Actualizado: 20/10/2021 13:39
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'Subir la parada'

Una frase muy cubana, que entiende la política como un juego de naipes.

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En la literatura y la filmografía cubana existe un número reducido pero importante de obras que hablan de la naturaleza del poder totalitario. Dos de ellas son Memorias del subdesarrollo (1968) y Los sobrevivientes (1978), dirigidas por Tomás Gutiérrez Alea. Ambas tratan de esa zona cada vez más oscura en el imaginario revolucionario que Nancy Morejón llamó "la penumbra burguesa".

En Memorias…, la reflexión sobre el poder se da vinculada a la función de la masa, del pueblo dentro de la nueva ola revolucionaria, de aquellos que siempre necesitan "que alguien piense por ellos". En Los sobrevivientes, sin embargo, ya no se trata del individuo aislado, que intenta darle sentido a su mundo a partir de las nuevas condiciones históricas. Ahora se trata de toda una familia, que al triunfo de la revolución decide encerrarse en un inmenso caserón que en la vida real pertenecía nada menos que a la poetisa Dulce María Loynaz.

Para la familia Orozco, la revolución sería cuestión de un tiempo. Se trataba de hacer ajustes para sobrevivir… hasta que todo pasara. ¿Qué nos dice esta película de la naturaleza del poder revolucionario y de cómo este poder imagina a sus enemigos?

La respuesta nos la da el protagonista principal del drama, interpretado por Reinaldo Miravalles. En medio de la discusión en relación con qué hacer, Miravalles propone imitar al gobierno y explica la estrategia principal que este había usado para negociar con sus enemigos: subirles la parada. Esa frase, que solamente tiene sentido entre cubanos, el protagonista la explica de esta forma: cuando los norteamericanos se negaron a refinar el petróleo ruso, Cuba nacionalizó las refinerías, y de este modo "les subió la parada".

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española no registra ninguna acepción con esta variante, que para los cubanos debería tener tanta importancia. Sí recoge, no obstante, una similar, cuando afirma que la frase "doblar la parada" se usa en los juegos de envite y significa "poner la cantidad doble de la que estaba puesta antes".

Los juegos de envite, tan populares en Cuba antes del triunfo de la revolución (el póquer, la canasta, el truco), consisten en apostar una fuerte suma de dinero y reunir la combinación superior de las establecidas para ganar la partida. Si nos fuéramos a llevar por esta frase, la política cubana podría interpretarse como una sucesión de apuestas. No como un juego de ajedrez, sino de naipes, en el que Fidel Castro, cada vez que puede, apuesta el doble, es decir, sube la parada.

De Miravalles a Obama

¿Para qué entonces Miravalles trae a colación esa frase de la realpolitik cubana?

Según el protagonista, los burgueses reunidos en la casona colonial debían hacer lo mismo: crear un territorio autónomo dentro del mismo país, un coto vedado, con sus propias leyes, sus antiguos sirvientes, sus misas dominicales y, por supuesto, su antigua jerarquía política.

El experimento funcionó durante un tiempo, pero pronto comenzaron las dificultades. El párroco de la iglesia decidió marcharse de país y el patriarca de la familia Orozco (Enrique Santiesteban) murió de un infarto. Para colmo, un día los sirvientes de la casa se rebelaron y se fueron, dejando a la antigua familia aristócrata a su propia suerte. Estos terminaron comiéndose entre ellos, en una especie de canibalismo de clase.

Seguramente, la intención de Gutiérrez Alea y Benítez Rojo (en cuyo cuento Tute de Reyes se inspiró la película) era demostrar que "subirle la parada" al gobierno no funcionaba, que cualquier intento de doblar la apuesta era un esfuerzo inútil que solamente los llevaría al aislamiento y la animalización. Pero, poniendo a un lado lo grotesco de estas escenas, que tanto deben al Buñuel de El ángel exterminador y al triunfalismo revolucionario de los setenta, lo que interesa subrayar en esta película es la forma en que ese poder ha negociado tradicionalmente con sus enemigos.

En muchos casos, no solamente ha logrado salirse con la suya, sino que ha servido de precedente a otros países, como Venezuela o Irán. ¿Acaso no actuó Hugo Chávez de la misma forma que Fidel Castro, cuando se negó a negociar con las empresas cementeras y las nacionalizó bajo el pretexto de que no producían suficiente ni vendían al precio que podía pagar el país?

Algo similar sucedió cuando los últimos huracanes arrasaron Cuba y el gobierno de la Isla se negó a aceptar la ayuda humanitaria de Estados Unidos: sólo quería el levantamiento del embargo. Más recientemente, cuando EE UU decidió cerrar la cárcel de la Base Naval de Guantánamo, La Habana volvió a subir la parada a Washington al decir que la única opción válida era abandonar enteramente la base y entregar ese terreno a Cuba.

Si miramos la historia de las relaciones entre Cuba y EE UU, es fácil ver que el régimen casi siempre se ha salido con la suya cuando estuvo un presidente demócrata en la Casa Blanca. ¿Podrá Obama "subirle la parada" a la Isla, o simplemente La Habana, Caracas, Teherán y otros gobiernos no están interesados en llegar a un acuerdo con Washington?

La respuesta la sabremos dentro de poco.


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