Actualizado: 11/12/2019 10:35
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Tecnología: libertad

El fracaso de Alarcón y del sistema educacional de la Universidad de Ciencias Informáticas.

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No hace muchos años, los terrenos donde hoy se alza la Universidad de Ciencias Informáticas de La Habana se encontraban ocupados por radares soviéticos dispuestos para captar información estratégica. Moscú pagaba renta por conservar allí sus artefactos, y regalaba al gobierno de la Isla los subproductos de tal pesca, información relativa al sur de Estados Unidos. El lugar era conocido como la base de Lourdes.

Más tarde, amparándose en lo costoso del mantenimiento y lo innecesario del rastreo, el gobierno ruso decidió desmantelar sus radares y cerrar la base. Lo hizo sin consulta alguna con La Habana, y prestó a Fidel Castro motivo de quejas para uno de sus discursos. Otra vez las grandes potencias se entendían entre ellas sin recabar opinión del gobierno revolucionario cubano. Obedecían otra vez al modelo de la Crisis de los Misiles, con Moscú y Washington negociando sin ofrecer participación alguna a La Habana. Y ahora el país, estancado imaginariamente en la Guerra Fría, perdía el equilibrio establecido entre la base de radares soviéticos de Lourdes y la base naval estadounidense de Guantánamo.

Clausurada la base de radares, desmontada toda la ferretería, pareció no existir idea mejor que construir allí una ciudad universitaria, una suerte de Silicon Valley revolucionario. La base de Lourdes, devenida Universidad de Ciencias Informáticas, entró así en el grupo de sustituciones simbólicas de las últimas décadas.

Un grupo donde, por sólo citar unos pocos ejemplos, caben la conversión de La Cabaña en sede de la Feria Internacional del Libro y de la Bienal de Artes Plásticas, la transformación de un cuartel de la policía secreta en dependencias administrativas del Museo Nacional de Bellas Artes, o la construcción de una tribuna antiimperialista frente a la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana.

Donde existiera antes una base de inteligencia, fue abierta una universidad, centro de investigaciones equiparable al polo de investigaciones biotecnológicas existente ya en la capital. Se trataba, a la larga, de continuar por otra vía las mismas actividades que realizaban allí los radares. Se trataba de propiciar la investigación y de formar profesionales prestos a participar en la guerra cibernética del país. Tocaba a los egresados de la Universidad de Ciencias Informáticas perfeccionar cada vez más el bloqueo sobre la información ejercido por el gobierno, les tocaba refinar los sistemas de filtrado.

Cualquier ofensiva cibernética habría de recabar el trabajo de esos profesionales (Podrán considerar exagerados estos planes, pero quien haya seguido, a través de mesas redondas televisivas e intervenciones suyas, los avances de Fidel Castro en la comprensión del ciberespacio, recordará que, luego de un momento inicial de desinterés, el mandatario formuló la pretensión de colmar las redes con información cubana. Según él, era cuestión de saturar lo infinito).

Objeciones al poder

Por todo lo anterior, para las autoridades tuvo que resultar de sumo interés el recién celebrado intercambio con representantes de los 10.000 estudiantes del centro de estudios. Quedó encargado de presidir tal diálogo Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular. La reunión formaba parte de los diversos debates sostenidos en todo el país, en todas las esferas.

Celebrada a puertas cerradas, sin participación de prensa, era ocasión propicia para un intercambio verdadero, que rindiese frutos. Los jóvenes podrían elevar a la mesa directiva sus inquietudes, y podrían extenderse hacia temas de carácter general, más allá de lo docente. Entre todos los reunidos hallarían soluciones a los problemas del país.

No obstante, pese a tan generosa convocatoria, Ricardo Alarcón y quienes lo acompañaron en la mesa directiva no estaban preparados para la clase de intercambio suscitado. Pues, según noticia el corresponsal habanero de la BBC, Fernando Ravsberg, subió el tono de las críticas entre los estudiantes, y sus objeciones alcanzaron al sistema electoral que Alarcón representa.

Los jóvenes atacaron la imposición de doble moneda, la prohibición de hospedaje en los hoteles a ciudadanos cubanos, así como la imposibilidad de viajar al extranjero. Objetaron el voto único por el que tanto se clamara oficialmente (Fidel Castro le dedicó una de sus reflexiones periodísticas), y exigieron que cada ministro rindiera cuenta pública de sus planes de desarrollo y fuese removido del cargo al no cumplir con tales planes.

