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Actualizado: 28/01/2022 18:02

Literatura

Madame la Comtesse (I)

Autora de varios libros, además de Viaje a La Habana, la Condesa de Merlin tuvo en su casa un salón muy influyente y por donde desfilaron las personalidades francesas más destacadas

Fue bella, fue noble, fue ilustrada, fue escritora y sin embargo… fue virtuosa. Magnífico mentís que la razón quiso dar, por medio de una cubana, a cierta preocupación vulgar que honra poco a las mujeres ilustres.

Francisco Calcagno

Admito con rubor que durante varios años tuve la errónea idea de que María de las Mercedes de Santa Cruz y Montalvo (La Habana, febrero 5 de 1789-París, marzo 31 de 1852) fue una señora que se casó con un conde francés, que a partir de entonces vivió en ese país, que volvió a su tierra en 1840, que sobre aquella visita escribió un libro que en español se conoce como Viaje a La Habana. Y que, en esencia, en esto residía el principal mérito por el cual aparece mencionada en las historias de nuestra literatura. Por suerte, entre mis principales virtudes tengo la de ser muy curioso, y un día decidí dedicar parte de mi tiempo a indagar quién fue realmente esta mujer que ha pasado a la posteridad como la Condesa de Merlin. Encargué algunos textos, localicé artículos y libros sobre ella, y de la información que acumulé en esa pesquisa surgieron las líneas que siguen a continuación.

Parte de lo que fueron su infancia y su adolescencia en Cuba aparece relatada por ella en Mis primeros doce años e Historia de Sor Inés. Ambos títulos se publicaron originalmente en francés, en 1831 y 1832 y más tarde su autora los refundió bajo el título de Souvenirs et Memoires de Madame la Comtesse Merlin (1836, 4 volúmenes). Tuvo una segunda edición, en tres tomos, aparecida en Bélgica en 1836. Como la mayor parte de sus libros, después cayó en el olvido. En Cuba aparecieron en ese segundo formato en 1903, bajo la dirección de Raimundo Cabrera, y de nuevo en 1922. Esta última versión, de la cual yo poseo un ejemplar, se abre con un esbozo biográfico de la Condesa escrito por Francisco Calcagno, y que me imagino está incluido en la anterior.

En 1990 Carmen Vásquez preparó una magnífica edición de Souvenirs et Memoires de Madame la Comtesse Merlin, profusamente anotada y con un prefacio de Héctor Bianciotti. Asimismo el año pasado las Ediciones Boloña, de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, pusieron en circulación Condesa de Merlin. Memorias y ficciones habaneras, libro preparado por Luisa Campuzano donde se reproducen Mis doce primeros años e Historia de Sor Inés. Acerca de esas obras, Campuzano sostiene que son, respectivamente, la primera autobiografía y la primera novela de tema cubano de nuestra literatura. Carmen Vásquez, por su parte, afirma que, al igual que otros suyos, esos dos textos revelan una visión del mundo muy particular y personal. Según ella, constituyen un testimonio único sobre la etapa de una persona que se manifiesta por una triple identidad cultural —cubana, española, francesa—, revelando así que poseía un espíritu muy profundo y que tenía un conocimiento excepcional de esos tres mundos.

La Condesa, que entonces no era tal y que aún no había arribado a la juventud, vivió la mayor parte de su vida en Europa. Sus padres residían mucho más tiempo en Madrid que en la Isla, y la hija finalmente se les unió en 1802. Como apuntó Emilio Bacardí Moreau en el libro que le dedicó, “a los trece años nos la roba el Antiguo Continente, y la arranca, flor casi silvestre, para trasplantarla a jardín cultivado, donde ha de transformarse la campesina flor en la maravillosa mujer, ornato de tiempos casi legendarios, tal como los vemos hoy, en una perspectiva ideal en que se confunden la historia y la poesía”.

