Actualizado: 22/11/2019 16:09
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Cuba Historia

Anatomía de un enfrentamiento. La guerra.

Entre la Revolución y el Poder, entre una presencia oculta y un vacuo reconocimiento, entre la inconformidad y la resignación, de esa manera se sintieron los principales dirigentes del Directorio Revolucionario con la caída del régimen batistiano y la instalación del nuevo gobierno revolucionario. Inconformidad, porque tuvieron que soportar una exclusión injusta del nuevo gobierno revolucionario. Resignación ante el gran apoyo demostrado al nuevo gobierno por el pueblo, el cual no aceptaría nuevos derramamientos de sangre.

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La historia de la lucha por el poder escenificada en los primeros días del triunfo revolucionario entre miembros del Directorio Revolucionario (DR) y el Movimiento 26 de Julio (M-26) ha quedado sepultada bajo el maremágnum de cambios que el nuevo gobierno anunciaba y bajo el peligro de terminar en una guerra civil no deseada por nadie. El carisma hipnotizador y la habilidad política de Fidel Castro inclinaron la balanza a su favor.

Con el tiempo, quedarían en la historia oficial cubana el asalto al Palacio Presidencial y la masacre de Humboldt 7 como hechos heroicos y conclusorios, fotografías de resistencia y oposición a lo que el M-26 también combatió, pero destinados a fenecer en el instante mismo de su exaltación.

Los antecedentes de los acontecimientos ocurridos en los primeros días de 1959 comienzan dos años antes, cuando, en declaraciones concedidas a un periodista norteamericano y publicadas en Bohemia en 1957, Fidel Castro expresaba sobre el asalto al Palacio Presidencial: “ha sido un inútil derramamiento de sangre, la vida del dictador no importa”. Declaración considerada inamistosa por los miembros del Directorio.

La estrategia del DR de “golpear arriba” no era compartida por Fidel Castro, quien no lo consideraba un método efectivo de lucha para derrocar a Batista. Si la toma de Palacio hubiera tenido éxito –no ocurrió así, fundamentalmente, por fallar el grupo de Apoyo--, la conquista del gobierno por las fuerzas del Directorio --cuando el movimiento guerrillero de Castro apenas empezaba a dar sus primeros pasos-- hubiera cambiado dramáticamente el panorama político de la Isla, replanteando totalmente la estrategia de Fidel Castro ante tan súbito acontecimiento. Con el fracaso de la acción, Fidel envía un mensaje convidando a los sobrevivientes a sumarse a la lucha en la Sierra. Invitación que repetiría después de la masacre de Humboldt 7, y que en ambos casos no fue aceptada.

Meses después empezaba a gestarse en Miami una llamada Junta de Liberación Nacional donde convergían todas las organizaciones opositoras en la búsqueda de un frente común para la luchar contra el tirano y, consensuadamente, instaurar el nuevo gobierno que regiría los destinos del país una vez consumado el triunfo. El Directorio Revolucionario se sumaría a las labores de la Junta mediante las gestiones de miembros del Movimiento 26 de Julio, en especial, de Léster Rodríguez, uno de los artífices de la creación del llamado Pacto de Miami.

A pesar de ver que dicha Junta contenía elementos sectarios y politiqueros, los miembros del DR la consideraron un justo intento de lograr la mayor unidad posible en la lucha: “En aras de la unidad por la que el Directorio Revolucionario ha luchado incansablemente, permanecimos en la Junta de Liberación, no obstante sus imperfecciones y ver rechazadas muchas iniciativas nuestras por los representantes del Movimiento 26 de Julio en muchas ocasiones del brazo de conectados exponentes de la peor politiquería, que nada dicen ya al pueblo cubano y mucho menos a los que, día a día, luchan, combaten y mueren por la causa de la revolución cubana” (1). Por ese motivo, los miembros del DR quedan estupefactos ante la sorpresiva decisión de Castro de romper con la Junta de Liberación Nacional.

En la misiva que enviara Castro desaprobando la inclusión del M-26, éste tiene palabras muy duras para todas las organizaciones sin excepción: “mientras los dirigentes de las demás organizaciones que suscriben este pacto se encuentran en el extranjero haciendo una revolución imaginaria, los dirigentes del M-26 de julio están en Cuba haciendo una revolución real” (2). El intento de todas las fuerzas opositoras de lograr una unidad consensuada se desvanecía instantáneamente. La respuesta del Directorio fue enérgica e inclaudicable. Ante todo, querían la Revolución no como patrimonio exclusivo de nadie, sino como empeño común para restaurar la constitucionalidad democrática del país: “El Directorio Revolucionario considera que ninguna organización puede ni debe en la forma exclusivista planteada por el doctor Fidel Castro reclamar para sí la representación única de una revolución que hace Cuba entera. Martí dijo: La Revolución no es patrimonio de nadie y la República ha de ser con todos y para el bien de todos” (3).

Era evidente ya, en la ruptura de Fidel Castro con este intento de unidad, su expresa convicción de no otorgar mayores cuotas de protagonismo a las organizaciones fuera de su órbita. En su carta-respuesta, los hombres del Directorio desacreditan el argumento fidelista de que “si hubiéramos visto a otros cubanos combatiendo por la libertad, perseguidos y a punto de ser eliminados no habríamos vacilado en acudir junto a ellos”, recordándole sus declaraciones a Bohemia citadas anteriormente y cómo ningún miembro del M-26 había apoyado la acción de Palacio, aun habiéndosele comunicado previamente a Faustino Pérez, su jefe en La Habana. Hasta el momento de dar a conocer su respuesta y opinión sobre el Pacto de Miami, el DR había tragado en seco la posición de Castro y algunas imposiciones en la Junta, para no dar margen a la dictadura con una posible división dentro de la oposición armada.

