Actualizado: 23/09/2019 16:12
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El profeta desenterrado

León Trotsky, Cuba y las catarsis sentimentales sin ejecutoria política.

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Cuando se conocieron en "casa de María Antonia", el Che y Fidel Castro hablaron de trotskismo. Más de una vez lo escuché en La Habana. Pero la realidad que empujaba a repetir este mito con tono conspirativo —convertido en secreto para quienes se creían iniciados en la obra de León Trotsky por un par de lecturas clandestinas— es que el nombre del revolucionario ruso se pronunciaba en Cuba tanto con miedo como con respeto.

Otro rumor refería que en los primeros años de la revolución y por diversos rumbos varios trotskistas —juntos o en diversos grupos, aquí se multiplicaban las versiones— habían aterrizado en La Habana. Se decía además que el destino siempre había sido el mismo: todos conducidos de vuelta hacia la práctica de la revolución permanente en otras tierras del mundo: en Cuba no se necesitaba el concurso de sus modestos esfuerzos.

Poco más podía ser verificado a principios de los años setenta sobre la presencia del trotskismo en la Isla. Se sabía que en un número de Lunes de Revolución habían aparecido algunos trabajos del fundador del Ejército Rojo, pero no era posible comprobarlo en la Biblioteca Nacional.

Se comentaba del gracioso que se había presentado en la carpeta del hotel Habana Libre, y pedido que por los altavoces trataran de localizar al camarada soviético Lev Davidovitch Bronstein. Aunque nadie podía afirmar que la broma fuera cierta. Lo real era que más de un revolucionario había cumplido prisión por sus ideas trotskistas, además de la existencia de algún que otro suicida por los mismos motivos.

Algo siempre quedaba en el terreno de los malentendidos y las palabras dichas en el lugar y el momento inapropiados, como la irritación del Kremlin hacia el Che Guevara y la acusación de la Embajada de Moscú en La Habana, de que éste "desconocía los principios básicos del marxismo-leninismo", al tiempo que denunciaba un artículo del guerrillero argentino como una muestra de "ultrarrevolucionarismo que bordea el aventurerismo". Y aunque estos reproches no detuvieron los intentos de exportar la revolución, tampoco propiciaron que alguien en la Isla se atreviera a hablar de la necesidad de la revolución permanente.

También se sabía de la imprudencia de Jorge Ibarra, que colocó un asterisco al final de un trabajo publicado en la revista Casa de las Américas: "Capítulo de un libro sobre Lenin, Trotsky y Gramsci, de próxima publicación". Sin embargo, ningún editor del Instituto del Libro llegó a preocuparse por eso, porque nadie del mundo editorial desconocía que Ibarra anunciaba libros que después abandonaba.

Por aquellos años, la editorial Polémica publicó los dos tomos de la Teoría Económica Marxista y La Formación del pensamiento económico de Carlos Marx, de Ernest Mandel. Tampoco había aquí muchos motivos para quitarle el sueño a los censores. No sólo las tiradas era muy limitadas, sino que ambas obras estaban restringidas a funcionarios y especialistas.

Por lo tanto, los primeros seguro desconocían que el autor era trotskista y los segundos iban a leerlas —o ya las habían leído— en las ediciones mexicanas. La línea oficial era apartarse de la escolástica soviética, pero sin caer en un revisionismo extranjero. El gobernante cubano era quien dictaba los límites para avanzar al margen de la ortodoxia marxista-leninista decretada por Moscú, sin detenerse en muertos célebres. Se hablaba de los planes para la publicación de los tres tomos de la biografía de Deutscher, que finalmente nunca aparecieron. Por lo demás, Trotsky era tabú.

Bienvenido camarada Bronstein

Las cosas han cambiado. En la Isla los estudiosos pueden mencionar el nombre y referirse a sus artículos y libros. Señalar sus aciertos y la agudeza de sus críticas a Stalin. Si entonces le hubieran hecho caso a Trotsky —se lamentan algunos—, quizá el socialismo no habría desaparecido de Europa Oriental.

Es una buena noticia que las simpatías hacia el revolucionario ruso ya son admitidas en La Habana, que éstas no impiden la entrada al Partido Comunista de Cuba (PCC). Al menos en el caso de la hija de Armando Hart y Haydée Santamaría.

Celia Hart se ha destacado por su intento de reivindicar públicamente la figura y el pensamiento de Trotski en la Isla. Su artículo La bandera de Coyoacán, con fecha 19 de diciembre de 2003, ha aparecido en diversos sitios de Internet, así como otro en que refuta la tesis estalinista de la construcción del socialismo en un solo país.


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León Trotsky.