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Reportaje

Gladiadores en pedales

Los bicitaxis actúan como pequeñas válvulas de escape a la crisis del transporte.

Ya sea de día o de noche, haga calor o frío, tempestad o calma, ellos estarán apostados en esquinas concurridas esperando por usted. Y usted, que es un alma en pena en una ciudad casi sin transporte, verá en ellos la salvación, aunque tenga que exprimir su billetera.

Al fin y al cabo, los bicitaxis también giran en la espiral de todos: la inflación generalizada.

María Beltrán es una oficinista que acude todos los días a su trabajo con Emenegildo, un mulatón de 36 años, de aspecto saludable y tocado con camiseta y bermuda. "Por cinco pesos me deja en la puerta de la empresa", dice la corpulenta mujer. "Es una clienta fija, si no tiene dinero no importa. Me lo paga más adelante", complementa en tono de disculpa el transportista. El sudor empapa su espalda.

Ambos se despiden con una cordialidad aprendida mañana tras mañana. El pedalista regresa a su piquera en la esquina de San Rafael e Infanta, en el centro capitalino. Hay sombra y brisa. A unos pasos venden pizzas desde un balcón. Mediante cuerdas las hacen llegar a los clientes que gritan el pedido desde la acera.

María es una de las miles de personas que diariamente se desplazan en La Habana mediante los bicitaxis, un triciclo preparado al efecto: dos asientos con espaldar, amortiguadores, ruedas de motocicleta, techo de plancha metálica o forrado con telas sintéticas. Algunos muestran anuncios en las cubiertas, como el de cerveza Cristal.

Pueden o no llevar música, cortinas, espejo retrovisor y toda suerte de ornamentos, guindalejas y nombres, desde los sobrios hasta los kitsch. El rayo, La suerte, El crucero, son algunas inscripciones, siendo la mejor de todas La última tentación…

Surgidos a principios de los años noventa, los bicitaxis se colaron en las urgentes reformas económicas de entonces: la circulación del dólar, el trabajo por cuenta propia, los paladares o pequeños restoranes, los autos de alquiler, la renta de habitaciones. A la vuelta de más de una década, sobreviven a la progresiva regresión de las reformas, no sin ser acosados por las autoridades.

"Las multas son hasta 750 pesos, pero pueden ser de 500 o de 250", precisa un cochero. "Parece que recaudan más poniendo multas que cobrando una licencia", se queja y pide explicaciones de por qué no otorgan nuevas licencias para los bicitaxis. Las últimas "fueron dadas hace dos años".

"A veces la policía te la aplica estando vacío", dice mientras cobra diez pesos por llevarme desde el parque Maceo hasta Casa de las Américas, una distancia de poco más de un kilómetro.

Un patrullero pasa cerca. Nos ignora. En realidad, muchos se hacen de la vista gorda. Los bicitaxis son numerosos. Podrían ser multados como moscas en almíbar.

"He visto en la Habana Vieja decomisar a unos cuantos", comenta una anciana en su portal de la avenida Belascoaín. Confiesa que estos "carricoches" no le son seguros y que además "cobran una enormidad por llevarte a cualquier parte, ya sea cerca o lejos".

La economía informal

En un país que se declara con dos por ciento de desempleo, la economía informal debería ser imperceptible. Los bicitaxis, como en las urbes pobres y populosas del Oriente, son parte de un paisaje que cuanto menos cuestiona las estadísticas oficiales sobre el mercado laboral.

En los largos y sombreados portales habaneros no faltan las vendutas de toda laya: desde calzoncillos hasta cd regrabables.

El salario promedio en Cuba es de 250 pesos. En una jornada de doce horas o más, un bicitaxi recauda hasta 150 pesos. La media es de 120.

"No me voy a ser rico con esto. Hay días que me voy con 50 pesos o menos. A veces no le cobro a los viejitos. Les digo: 'dame lo que puedas'", explica un cochero enjuto, veintiañero, que vino de Las Tunas a probar fortuna.

"Fui comprando las gomas y luego me hice de un cuadro. La mayoría de estos triciclos eran de empresas de la gastronomía que al principio del período especial transportaban las mercancías", explica.

Para muchos, "poner bonitos" sus coches es una forma de captar clientes. Es la única competencia que se da entre ellos. El código de ética de los cocheros sólo exige respetar el orden de llegada a las piqueras. El que lo hace primero se lleva al primer usuario y así consecutivamente. Nadie le quita a nadie sus "puntos", salvo en los casos en que exista una relación personal entre usuario y transportista.

Les está prohibido alquilar a extranjeros. Al principio, en los años noventa, era común ver a los turistas por la avenida del Malecón apoltronados en los coches. Ahora esa imagen es muy esporádica.

"Ellos prefieren el bicitaxi porque se relajan, van despacio viendo la ciudad. En un carro no pueden hacerlo", explica Emenelgido. "Es una candela si te agarran con uno arriba", advierte chasqueando la lengua.

Como alternativa, el gobierno invirtió en un programa de taxis biplazas. Compró motores italianos piaggio y con fibra de vidrio lanzó a la calle cientos de cocotaxis, llamados así por su aspecto redondo que recuerdan el fruto tropical. Las tarifas resultan más baratas que los taxis convencionales.

¿Un sindicato y pagar impuestos?

Uno de los guiños es la música. Compran pesados acumuladores para alimentar las disqueteras y también bocinas de alto poder. "Si eres un temba te pongo un bolero o algo de los sesenta y si eres joven, entonces reguetón", manifiesta Oscarito, un intranquilo jovencito tatuado en la pierna izquierda que no debe pesar más de 60 kilos.

"Si son gordos y hay una loma por medio, les digo que no voy en esa dirección", responde sobre el problema de los clientes superpesados. "A veces me tiro y empujo el coche. Hubo uno que me ayudó", recuerda el hecho, mostrando un incisivo de oro. Ríe agradecido.

Sean de donde sean, todos coinciden en un deseo: tener un sindicato y pagar impuestos. "Nos sentiríamos tranquilos", alegan en una respuesta casi coral.

Los legales son perfectamente visibles. Portan en el revés de los asientos el número de licencia a la usanza de una placa de automóvil. Se torna raro ver alguno.

Se dice incluso que estos cocheros "legales" a veces compran sólo el número de inscripción para ahuyentar a los inspectores, pero en realidad no aparecen en los registros fiscales.

El recién concluido congreso de la central sindical no se refirió expresamente al trabajo por cuenta propia, pero sí fustigó los actos de corrupción y las ilegalidades. Tales desafueros son interpretados como serias amenazas al sistema socialista, incluso más que una eventual invasión extranjera.

Fue imposible conseguir en las instituciones estatales el dato sobre nuevas licencias para bicitaxis. Una maraña de evasivas telefónicas se impuso por respuesta.

El alcoholismo —un problema social en la Isla— no parece tener en los cocheros más arraigo que una descarga de fin de semana. "Montamos a la familia los domingos. Nos tomamos un refresco, helado, o algo así", narra Oscarito. "Las borracheras te quitan energía y esa es la que no te puede faltar para la lucha". Aunque el esfuerzo físico es a veces extenuante, son infrecuentes los problemas en las articulaciones o en la musculatura. Incluso uno de ellos es víctima de una hernia discal. "Ni me duele", confirma airoso.

Entre los cocheros es exótico ver a una mujer. Se dice que hay como dos o tres en el negocio y que se mueven por la Habana Vieja. El pedaleo "es cosa de hombres, de gladiadores", advierte Emenegildo y se palmea las duras piernas para demostrarlo. La noche sobreviene. Hora de irse a casa.

© cubaencuentro

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