Julio García Oliveras, miembro del Ejecutivo del DR, recuerda el sentir de su organización: “A nosotros aquello [la carta de Fidel Castro] nos dejó como a quien le cae un rayo en medio de un día soleado, según nuestro criterio habíamos actuado dentro del más puro espíritu de la Carta de México, firmada por José Antonio y Fidel en agosto de 1956” (4).

La posición pública del Directorio, ocultada por la historia oficial, es clave para entender las desavenencias entre ambas organizaciones durante la guerra, pues el Ejecutivo del Directorio acusa a Fidel Castro de querer conquistar todo el poder suprimiendo las bases de un estado democrático (5), a la vez que no acepta la designación del magistrado Manuel Urrutia como futuro presidente de la república exponiendo con limpieza sus argumentos (6).

Después del fracasado asalto al Palacio Presidencial, con la consiguiente dispersión de sus fuerzas, a lo cual se sumaría un golpe casi aniquilador, el asesinato de cuatro de los miembros de su ejecutivo el 20 de abril de 1957 en la calle Humboldt, el DR había logrado en menos de un año armar una expedición a Cuba y crear un foco guerrillero en el Escambray con no pocos tropiezos en el camino.

La llegada del Che a Las Villas el 21 de octubre de 1958 venía a completar el complejo cuadro de fuerzas que combatían a la dictadura en esa zona central del país. La unidad se convertía en un proceso harto difícil que culminaría con el Pacto del Pedrero el 1º de diciembre entre las dos fuerzas mejor organizadas: El Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario. A partir de ahí, en combinación con la Columna n.º 8 del Ejército Rebelde, los hombres del Directorio liberarían numerosos pueblos de la zona central como Fomento, Manicaragua y Trinidad, además de apoyar la toma de la ciudad de Santa Clara con la rendición del Escuadrón 31 de la Guardia Rural, la tercera edificación más fortificada de esta ciudad. A finales de diciembre de 1958, el Directorio Revolucionario contaba con más de 300 hombres regularmente armados y divididos en varias columnas.

El inestimable aporte a la consolidación del triunfo sobre el fuerte ejército armado de Batista no fue debidamente valorado cuando ante la sorpresiva huida de Batista, el jefe del M-26, Fidel Castro, le orienta al Che y a Camilo, quien estaba en el Frente Norte de las Villas, avanzar hacia La Habana y tomar los principales cuarteles militares del régimen, marginando olímpicamente a las huestes del Directorio.

(1) Bohemia, 2 de febrero, 1958, p. 85.
(2) Hart, Armando; Aldabonazo, en la clandestinidad revolucionaria cubana; Editorial Pathfinder, 2004, pp.213-228.
(3) Bohemia, 2 de febrero, 1958, pp. 85-87
(4) Oliveras, Julio García; Contra Batista; Editorial de Ciencias Sociales, Colección Memorias, La Habana, 2006, p. 366.
(5) Se da el caso que Fidel Castro (….) se opone a que una Junta de Liberación integrada por numerosos factores que combaten a Batista, tenga facultad para designar a los colaboradores del Presidente. Deja esta función al propio primer mandatario como se dispone en tiempos de normalidad constitucional y democrática. Más adelante señala que el poder ejecutivo acumulará funciones legislativas y en otra parte de su escrito destaca que el Ejecutivo “decidirá la forma de constituir el nuevo Tribunal Supremo, y éste a su vez procederá a reorganizar todos los tribunales e instituciones autónomas”. Lo que significa, en otras palabras, que una sola persona concentrará todos los poderes del Estado: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. La clásica división de poderes que postulara Montesquieu, y que sirve de base en la organización de todo estado moderno democrático, brilla por su ausencia en la organización política que para la provisionalidad contempla el abogado Fidel Castro.
(6) Sostuvimos ante la Junta nuestra negativa a aceptar la imposición e intransigencia que representaba el magistrado Urrutia en la presidencia provisional y esto no era motivado por el celo de ser él nominado por una organización que no fuera la nuestra. Si aún quedaban dudas al respecto, se eliminaría ante el hecho de que, por el contrario, aceptábamos con beneplácito la presidencia del doctor Felipe Pazos, a pesar de ser más notoria y pública su militancia revolucionaria dentro del Movimiento 26 de Julio, por su capacidad ya probada, su jerarquía intelectual, honestidad personal y, sobre todo, por sus antecedentes revolucionarios. Nuestro propósito consistía en que el candidato en definitiva aceptado, aun cuando no fuera del nuestro, fuera un militante activo de la Revolución. Estimaba el Directorio Revolucionario que no debíamos aceptar para el cargo de Presidente provisional a ningún miembro del Poder Judicial que hubiera jurado los estatutos de Batista. En este caso específico, al doctor Urrutia le aplaudíamos y reconocíamos el gesto hermoso y reivindicativo de su voto particular, pero considerábamos que éste no era suficiente para elevarlo a tan alta posición.

Continúa en la segunda parte: Anatomía de un enfrentamiento. ¿La paz?


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