El papá murió cinco años después, y tras quedar viuda, la madre, Doña Teresa Montalvo, Condesa de Jaruco, se mudó a una casa en la hoy desaparecida calle del Clavel. Allí tuvo un salón al cual acudían figuras como el pintor Francisco de Goya, el dramaturgo Leandro Fernández de Moratín y los poetas Manuel José Quintana y Juan Menéndez Valdés. En opinión de Gertrudis Gómez de Avellaneda, la casa era una de las de más tono de Madrid. Y el trato casi diario con los más ilustres literatos y de los más afamados artistas, formó los gustos de la hija y preparó sus triunfos futuros. Pero a diferencia del que después ella tuvo en París, el salón de su madre contó con una escasa presencia femenina. Algo que se explica porque el nivel intelectual de las españolas era muy bajo en esos años.

Un testimonio elocuente de esto lo dejó la Reina María Luisa, quien escribió a Godoy: “Soy mujer, aborrezco a todas las que pretenden ser inteligentes, igualándose a los hombres, pues lo creo impropio de nuestro sexo, sin embargo de que las hay que han leído mucho, y habiendo aprendido algunos términos del día, ya se creen superiores en talento a todos; tal es la Jaruco y otras varias, y no digo nada de las francesas: pero como soy española, por gracia de Dios, no peco por allí”. Y por si hiciese falta, expresaba: “Yo seré… ligera de cascos, pero, eso sí, inculta, gracias a Dios, y a mucha honra”.

Uno de los salones más influyentes de París

En 1809, María de las Mercedes de Santa Cruz y Montalvo contrajo matrimonio con el conde Christophe-Antoine Merlin, quien era comandante del ejército español durante el gobierno de José Bonaparte. En 1814 la Condesa de Merlin se trasladó a París, donde residió hasta su muerte (está enterrada, naturalmente, en el cementerio de Père Lachaise). Allí además fue donde comenzó su actividad literaria. Esta se plasmó en libros como los que antes mencioné, así como en otros como Les loisirs d´une femme du monde (1838) y Lola et Maria (1845). Obras que recrean experiencias autobiográficas y que vienen a integrar una serie. En esos textos ocupan un espacio importante sus relaciones con Cuba. Pese a que salió de la Isla cuando tenía trece años, nunca renegó de sus orígenes. Se llamaba a sí misma cubana y en París se le conocía como la Belle Crèole. Publicó además Madame Malibran (1838), evocación y primera biografía de la española María Malibran, una de las cantantes de ópera más famosas del siglo XIX y de quien la Condesa fue amiga; y Les Lionnes de Paris (1845), sobre los salones de esa ciudad, pero que no firmó con su nombre.

En su época, llegó a ser reconocida como escritora. En abril de 1836, Saint-Beuve comentó Souvenirs et Memoires de Madame la Comtesse Merlin en uno de sus Premiers lundis. Balzac le dedicó una de sus primeras novelas y comentó de ella que “tiene una tez blanca y sensual como el de las criollas y un rostro lleno de detalles espirituales”. Y en una carta a Madame Recamier, René de Chateaubriand la llamó “la más bella de las mujeres”. Pero la mayor celebridad de la Condesa se la reportó su salón de la rue Bondy, hoy rue René Boulanger. En realidad, los salones eran tres. El primero, el menos íntimo, tapizado de rojo y con muebles de caoba que databan del Imperio. El segundo, tapizado de terciopelo amarillo, con muebles de limonero. Y el tercero, el preferido por ella, tapizado de satén de botón de oro, con retratos del conde, de la condesa y de Teresa de Montalvo.

Existen numerosas referencias elogiosas sobre el salón de la rue Bondy. La Condesa de Bassanville, Sophie Gay y luego su hija, Delphine de Girardin escribieron sobre el mismo en sus obras acerca de la vida mundana de París. En Les salons d´autrefois (1868), la primera apunta que “cantar en el salón de Madame Merlin era para los dilletanti de entonces, lo que actuar en el teatro de Monsieur de Castellane suponía para los ingenios de ambos sexos en aquella época”. Sus conciertos, señala, eran célebres en Europa al inicio de la monarquía de Juillet. Allí empezaron a hacerse conocidos Rossini, Rubini, María Malibran y la Persiani. Y asegura la Condesa de Bassanville que muchos de esos artistas preferían aquellas reuniones a las que organizaban personajes de mayor rango y poderío.

