Sociedad
La epidemia fantasma
Puertas adentro continúa el silencio sobre el dengue, mientras se extiende el criterio de que pudiera ser otra patología de origen foráneo.
Los medios informativos nacionales dieron cuenta de que, al finalizar el mes de agosto, se efectuó una "reunión nacional de chequeo de la lucha antivectorial". Es la manera de decir en el lenguaje eufemístico administrativo que el gobierno pasa revista a la marcha de la intensa campaña que trata de librar en todos los frentes, y con todos los recursos a su alcance, para detener la agresiva y extendida epidemia de dengue que, según trascendidos imposibles de confirmar, ha significado miles de enfermos, algunas decenas de fallecidos y una alerta sanitaria generalizada.
La reunión fue presidida por el miembro del Buró Político Carlos Lage Dávila —a la sazón, uno de los ungidos por la proclama del 31 de julio—, vicepresidente del Consejo de Estado y secretario ejecutivo del Consejo de Ministros, acompañado por funcionarios de varios sectores y niveles del partido (único) y el gobierno. Según la reseña transmitida por la televisión nacional, en el cónclave no se mencionó la palabra dengue, ni se ofreció información estadística sobre sus incidencias.
No es primera vez que el país se ve golpeado por este flagelo viral, que de manera intermitente incide en los cubanos desde que en 1981 la enfermedad cobró más de un centenar de vidas. En aquella ocasión, el hecho sí tuvo una amplia cobertura propagandística, en tanto las autoridades cubanas acusaron a los servicios de inteligencia de Estados Unidos de introducir el virus en la Isla.
A pesar de que la dirección del país persiste en no reconocer y declarar la crisis sanitaria que afecta fundamentalmente a Ciudad de La Habana y Santiago de Cuba, la dimensión y alcance de la movilización actual sugiere que es la peor de las epidemias que hemos sufrido.
Los 'mejores' incapaces
La persecución del mosquito Aedes Aegipty, transmisor de la enfermedad, es tan feroz como el mutismo oficial que cunde sobre la existencia de la peligrosa dolencia: la fumigación manual y mecanizada en los recintos cerrados, y motorizada y aérea en los espacios abiertos, es escena cotidiana en las localidades más sensibles desde que comenzó la campaña. A ello se agregan varios niveles de supervisión, que van desde los trabajadores habituales de salud pública, pasando por los "combatientes" del Ejército Juvenil del Trabajo —brazo laboral y mano de obra bien barata de las Fuerzas Armadas—, alumnos de la enseñanza media, estudiantes de medicina, trabajadores sociales, hasta los miembros y funcionarios del partido en sus diferentes niveles.
A todo lo anterior se agregan multas de monto considerable para los ciudadanos que incumplan las directivas de la cruzada, y se habla incluso de allanar las viviendas cerradas en el momento de la atención antivectorial.
Dando muestras del poco espíritu autocrítico que caracteriza a la élite gobernante, el vicepresidente Lage se prodigó en elogios para el sistema de salud de la Isla, puesto que, dijo, "Cuba es el único país del mundo que puede controlar por tiempo considerable al insecto transmisor y sus terribles efectos".
El alto dirigente trasladó nuevamente toda la responsabilidad a los ciudadanos, orientó hacer un análisis de las causas de esta crisis y exhortó a "ganar la batalla una vez más".
El doctor Lage no se preguntó por qué, si somos los mejores —en esto también—, cada cierto tiempo el país vive agobiado por esta enfermedad, que las autoridades, sus voceros y funcionarios de cualquier nivel no se atreven a mencionar para evitar la alarma, según ha dicho alguno.
Lo insólito es la realidad cubana de hoy: una epidemia, hasta ahora incontrolable, cobra vidas humanas y amenaza con extenderse como azote letal por todo el territorio, sin que las autoridades se dignen a reconocerlo públicamente y dar información amplia y transparente, lo que, junto a las acciones de prevención y saneamiento, sirve para enfrentar con posibilidades de éxito una crisis epidemiológica.
Ellos prefieren el rumor
¿Cómo es posible que no se informe a la población que el mosquito transmisor de la enfermedad innombrable operó una mutación biológica que ahora le permite incubar sus larvas en agua no limpia —según aseguró una funcionaria del Partido Comunista en el municipio Habana Vieja mientras se encontraba en labores de supervisión—? ¿Acaso los gobernantes dan tanta importancia a su imagen que pueden ocultar y manipular con tan pasmosa tranquilidad una verdad que reviste importancia capital para la salud de los ciudadanos?