Las respuestas de Ricardo Alarcón evidenciaron su incapacidad para sostener un diálogo de esta clase. Se vio obligado a reconocer su ignorancia en diversos temas de gobierno, pretendió esquivar con ingenio los escollos que se le presentaban. Pero lo único que consiguió fue rebajar el nivel del intercambio. En respuesta a los reclamos de salir al extranjero, tuvo la ocurrencia de afirmar que no podía hablarse de viajar como si se tratara de un derecho. "Si todo el mundo, los 6.000 millones de habitantes pudieran viajar a donde quisieran, la trabazón que habría en los aires del planeta sería enorme", comentó.

Redujo, así, un asunto de derechos humanos a triquiñuelas económicas. Infantilizó la polémica al darse cuenta de que ésta lo rebasaba. Y, tal como hubiesen deseado los estudiantes de la Universidad de Ciencias Informáticas, al rendir cuentas de su gestión públicamente, abundó en razones que recomendarían su abandono de todo puesto de responsabilidad.

Pero no fue su ineptitud lo más notable de la reunión, pues ningún otro funcionario cubano (ni siquiera el de más alta graduación) habría conseguido sostener aquella batería de interrogaciones sin echar mano a subterfugios, sofismas e infantilidades. Lo más notable estuvo en el hecho de que esos mismos estudiantes en los cuales se cifran esperanzas oficiales para la guerra tecnológica, aquellos que tendrían que garantizar el fuerte racionamiento tecnológico de la población, llevaran como reclamación suya el acceso a internet, y preguntaran por qué estaba prohibida la utilización de Yahoo.

A juzgar por tales reclamaciones, al fracaso de Ricardo Alarcón como político demostrado en la reunión, habría que sumar el fracaso del sistema educacional de la Universidad de Ciencias Informáticas. ¿Qué confianza dedicar en lo adelante a muchachos que no acaban de entender que el país está en guerra? ¿Cómo se atreven a exigir transparencia de los ministros y libre flujo de información desde el extranjero? Se han vuelto locos los nuevos radares de la base de Lourdes. Han dejado de resultar fiables.

Otros horizontes

Para aportar más desconfianza aún, el corresponsal habanero de la BBC confirma haber tenido acceso a un vídeo de la reunión. Lo cual significa que alguien, uno al menos de los presentes en aquella cita, ya hizo suya la costumbre de dejar correr libremente la información. Lo cual viene a significar también que una tecnología diminuta y artera pone en manos de la prensa extranjera detalles vitales, preciosos. Y de este modo trasciende el desaprobado que unos estudiantes han propinado al presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular. (Gracias a la miniaturización tecnológica, dentro del país se filman los más independientes documentales y cortometrajes. Y ha sido posible, gracias a la utilización del correo electrónico, la convocatoria de protestas de artistas y escritores).

En la propia Universidad de Ciencias Informáticas de La Habana, inauguraron hace unos pocos días un grupo escultórico del arquitecto brasileño Oscar Niemeyer. La estructura de acero representa a un dragón de fauces abiertas al cual se enfrenta un hombrecito armado con una bandera cubana. Alegoriza, según su autor, la defensa de la soberanía contra el monstruo imperialista. Regalo de Niemeyer a Fidel Castro (es decir, de un arquitecto de cien años a un maltrecho estadista octogenario), persiste en las viejas mitologías: donde hubo un campo de radares queda una estatua, pero la lucha es la misma.

Juzgado por las fotografías, el grupo escultórico resulta horrible. Calculo que los jóvenes estudiantes sabrán desembarazarse de él mediante burlas. Soldados para la guerra tecnológica como debieran ser, esos estudiantes acaban de demostrar que sus obsesiones son otras, bien distintas de las que se esperaban de ellos. Ambicionan otros horizontes, en viajes y conocimientos. Descreen del sistema político, tal como existe hoy. Exigen libertad de información, y al menos uno de ellos, quien ofreció a un corresponsal un vídeo, ejercita esa libertad que tanto irrita a las autoridades.


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