En Les salons celebres (1837) Sophie Gay escribió sobre seis de ellos —uno es el de la emperatriz Josefina—, y dedica un capítulo al de nuestra ilustre compatriota. En esas páginas expresa que “es imposible no reconocer la influencia que el salón de la señora Condesa Merlin ha ejercido sobre la música social en París”. Anota que “allí se ensayaron las hermosas partituras de Rossini, Meyerbeen, Bellini y Donizetti antes de ser aplaudidas en la escena. En fin, tan habituados se está a ver presentarse en ese salón todas las inminencias del arte musical, que hallándome noches atrás en una casa donde varias personas que volvían de la Ópera elogiaban la voz admirable y el método de canto de Duprez, hubo de decirme una de ellas: —Siento muchísimo no haberle oído hoy; pero, sin duda, muy pronto le aplaudiremos en casa de la señora Merlin”.

Sophie Gay se ocupa también de otros aspectos y comenta que “la exclusión, ese déspota avaro que se encierra con su tesoro por miedo a recrearse con las riquezas del otro, no tiene entrada en el salón de la Condesa Merlin. A ningún talento se le pide allí el pasaporte antes de aplaudirle”. Se refiere asimismo a la premura con que se aceptan las invitaciones del conde y la condesa: “Los compromisos adquiridos, los corizas, los bailes, nada sirve de obstáculo al deseo de oír tan buena música y tan bien ejecutada siempre”. Y acerca de la anfitriona, expresa: “Esas envidias, que al público tanto le gusta hacer que nazcan y crezcan, cedían ante el deseo de agradar a la señora de la casa, a su gracia afectuosa e imparcial, que sabe conceder a cada uno su parte en los elogios, y asegurarle su participación en el triunfo”.

Por la casa de la rue Bondy, que más tarde fue transformada en el teatro Les Folies Dramatiques, desfilaron las figuras más sobresalientes de Francia, amén de los extranjeros notables que pasaban por París. Eran asiduos concurrentes Víctor Hugo, George Sand, Dumas, Lamartine, Balzac, Rossini, Alfredo de Musset, Merimée, Chopin, Martínez de la Rosa, Lizt y Saint-Beuve, quien según se dice estaba enamorado platónicamente de la Condesa. También los cubanos eran muy bien recibidos, y allí estuvieron, entre otros, José Antonio Saco y Domingo del Monte. En una carta que dirigió a este último, y que está recogida en su Centón Epistolario, le escribe: “Dígale a nuestro compatriota que tendré mucho gusto en volverle a ver, y que si quiere venir el viernes, (pasado mañana) en la noche, me hallará sola en familia, y podré conversar”. En sus misivas se pone de manifiesto además el afecto y el respeto que sentía por Del Monte. Así, en una se declara su “siempre amiga de corazón”, y en otra se despide: “Su afectísima paisana y admiradora de su talento”.

Durante las décadas de los 30 y los 40, la Condesa de Merlin vivió una verdadera apoteosis. Su salón adquirió una gran relevancia, y los cronistas lo consideraban uno de los mejores de París. A esto se refiere en sus memorias la Baronesa de Friossant, para quien “el salón de la Condesa de Merlin no ha sido reemplazado, ni lo será jamás. Ya era en su época una excepción personal. En sus salones, la dueña lo era todo; era el ídolo, era la diosa del templo”. El prestigio de la belle créole alcanzó en esos años su cénit. Era una de las reinas de la moda. Así lo reconocían las mujeres, que imitaban cuidadosamente sus vestidos y peinados. Cada aparición suya en la Ópera era recibida además con un murmullo general de aprobación. Su retrato, hecho por madame de Paulimier, fue premiado en la Exposición Universal de París de 1832. E incluso fue digna de figurar en la colección colectiva Les Belles Femmes de Paris et de la province (1839-1840).

Un cronista de la época dejó un elocuente testimonio que reproduzco a continuación: “La señora de Merlin deslumbra en los salones de París; su belleza, pomposa y regia, apaga todo cuanto, no siendo más que bonito, osa mostrarse a su lado, así como el sol apaga en pleno día la claridad de lámparas y bujías. Si yo fuera mujer, miraría a madame Merlin cual una visión muy temible, y me alejaría de ella lo más posible, como de una luz absorbente”.

© cubaencuentro

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