El vicepresidente Lage no va a admitir que la población es vulnerable a una epidemia avisada, porque los poderes locales (gobiernos provinciales y municipales) y sectoriales (autoridades de salud pública a todos los niveles) deben permanecer inermes e impotentes ante los peligros y retos —parálisis que llega incluso a la prohibición absurda e irresponsable de diagnosticar la enfermedad— en espera de que el poder central decida actuar, movilizar a todos, disponer recursos y poner en tensión los mecanismos políticos, estructurales y propagandísticos para enfrentar el azote epidemiológico.
Entonces será demasiado tarde, como indican la sucesiva aparición de focos de incubación del vector y los varios municipios y barrios que padecen altos niveles de infestación. De hecho, el alto liderazgo parece preferir alimentar el rumor y la incertidumbre, antes que asumir sus responsabilidades e informar a los ciudadanos.
Estamos además, con esta epidemia silenciada pero incontrolable, pagando caro los tantos años de desidia administrativa que han hecho pobre, deteriorado e insuficiente el sistema de acueductos y las redes fluviales del país, lo cual obliga a miles de familias a acumular agua para el consumo, caldo de cultivo natural y extendido del peligroso vector.
Por otra parte, si existiera una mínima transparencia informativa sería imposible esconder el hecho de que varios de los principales y mayores focos de reproducción del dañino insecto se han encontrado en recintos pertenecientes a entidades estatales. Por sólo citar un ejemplo, la deplorable condición higiénico-epidemiológica de la Universidad de La Habana y del Centro Universitario José Antonio Echeverría (CUJAE) ha requerido una atención especial.
En el caso de esta última entidad educacional, ha generado un ilustrativo reportaje televisivo que demostró la incapacidad de las autoridades institucionales para enfrentar y resolver los problemas descritos.
Improvisando
La manipulación y el silencio irresponsable de las autoridades aumentan la inseguridad sanitaria del país y alimentan la incertidumbre, el rumor y la especulación sobre la enfermedad, sus causas y consecuencias.
Al apreciar las complejidades sintomatológicas, así como lo dilatado e incontrolable de una enfermedad tan conocida en el país, se extiende entre la ciudadanía el criterio de que pudiera ser otra patología de origen foráneo —acaso malaria o paludismo—, presumiblemente introducida por los miles de latinoamericanos que en los últimos años han arribado al país para recibir atención médica o instrucción académica.
De cualquier manera, es ilustrativa y alarmante la atención que presta a la epidemia el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kouri (IPK), entidad especializada en la investigación de enfermedades exóticas o desconocidas. La "participación" del IPK ha llegado al punto inédito del ingreso de pacientes graves en esa institución.
La lucha contra la enfermedad se ve afectada además por las dificultades y carencias que aquejan el sistema de salud cubano: en las últimas semanas hemos visto hospitales que no dan abasto para asimilar a los enfermos, escuelas convertidas en centros provisionales de reclusión médica, un déficit de facultativos —miles desandan otras latitudes— que ha llevado a estudiantes de cuarto año a realizar la guardia nocturna en las instalaciones que acogen a los pacientes en estado más crítico; a lo que se une la insuficiente disponibilidad de colchones y mosquiteros, así como las deplorables condiciones para la hospitalización en algunos lugares.
Una vez más, ahora como nunca antes, el dengue —o lo que sea— se ha convertido en un azote epidémico que parece difícil de detener. Pero en esta ocasión no se puede achacar la crisis a una "artera agresión enemiga". Es evidente que la atrofia estructural, la desidia administrativa y la irresponsabilidad política que caracterizan el sistema condenan a la sociedad cubana al retraso y la inmovilidad ante fenómenos como éste, que ponen en peligro la estabilidad y bienestar de todos los cubanos.
Ha transcurrido más de un mes desde aquella reunión de chequeo y todavía está por ver si La Habana se decidirá en algún momento a tributar a la verdad y sus responsabilidades. De momento, se ha limitado a comunicar a la Organización Panamericana de la Salud (OPS) la existencia de la epidemia, aunque ha evitado precisar el número de muertes. Pero eso ha sido puertas afuera.
No es ocultando la realidad, ni aumentando el paternalismo y la represión como se puede enfrentar la crisis actual, y las que están por venir. Por muy intensa que sea la campaña y altisonantes los cantos de victoria, cuando termine este capítulo de la saga anti-Aegipty la sociedad cubana, víctima de las carencias éticas del poder, seguirá indefensa y desamparada frente a nuevas epidemias y desgracias.
© cubaencuentro
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