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CON OJOS DE LECTOR

El horror elevado a categoría artística (II)

'Relatos de Kolymá' aporta un testimonio insustituible, pero constituye a la vez un texto literario sin equivalentes.

En uno de los textos de Relatos de Kolymá, el titulado El tren, Varlam Shalámov describe así su llegada a Moscú: "La estación de Yaroslavl. El ruido, el oleaje urbano de Moscú, la ciudad que yo más quiero de entre todas las ciudades del mundo. La parada del vagón. El rostro entrañable de mi mujer que me había venido a recibir, que me recibía igual que antes, cuando regresaba de mis incontables viajes. En esta ocasión el viaje había durado mucho tiempo, casi diecisiete años. Pero lo principal es que no volvía de un viaje. Regresaba del infierno".

Como todos los sobrevivientes de los campos, Shalámov se reincorporaba a la sociedad dispuesto a que nada pudiera privarlo de esa sensación de felicidad que para él representaba el haber dejado atrás una realidad tan horrorosa como la de Kolymá. Pero como le ocurrió a muchos de ellos, pronto vio derrumbarse las esperanzas, por tímidas que éstas hubieran sido. Ante todo, le tocó hacer frente a la disolución de su familia. Su hija, para entonces una veinteañera, se negó a reconocerlo como padre, algo que se había hecho muy común en la Unión Soviética desde que se iniciaron las detenciones masivas. Dos años después se separó de su mujer, quien aunque estaba divorciada de él legalmente desde 1947 lo había esperado durante todos esos años. Ahora, sin embargo, le exigía que se olvidara de su experiencia concentracionaria y se dedicase a llevar una vida "normal".

En los años sesenta, tras haber sido rehabilitado oficialmente Shalámov comenzó a recibir una ridícula pensión de 42 rublos y 30 kopecs (en 1965 se la aumentaron a 72 rublos). Sobre esto, él comentó: "Recibo una pensión interesante, una pensión de persona menor de edad". Le fue imposible probar todos los años que pasó en Kolymá, pues la mayoría de los documentos fueron destruidos. La respuesta que le dieron fue que los informes concernientes a ese tipo de trabajo no se habían conservado. Algo similar ocurrió en Vorkuta, el más importante complejo concentracionario junto con Kolymá.

Desde la etapa en que vivió en Magadán, tras haber sido liberado, Shalámov comenzó a escribir poesía. Varios de esos textos, además de ensayos, se publicaron en las principales revistas literarias de la Unión Soviética. Asimismo a partir de la década de los sesenta vieron la luz cinco poemarios suyos. Por el contrario, su obra magna, Relatos de Kolymá, en la cual trabajó de 1954 a 1973, sólo circulaba en samizdat. Muchas revistas y editoriales rechazaron sus cuentos. Otras le anunciaron en varias oportunidades su salida, pero en el último momento los retiraban. Tras ocho años de espera, Shalámov se dio cuenta de que nunca iba a ver editado su libro, como en realidad ocurrió.

En el extranjero, en cambio, empezaron a aparecer las primeras traducciones. En 1969, Maurice Nadeau publicó en Francia una selección de esos cuentos. En 1978 salió a la venta en Inglaterra una edición en ruso, a la cual siguió luego una en inglés. Esas ediciones se hacían sin conocimiento de Shalámov, que era incapaz de controlar que se respetase la estructura que él había dado a su obra y quien tampoco recibió por ellas derechos de autor. Como reacción a esos avatares de su obra, en 1972 Shalámov dio a conocer en el semanario Literaturnaia Gazeta una vehemente carta de protesta que no fue bien recibida por un sector de sus compatriotas. En la misma expresaba, entre otras cuestiones, que esos textos que fuera de la Unión Soviética despertaban tanto interés abordaban un tema que para entonces no era relevante. Algunos, no obstante, sostienen que la carta no respondía a una opinión sincera, y que probablemente Shalámov fue forzado a redactarla.

En La ración de campaña, fechado en 1959, un recluso conversa con el narrador e imagina cómo sería su existencia si sobrevivieran: "Envejeceremos rápidamente y nos convertiremos en unos ancianos enfermos: hoy unos pinchazos en el corazón, mañana los dolores reumáticos que no nos dejarán en paz, o el pecho. Todo lo que nos ocurre ahora, la manera en que vivimos estos jóvenes años —las noches en blanco, el hambre, el pesado e inacabable trabajo, las galerías en el agua helada, el frío del invierno, las palizas de los guardianes—, todo esto, por supuesto, no pasará sin dejar su huella, y eso si salimos con vida de aquí".

