisible —es decir: propio de la fe religiosa— a favor de la oposición.

Viene a colación entonces la tiranía. A diferencia de con los Castro, el pueblo cubano demoró menos de una década en salir de Machado y de Batista, que eran tiranos —en el recto sentido greco-clásico— por ir contra las leyes y despreciar las costumbres. En ambos casos, el pueblo atinó a restablecer unas y otras dentro de plazos adecuados a la política. Sólo que en el caso de Batista irrumpió Castro, quien pasaría bien rapidito de restablecer a deshacer todas las leyes y costumbres para imponer las suyas. Y como la fe declarada de Porfirio Ramírez no encarnó en el pueblo, el tiempo pasó y pasó más allá de los plazos funcionales en política [6].

Hoy en día no se trata de restablecer la Constitución de 1940 ni cualesquiera otras leyes y costumbres de la república poscolonial, pues la Constitución de 1976 y las demás leyes y costumbres del castrismo arraigaron hace rato por mera rutina en la historia y hasta en las biografías [7]. No se trata de transitar a la democracia, sino de desmontar y reconstruir todo [8]. El pueblo tendría que salir del Estado totalitario (sin oposición parlamentaria) completo que los Castro desovaron en largo ejercicio tiránico-dictatorial del poder con la complicidad democrático-plebiscitaria del pueblo mismo.

Para desmontar ese Estado y reconstruir la nación se precisaría una revolución más o menos como aquella que hizo el propio Castro, pero su guerra de guerrillas contra Batista, la huelga general contra Machado y las demás vías de oposición no-pacífica parecen estar clausuradas. La patria no tiene ya ninguna violencia que contemplar orgullosa.

Irónicamente, el propio Castro —único experto cubiche en hacer tabula rasa de un Estado precedente— señaló hace ya más de una década cierto camino largo y tortuoso para salir del Estado que él mismo había sentado: “Tomar el gobierno de la república legalmente (…) Que vayan a la Asamblea [Nacional] y que sean mayoría (…) Mediante la vía electoral podrían tomar el poder [y] desde el poder hacer una contrarrevolución, por vías legales (…) Pueden perfectamente, según nuestro sistema electoral, tomar el poder con los mecanismos legales” [9].

Coda

Tienen la palabra los camaradas del exilio y la oposición sobre cómo salir del Estado totalitario castrista por otro camino de oposición pacífica que no sea ese que indicó el peculiar dictador-tirano Fidel Castro mucho antes de ser inhumado en un seboruco [10].


Notas

[1] Ruiz Domínguez, Leovigildo: Diario de una traición. Cuba: 1960, Indian Printing, 1970, 308.

[2] Salvador Romaní, líder del exilio cubano en Venezuela, se refirió a la muerte de Jorge Mas Canosa como “revés en la lucha contra la tiranía comunista de los hermanos Castro” Cf.: “Muchos en Miami confiaban en la recuperación de Jorge Mas”, El Nuevo Herald, 24 de noviembre de 1997.

[3] Dilla, Haroldo: “Municipios y construcción democrática en Cuba”, Perfiles Latinoamericanos, Vol. 5, Núm. 8 (1996), 85.

[4] “La verdad sobre los Estados Unidos”, Patria [Nueva York], 23 de marzo de 1894.

[5] Schmitt, Carl: La dictadura, Revista de Occidente, 1968, 149.

[6] En memo del 11 de diciembre de 1959, el coronel de la CIA Joseph Caldwell King advirtió que si Fidel Castro “permanecía en el poder por dos años más, sobrevendrían daños perdurables”.

[7] Nótese el talante castrista de los anticastristas que se enfadan al ser criticados y tergiversan la crítica como injuria o infamia para enseguida pedir la censura del criticón con subterfugios tales como “poner coto a los exabruptos”.

[8] Sartori, Giovanni: ¿Qué es la democracia?, Taurus, 2003, 405 s.

[9] Biografía a dos voces, Random House, 2006, 555. Vid.: La oposición ante la normalización.

[10] El consuelo de que “no se exhibió el cadáver a las multitudes por miedo que fuera profanado, y si lo incineraron (…) fue porque temían la profanación” soslaya que para profanar no hace falta el cadáver. Se profanaba igual escupiendo sobre la imagen expuesta por días en el Memorial José Martí o tirando algo contra el furgón con las cenizas a su paso por toda Cuba. Y se profanaría hoy escupiendo, tirando algo u orinando en el seboruco. Nadie se atrevió —ni se ha atrevido todavía— por miedo a jugar con el mono, incluso hecho polvo, aunque se juegue con la cadena de pintar “Se fue” en una pared, gritar ¡Abajo Fidel Castro! en la calle o sacar un cartelito ídem.


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