Actualizado: 16/09/2019 12:05
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Entre la historia y la pared

Guerras, revoluciones, y la batalla de ideas que no quiere Fidel Castro.

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Los ideólogos de la revolución defienden a ultranza el mito de la lucha armada como única vía efectiva de cambio social en Cuba a través de la historia, a pesar de la evidencia empírica en su contra, de ahí que para ellos sea anatema que se cuestionen los métodos empleados por los separatistas del siglo XIX, o que se revalúe el papel jugado por las otras corrientes políticas de aquella época.

Cuestionar lo anterior es necesario porque el ethos revolucionario que llevó al estado de cosas actual, como expresa un trabajo anterior titulado El paradigma revolucionario como distorsión histórica, está estructurado alrededor de la épica de las gestas libertarias contra España y de sus figuras más exaltadas, y Fidel Castro manipula dicha condición para legitimar su régimen.

De modo que si Castro utiliza el culto a los héroes del pasado para justificar la falta de libertad en nuestro país, y sus ideólogos se escudan en el determinismo historicista para perpetuar un paradigma político que impide el progreso racional de nuestra sociedad mediante normas civilizadas, a los cubanos no nos queda más remedio que revisar nuestra historia, para refutar a los demagogos que la distorsionan y propiciar un cambio de mentalidad en el país que nos permita la evolución normal hacia la libertad y el desarrollo.

Una revisión tal, para lograr su propósito positivo, no debe sin embargo ser un intento simplista de "enmendarle la plana" a los hechos, ni un ataque caprichoso contra ningún prócer o ninguna corriente política en particular, sino la búsqueda de una evaluación más equilibrada de lo ocurrido, para sacar las conclusiones correctas de la experiencia histórica, evitar los errores del pasado y construir un presente mejor.

La batalla de ideas que no quiere Castro

Al explicar las similitudes entre las revoluciones científicas y las políticas, Thomas S. Khun afirma en su obra La estructura de las revoluciones científicas, que las últimas comienzan "por un creciente sentimiento, con frecuencia limitado al segmento de la comunidad política, de que las instituciones existentes han cesado de responder a los problemas presentados por un ambiente que en parte ellas mismas han creado".

A medida que la crisis se profundiza, según explica Khun, muchos de aquellos que en un principio se sintieron enajenados de la política como resultado de la crisis de las instituciones imperantes, se comprometen con alguna propuesta concreta para la reconstrucción de la sociedad dentro de un nuevo marco institucional. En ese punto, "la sociedad está dividida en partidos o campos que compiten entre sí, uno que busca defender la vieja constelación institucional, y otros que buscan instituir otra nueva".

Lo descrito por Khun es precisamente la batalla de ideas que debería estar teniendo lugar en Cuba en todas las instancias del gobierno y en el seno de la sociedad civil, dado que las instituciones establecidas por la revolución no responden "a los problemas presentados por un ambiente que en parte ellas mismas han creado". Sólo que Castro ha convertido dicha lid en una batalla contra las ideas al encarcelar y hostigar a sus opositores pacíficos, porque como dice el autor: "La decisión de rechazar un paradigma es siempre simultáneamente la decisión de aceptar otro, y el juicio que lleva a esa decisión envuelve la comparación de ambos paradigmas con la naturaleza y entre uno y otro", y a su régimen totalitario no le queda otra alternativa que imponer sus ideas políticas y económicas por la fuerza, porque ya han sido derrotadas en la práctica no solamente en Cuba, sino en todo el mundo.

Las falacias de la 'historia oficial'

Esta negativa a modificar posiciones obsoletas obedece a la férrea voluntad de Castro y sus seguidores de mantener el poder a toda costa, de ahí que, al no tener la posibilidad de legitimarse en unas elecciones plurales, verdaderamente libres, donde el pueblo pueda escoger de entre diversas alternativas políticas aquella que considere más justa y conveniente para el país, a la tiranía constitucional cubana no le quede otra alternativa que buscar una falsa legitimidad bajo el manto protector de una versión de la Historia de Cuba que no resiste un análisis objetivo y desapasionado de los hechos.

Analicemos pues algunas de las falacias de la versión historicista oficial plasmada en el discurso por el centenario del Grito de Yara, pronunciado el 10 de octubre de 1968. Dicho discurso es paradigmático, porque el mismo Castro se apropió no ya de las libertades y los derechos de los cubanos, sino de la historia misma del país.

Falacia sobre la revolución 'centenaria' y su 'unidad' de propósitos

"¿Qué significa para los revolucionarios de nuestra patria esta gloriosa fecha? Significa sencillamente el comienzo de cien años de lucha, el comienzo de la revolución en Cuba, porque en Cuba sólo ha habido una revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de Octubre de 1868 y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes".

Así, en apenas un párrafo, Castro homogeniza cuatro procesos diferentes, se arroga el papel de intérprete absoluto del "destino histórico" de la nación y por inferencia se declara continuador de Céspedes, Agramonte, Martí, Guiteras, Echeverría, por citar a los hombres más emblemáticos de las gestas de 1968, 1895, 1933 y de la lucha contra Batista.


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