El propio Shalámov confirmó aquella predicción. Como todo el que pasó por Kolymá, nunca más pudo ser el que antes era. Su salud se fue deteriorando progresivamente. Había alimentos que no aceptaba, pues las exiguas raciones del campo habían modificado su paladar y su sistema digestivo. No consiguió adaptarse a cosas que dejó de comer por tantos años, y había otras, como las patatas, que odiaba y nunca más pudo ingerir. Cuando por fin recibió un ejemplar de la edición inglesa de sus cuentos, ya estaba ciego. Pasó sus últimos años como un asceta en una pequeña habitación, cada vez más enfermo. Al final de su existencia, estaba de nuevo prisionero. En 1979 fue internado contra su voluntad en un asilo de ancianos, donde dictaba sus poemas a un amigo. De allí lo trasladaron, en enero de 1982, a un hospital siquiátrico en Medvedko, al norte de Moscú. Cuando los enfermeros llegaron para recogerlo, Shalámov estaba persuadido de que lo venían a arrestar. Lloró y se debatió con las pocas fuerzas que le quedaban. El efecto nervioso que eso le produjo fue fatal, y tres días después falleció.

Sus cenizas descansan en el cementerio moscovita de Kúntsevo, el mismo donde está enterrado Ramón Mercader, el asesino de Trotski. La tumba tenía un busto de Shalámov que fue robado en el 2001, aunque luego fue repuesto por una copia. En Vólogda, su ciudad natal, existe un museo dedicado a conservar su memoria. Por estas fechas, cada año se celebran allí lecturas y actividades. Me imagino que este año se habrá organizado una programación especial, por coincidir con el centenario de su nacimiento.

Relatos de Kolymá se publicó finalmente en la Unión Soviética en 1987. A las traducciones al inglés, francés, italiano, alemán, sueco, finlandés, checo, húngaro, polaco, eslovaco, se sumó la española (Mondadori, 1997, 509 páginas). Es, sin embargo, una selección preparada por Irina Soritínskaya, amiga y ejecutora testamentaria del escritor. La única edición integral del libro es la que sacó en 2003 en Francia Éditions Verdier. Es un volumen de 1.536 páginas que recoge 145 textos, que además aparecen de acuerdo al orden concebido por su autor y que obedece a una estructura minuciosamente reflexiva.

Dentro del nutrido conjunto de obras que tratan la experiencia concentracionaria en el gulag, Relatos de Kolymá se destaca por poseer cualidades muy singulares que la convierten en una obra mayor de la literatura universal, en uno de sus monumentos perdurables. Lo resumió con acierto Pilar Bonet al comentar su salida en español: estamos ante el horror elevado a categoría artística. El libro de Shalámov es un estremecedor descenso al infierno, pero también una reflexión profunda sobre cómo poder encontrar alguna forma de belleza en medio de las circunstancias más deshumanizadas y degradantes. Aporta un testimonio insustituible, pero constituye a la vez un texto literario sin equivalentes.

Ante todo, Shalámov se desmarca de la tradición pedagógica y moralizadora de la literatura rusa de tema carcelario. En Recuerdos de la casa de los muertos, Dostoievski interpreta su experiencia penitenciaria como una vía de purificación, y habla de lo que puede llamarse la "humanidad" de la prisión. En Crimen y castigo también desarrolla esa idea, y al final Raskolnikov encontrará en Siberia la luz que ha de redimirlo. Imbuido de un espíritu religioso cercano al de Dostoievski, Solzhenitsin invoca a Dios y recurre a la fe. En Shalámov, por el contrario, no hay fervor religioso, esperanza ni razón que lo guíen. Es un hombre que marcha solo, sin posibilidad de redención. Para él, el campo es un infierno sin paraíso, que, a diferencia del imaginado por Dante, no representa el triunfo de la justicia, sino el del mal absoluto.

