Actualizado: 05/08/2021 10:23
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Visiones de infancia

La voz de los descendientes de la elite izquierdista francesa demuestra que Mayo 68 sí fue una revolución.

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Cada diez años se repite en Francia el ceremonial mediático de la conmemoración de las revueltas estudiantiles de mayo de 1968. Todavía se encienden los debates acerca de si fue o no una revolución, o si marcó el comienzo de la decadencia de Francia. Este fue uno de los argumentos de la campaña electoral de Nicolás Sarkozy, quien, entre otras promesas, ofreció acabar con el "espíritu de Mayo 68", cuando su modo de ser, su estilo de vida, su personalidad, han sido modelados por ese estilo, y muchos consideran que son el reflejo cristalino del comportamiento de esa generación.

Aunque repetitivo, porque la imágenes de las barricadas son siempre las mismas, cada celebración de Mayo 68 tiene su singularidad: incluso, ya podría hacerse la historia de esas conmemoraciones. Se agregarían datos y visiones inéditas, se puede percibir cómo, en cada decenio, se van moldeando las versiones de los acontecimientos y van surgiendo otras perspectivas sobre estos acontecimientos, demasiado inmediatos para que la Historia los acoja en su lecho.

En realidad, Mayo 68 fue un fenómeno tan relacionado con la era mediática, que muchos de sus protagonistas más descollantes lo convirtieron en una rentable empresa de comunicación. Su presencia en los medios se ha mantenido de manera infalible, lo que ha permitido imponer su propia versión de los hechos. Quien se atreva a esgrimir un referente ligeramente contrario a la versión canónica, sufrirá todo el rigor de los guardianes del culto.

Un dato ilustrativo: muchos de los protagonistas del mayo francés ejercen hoy cargos de poder en estratos claves de la sociedad. La novedad es que esta vez una elite revolucionaria no desplazó a la que estaba en el poder, sino que lo compartieron. Tal vez ahí radica la fascinación que ejerce el mayo francés. Lo que en otros momentos históricos habría costado sangre, no ocurrió, pues eran los hijos quienes exigían igualar de manera precoz el estatus de los mayores, que alcanzarían de todas maneras, dado su origen de clase.

Las motivaciones

En Francia se trató de un pacto de generaciones, ya que Charles de Gaulle había absuelto al país de la culpabilidad de la colaboración, decretando que el pueblo se había opuesto al invasor nazi. En otros países europeos, como Italia y Alemania, los rebeldes recurrieron a la radicalidad y el asesinato. Como si esa juventud, aparte de la fascinación romántica de la violencia, necesitara un rito sangriento para lavar los crímenes del nazismo en Alemania, y por el apoyo de masas que tuvo el fascismo en Italia. Mientras que, en Francia, fue la aceptación de un hecho consumado, y en ello radica la diferencia de comportamientos.

El gobierno colaboracionista de Vichy, del mariscal Petain, por el hecho de ser este un héroe de la I Guerra Mundial, generó una situación suficientemente ambivalente, para que los franceses observaran una tensa calma, hasta que luego tomó cuerpo un movimiento de resistencia, bastante minoritario, por cierto. Luego, la versión forjada por De Gaulle, que adjudicaba el heroísmo de unos cuantos a toda la nación, contribuyó a preservar el orgullo de pertenencia, tan profundo en los franceses.

Entre las motivaciones de aquellos jóvenes estuvo el deseo de desquite de una generación nacida después de la II Guerra Mundial, que no había sido ni víctima del nazismo ni había participado en la resistencia. Se dividían en dos categorías: los animados por el deseo de cumplir con un gesto heroico, para resarcirse de la falta de heroísmo de sus padres, simpatizantes del régimen de Vichy; y aquellos impulsados por el deseo de homenajear a los familiares que resistieron al invasor nazi o perecieron tras ser deportados. Demostraban así ser capaces de actuar de igual manera y ser dignos de ellos.

En una entrevista televisada, un entonces joven universitario, de padres judíos, que había decidido trabajar en una fábrica de autos, como hicieron muchos maoístas para ser consecuentes con sus ideas —en lugar de "dirigirse a los obreros, se debía ir a ellos"—, contó que una noche soñó con el plano de la fábrica Renault donde trabajaba, sobre el cual se superponía el plano del campo de concentración de Auschwitz a donde habían sido deportados sus padres (es notable el número de hijos de judíos entre los líderes del mayo francés).

También actuaba, por supuesto, la relación mimética con las barricadas de 1848 y de la Comuna de París. Además de con las guerrillas en América Latina, la figura del Che Guevara, y la Revolución Cultural China. Talvez la izquierda francesa, saldada su deuda con la revolución, pueda idealizar en la distancia a los "dictadores de izquierda". Es una relación imaginaria, una suerte de ensoñación muy acorde con la cultura francesa.

Lo carteles más artísticos del Che Guevara y Mao, Ho Chi Minh se elaboraron en París, pero salvo un grupo muy reducido, Grupo de Acción Directa, que asesinó a un banquero, a nadie se le ocurrió imitarlos. Los "ex sesentaichescos" no sufren la culpabilidad de las manos manchadas de sangre, como los ex Brigadas Rojas italianos o los del Ejercito Rojo alemán. Al contrario, los "antiguos combatientes" están muy bien situados en el establisment: en los partidos políticos, los medios de comunicación, la administración, en editoriales y la educación nacional. Un ex jefe del servicio de orden de un grupo trotskista es hoy miembro del senado.

En el nombre del padre

No obstante, el aniversario cuarenta de Mayo 68 es una fecha singular. Pese a los escenarios establecidos de antemano, el hecho de que quienes fueron actores de los acontecimientos hayan pasado los sesenta años, y sus hijos, los cuarenta, ha dado una connotación inesperada. Los acontecimientos se perciben con el color sepia de las viejas fotografías de familia. Los hijos expresan sus experiencias de "víctimas" al lado de unos padres que vivían un período intenso de cuestionamiento, una especie de adolescencia tardía. Conejillos de Indias de los exabruptos ideológicos de sus progenitores, los cuarentones de hoy tuvieron una infancia poco común.

Entre los incontables ensayos, memorias y volúmenes de imágenes que abarrotan las librerías parisinas sobre Mayo 68, el más original, pese a su carácter modesto, es una narración autobiográfica, que termina siendo colectiva porque expresa la visión que tienen hoy de sus padres los hijos de los líderes de Mayo 68.

Le jour où mon père s'est tu (Editions du Seuil, París, 2008; El día en que mi padre dejó de hablar) es resultado de una encuesta que Virginie Linhart hizo sobre los "maos" y el silencio de su padre, que cuando ella tenía 15 años, sin que mediara explicación, se sumió un día en el mutismo. Miembro de la Unión de Estudiantes Comunistas (1964) y crítico de la línea oficial "revisionista" del PCF (Partido Comunista Francés), Robert Linhart fue excluido y fundó la marxista-leninista Unión de Jóvenes Comunistas, convirtiéndose en uno de los líderes de mayor influencia del izquierdismo francés pro chino.


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