Actualizado: 17/05/2024 12:58
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A debate

Todos los caminos conducen al templo

Respuesta al artículo 'Una catedral rusa para La Habana', publicado por el escritor Antonio José Ponte.

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Me he convencido estos días de que pertenezco a unas fuerzas de ocupación de La Habana, a las fuerzas de Cosmópolis. No llevamos casacas rojas como los ingleses en 1762; somos una tropa variopinta —sin uniforme— de historiadores, arquitectos, arqueólogos, restauradores, museólogos… que, al mando de Eusebio Leal Spengler, hemos sitiado el Centro Histórico y avanzamos peligrosamente por la Avenida del Puerto en forma extraña y dispareja…, al punto que estamos causando preocupación a un escritor cubano que reporta desde Madrid.

Le preocupa al autor del artículo Una catedral rusa para La Habana , publicado en este periódico, que en 1998 hayamos creado un pequeño parque en memoria de Lady Diana, apenas seis meses después que miles de flores cubrieran el lago de Althorp, donde fuera sepultada la princesa de Gales.

Quizás tenga razón: eso de haber plantado no ya flores, sino un jardín permanente a una mujer tan hermosa y generosa como desdichada resulta un acto riesgoso. Y es que podrían darse cita aquí todos los amantes del mundo que, por una u otra razón, han tenido que esconderse de la mirada pública, del infierno que es la mirada de los otros.

Tal vez alguien como Ponte hubiera deseado dedicarle un jardín a Oscar Wilde o Jorge Luis Borges; yo, personalmente, a Louise Brooks, quien por cierto se dio una escapada relámpago a La Habana en la década de los años veinte, huyendo de Hollywood… con su amante. Así, la actriz más enigmática, pero sólo reconocida en la vejez, del cine silente —la protagonista de la mítica La caja de Pandora—, sería recordada como lo es John Lennon en el parque de 17 y 6, en el Vedado… o lo es también alguien mucho más humilde, pero que ahora se hará universal al quedar precisamente perpetuado en bronce: el Caballero de París.

Eso de haberle erigido una estatua en la calle Oficios a un psicótico, sí que es un delirio imaginativo de las tropas de Cosmópolis. Sobre todo porque está a pocos metros del jardín dedicado a Diana. ¿Qué pueden unir a una princesa y a un orate en el Centro Histórico de La Habana? Esa cualidad humana que se llama conmiseración: el sentimiento de pena por alguien que padece; compasión, lástima, misericordia, piedad…

Esa condición humana era inmensa en alguien de pequeña estatura, enjuta pero firme como una estatua en su fe: Madre Teresa de Calcuta, Premio Nobel de la Paz en 1979, quien visitara Cuba en dos ocasiones. Hoy lo sabemos gracias a que lee un devocionario en un rincón de la Habana Vieja, sentada sobre una roca del antiguo Convento de San Francisco de Asís.

Alguna vez ella dijo que, cuando le pedía ayuda financiera a la princesa de Gales, la recibía sin reparos. Ese dinero era usado para ayudar a indigentes, leprosos, enfermos del sida, desvalidos… locos que, en otras partes del mundo, yerran como el Caballero de París, sólo que este último fue venerado siempre por los habaneros porque era auténtico en su parafrenia: nunca pidió limosnas. De ahí que su locura tenga de mito poético y nos siga inspirando a nosotros: las tropas de Cosmópolis.

La 'utopía diferente'

¿Pero qué significa Cosmópolis? El término es muy antiguo y se ha referido siempre a una condición utópica: la idea de que el individuo pueda sentirse ciudadano del mundo. En sentido opuesto, también significa "una ciudad grande en la que vive gente de variadas procedencias".

Tras extraerlo por los pelos de una crítica literaria de Manuel de la Cruz a la prosa de Cirilo Villaverde —el debate entre dos escritores cubanos del siglo XIX—, Antonio José Ponte aplica ese término peyorativamente a los especialistas de la Oficina del Historiador de la Ciudad en su artículo Una catedral rusa para La Habana, publicado en Encuentro en la Red y cuyos refritos han reproducido los periódicos El País (España) y Clarín (Argentina).


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