El envilecimiento moral, verdadera victoria de los verdugos

En Relatos de Kolymá, estamos lejos de la mitología del héroe, a la manera de Archipiélago Gulag. En sus páginas no hay cabida para el heroísmo o para la victoria del bien. Al lado suyo, el estilo de Dostoievski nos parece plañidero e incluso el mismo Solzhenitsin resulta lastimero y blando. Shalámov es además radical respecto a la valoración que tiene del gulag: "Un campo es una escuela negativa de la vida, en forma total y absoluta. Nadie obtiene de allí algo positivo, necesario: ni el prisionero, ni su jefe, ni su guardia, ni los testigos involuntarios (ingenieros, geólogos, doctores), ni los superiores, ni los subordinados. Cada minuto de vida en el campo es un minuto lleno de veneno".

El libro traza una crónica de la deshumanización del gulag, una realidad que descansaba en la hostilidad a la vida. A modo de un entomólogo, Shalámov va retratando a cada instante el salvajismo primario. La Kolymá que emerge de esas páginas es una tierra de metamorfosis, un laboratorio infernal. El proceso que allí se opera es el de la evolución a la inversa: el recluso retorna al estado animal, luego al vegetal y, por último, al mineral. Pierde su alma, sus valores espirituales, se degrada, deviene cierta cantidad de músculos y huesos, cuyo paso a la condición inanimada depende sólo de que pierda unos cuantos gramos. El único aliento vital que queda en él, aquel al cual se aferra desesperadamente, es el de la improbable vida que persiste en la materia vil e infecunda.

Para Shalámov, la verdadera victoria de los verdugos del gulag no estaba tanto en la degradación física de los reclusos, sino en su envilecimiento moral. En Kolymá, expresa, a éstos "se les enseña a adular, a mentir, a cometer actos de mezquindad y vileza, se convierte en un egoísta. Las barreras morales son apartadas a empujones. Resulta que puedes cometer una vileza y vivir, todo sigue igual… puedes mentir… y vivir. Resulta que una persona que ha cometido un acto vil no muere". En el campo además, el sufrimiento común no creaba solidaridad. En Oración fúnebre, donde hace un recuento de algunos de los compañeros muertos, Shalámov dice de uno de ellos que compartía el último pedazo de pan, a lo cual de inmediato agrega: "Esto quiere decir que no logró sobrevivir hasta el tiempo en que nadie tenía un último pedazo de nada, en el que nadie compartía nada con nadie". La paciencia y la casualidad representaban los dos pilares sobre los cuales se sostenía la vida de los presos, los que lo salvaban, y sus mandamientos eran: no creas, no temas, no pidas.

Aquellas condiciones anulaban, por otro lado, toda esperanza. Vivir al día, sin hacer planes ni preocuparse por lo que les aguardaba al día siguiente, tal era lo único que quedaba a aquellos seres espantados, sumisos, desprovistos de todo derecho. Era algo que no tenía que ver con el cerebro, sino que respondía a una suerte de instinto animal. A eso se sumaba uno de los más aspectos más trágicos e inhumanos del gulag: casi sin excepción, las personas enviadas allí eran completamente inocentes. No eran, como expresa Shalámov, "ni enemigos del poder ni criminales políticos, y ni siquiera ante las puertas de la muerte llegaban a comprender por qué tenían que morir. Ni su amor propio, ni su furia tenían en qué apoyarse. Y así, divididos, morían uno a uno en el blanco desierto de Kolymá; morían de hambre, de frío, de las inacabables jornadas de trabajo, de las palizas, de las enfermedades. En seguida aprendieron a no salir en defensa del otro, a no ayudarse entre ellos. Que era lo que pretendían las autoridades". Del mismo modo que aprendieron a conformarse con poco y a alegrarse de poco, los prisioneros aprendieron a no buscar lógica alguna en su situación. Como comenta Shalámov, por qué es una pregunta que no tiene sentido entre un ser humano y el Estado. Eso hace recordar, por otro lado, lo que le contestó un oficial nazi en Auschwitz a Primo Levi: aquí no hay porqués.

Shalámov se limita a constatar la realidad de Kolymá con una objetividad glacial. Simplemente cuenta, sin añadir juicios ni comentarios. Elude la filosofía del gulag, el lamento, el patetismo. Cuanto más terrible es la situación, más contenido se muestra. Nunca trata de decirle al lector la enseñanza vital o el significado de lo que narra. Presenta hechos desnudos, episodios aislados como si los presenciara por primera vez. Sus relatos son retratos mínimos, pequeñas biografías de detenidos, instantáneas de la vida cotidiana en el campo, buceos esclarecedores en el horror. Sus textos son además extremadamente breves, están despojados de explicaciones y preámbulos. En ellos muestra escenas y las describe con una economía implacable y una prosa descarnada y escueta.

Esto último tiene mucho que ver con algo que preocupaba a Shalámov: ¿cómo traducir el metalenguaje del campo? ¿Cómo trasladar a la lengua de las personas libres una experiencia vivida en el idioma del detenido, compuesto apenas por una veintena de palabras? Lenguaje y libertad son inseparables, y en el vocabulario del gulag muchas palabras —ciudad, hermano, alegría, amigo, amor, familia, justicia— se perdieron, al degradarse y vaciarse de contenido (en Sentencia, el narrador se refiere a la alegría que experimentó cuando recuperó ese término, tras escuchárselo a otro recluso). Las únicas que pasaron a ser importantes fueron pan, piojos, frío, mina, tabaco, pala, guardián. Como él dice, "me resultaba imposible exprimir ni una palabra superflua de mi cerebro desecado por el campo. En Kolymá, Dostoievski se hubiera quedado sin palabras. En el lugar donde se aguardaban los adjetivos de la emoción no quedaba sino odio". Esa búsqueda de un medio expresivo idóneo para narrar el comportamiento y la sicología de unos seres humanos convertidos en algo menos que animales, lo llevó a crear una escritura lacónica y asombrosamente moderna. La nota dominante del libro es la sobriedad, algo que se nota desde los títulos: El pan, La lluvia, La carta, El sendero, Cuarentena de tifus, El dominó. Las situaciones mismas de muchos de los cuentos son también mínimas: marchar por la nieve, comer, sobrevivir en el hospital, soñar con una lata de leche condensada.

En Relatos de Kolymá, Shalámov nunca habla como él, sino que se vale de una voz narrativa en primera persona, que en muchas ocasiones asume la perspectiva de un narrador omnisciente. En esa ficción verídica, sus vivencias están perfiladas en otros tres personajes: Andréi, Krist y Golubiev. Luba Jurgenson, autora del prefacio de la edición francesa del 2003, señala que en esa distribución de los hechos autobiográficos los dobles son los muertos no potenciales, sino reales que se aglutinan en Shalámov. Y agrega que el tiempo del campo está construido a partir de todas esas muertes acumuladas.

Tampoco es gratuito el hecho de que muchos de los personajes que desfilan por el libro carezcan de nombre y de biografía, ni que el orden de los textos no obedezca a una secuencia lineal. En los campos los presos perdían su identidad, el embrutecimiento eliminaba en ellos toda singularidad, y pasaban a ser parte de una masa anónima. Asimismo para ellos la existencia había quedado reducida a una sucesión de instantes, en la cual nociones como antes y después y desarrollo continuo de la historia no poseían sentido. Kolymá era el infierno de la vida inmediata, en donde no había perspectiva temporal ni espacial. Por eso los textos se van enrollando imperceptiblemente en círculos concéntricos.

Quien lee el libro tiene así la sensación de estar moviéndose en redondo por aquel vasto desierto congelado. Esa estructura, hecha a partir de ecos, juegos de correspondencias, dobles y repeticiones, deviene altamente eficaz para hacer que compartamos la lenta e inexorable caída en lo inhumano que era Kolymá. En ese aspecto, es muy atinado un comentario de Andréi Siniavski, quien señaló que la superioridad de Shalámov consiste en que, a diferencia de otros autores que se han ocupado de la experiencia concentracionaria, él escribe como si estuviese muerto.

Todos los que sobrevivieron a los campos de concentración nazis y los gulags nunca pudieron recuperarse ni ser quienes antes eran. Primo Levi terminó suicidándose, ante la imposibilidad de continuar llevando un suplicio que se prolongaba indefinidamente. En Varlam Shalámov, Kolymá nunca dejó de estar presente, mas en él pudo más la voluntad de dejar un testimonio sobre lo que consideraba la principal tragedia de nuestro tiempo: cómo los seres humanos, instruidos durante generaciones por la literatura humanista, han podido arribar con éxito total a Auschwitz y Kolymá. "Cada uno de mis cuentos es una bofetada al estalinismo", le expresó a Solzhenitsin en una carta. Relatos de Kolymá fue su modo de ganarle la batalla al gulag mediante la literatura.

© cubaencuentro

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