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Actualizado: 20/11/2019 9:47

Literatura

Madame la Comtesse (II)

A partir de su retorno a Cuba, 38 años después de haber salido, la Condesa de Merlin escribió un texto plural, híbrido y multifacético, que mezcla ensayo, relato de viaje, memoria y crónica

Os dedico este libro, o mejor dicho, os lo restituyo, mis queridos compatriotas. Está impregnado de vuestro recuerdo, está consagrado a nuestra madre común. Respira amor por nuestra raza, por nuestro clima sin igual, por nuestra tierra bendita.

Francia, mi madre adoptiva, no ha cambiado nada, en nada ha disminuido mi ardiente afección por mi país, es ella la que os trae hoy como un religioso homenaje, el tributo de su experiencia, el fruto de su civilización.

Condesa de Merlin, Viaje a La Habana.

En sus Memorias de un sesentón, el escritor español Ramón de Mesonero Romanos apunta sobre la Condesa de Merlin que era tan discreta como bella. Por su parte, la Baronesa de Friossant dejó de nuestra compatriota esta descripción: “Sus ojos profundos y luminosos, de cejas rectas a la moda antigua; su correcta nariz y su boca roja y graciosa, a la que prestan encanto sus dientes de esmalte, unidos a un esbelto talle, manos de princesa y brazos esculturales”. Sus encantos físicos constituyen, en fin, un rasgo sobre el cual existen numerosos testimonios dejados por quienes la conocieron. Pero la belle crèole no solo llegó a París para ser adorno del mundo elegante de la sociedad más distinguida de esa ciudad, como apuntó Francisco Calcagno (sobre este punto volveré más adelante).

Su amigo y compatriota Domingo del Monte escribió sobre la Condesa: “Poco trabajo le ha costado después brillar y distinguirse, cosa que no es muy fácil en las cultas y refinadas reuniones parisienses, donde no se sabe qué admirar más, si su maravilloso talento musical y el timbre armonioso y penetrante de su voz, o la viveza de su capacidad intelectual, tan pronta en comprender como fácil en expresarse, o el tesoro de sensibilidad y ternura que se trasluce en las ráfagas brillantes y apasionadas de sus hermosos ojos”. En efecto, además de su talento como escritora, la Condesa poseía una hermosa voz. A su salón solía asistir la mezzosoprano María Malibran, famosa por su tempestuosa personalidad y su intensidad dramática (su carrera, sin embargo, fue corta, pues murió a los 28 años). La Condesa cantó con ella el dúo de Semiramis, la última ópera compuesta por Rossini. En varias ocasiones colaboró además en conciertos benéficos. En 1825 ella misma promovió uno a favor de la causa de los griegos y en 1834, otro por los emigrados polacos.

Acudo una vez más a Les salons celebres, el libro de Sophie Gay: “Nadie negará que si la señora Merlin hubiese nacido en la clase de los artistas, hubiera adquirido los mayores lauros que han ilustrado los conciertos o la escena. Su voz brillante, extensa, fuerte y ligera a la vez, el sentimiento dramático que la anima y que se delata a despecho del tono convenido, de la dignidad de aficionada y del ostentoso círculo que la escucha, justamente con otros dones que la naturaleza le ha prodigado, la hubieran hecho ser el ídolo del público; se ha limitado a serlo de los aficionados a la buena música. Pero puede juzgarse el efecto que hubiera producido el gran talento de la señora Merlin sobre un concurso numeroso, con acordarse de los aplausos que resonaron en la sala de Wauxhall el día del concierto dirigido y dado por ella en beneficio de los griegos (…) Porque era necesaria toda su superioridad para no temer el concurso de un talento tan distinguido como el de la señora Dubignon, esa encantadora discípula de Crescentini, verdadero modelo del gran método italiano, la cual dijo el recitado como la Grassini, y posee en grado sumo aquella declamación melodiosa, aquella manera de emitir la frase musical, de que tanto caso se hacía antes de que los gorgoritos destronaran al canto”.

Respecto a la celebridad y admiración que la Condesa llegó a alcanzar en París, conviene apuntar que lo logró a pesar de que existían algunas circunstancias que no le eran favorables. Por un lado, estaba su condición de extranjera, algo que en principio parecía restarle posibilidades de éxito. Ella además nunca ocultó su origen cubano. Antes bien, lo hizo evidente en el título de algunos de sus libros. Incluso en su primera obra autobiográfica escribió: “Mi color de criolla, mis ojos negros y animados, mi pelo tan largo que costaba trabajo sujetarle, me daban cierto aspecto salvaje”. Asimismo era esposa de uno de los generales más estimados por Napoleón Bonaparte. A pesar de que él había jurado fidelidad a los nuevos gobernantes, estos lo consideraban un bonapartista encubierto. Eso explica que durante la Restauración la Condesa permaneció alejada del ambiente oficial. Esa situación cambió después de la revolución de julio de 1830 y el advenimiento de la dinastía de los Orleans. Fue en esos años cuando el Conde fue condecorado con la Legión de Honor.

No solo narra las experiencias de su viaje

Treinta y ocho años después de haber salido hacia Europa, la Condesa decidió volver a Cuba. Para entonces su esposo llevaba un año de muerto, sus hijos eran ya adultos e independientes. Todo eso le proporcionaba una libertad que seguramente ella quiso aprovechar. Estaban además los amigos cubanos, como Domingo del Monte y José Antonio Saco, quienes la animaban a regresar a su tierra. El viaje lo emprendió en 1840, y siguió un itinerario largo y complicado. Fue primero a Nueva York, donde pudo recopilar abundante información acerca de la Isla. Luego tomó otro barco en Charleston, Carolina del Sur, para trasladarse a La Habana, donde permaneció desde mediados de mayo hasta finales de julio.

En La Habana fue acogida por sus parientes, por los escritores y artistas y por las autoridades españolas. Además de recorrer la ciudad, visitó algunas plantaciones cercanas. Estando allí, la revista La Habana Literaria publicó un texto suyo titulado “A la vista de Cuba”. Asimismo y fiel a la costumbre que traía de París, la Condesa tomó parte en la función lírica que auspició la Junta de Caridad, a favor de la Casa de Beneficencia y el hospital para mujeres dementes. El concierto filantrópico se realizó el 18 de julio, y en el mismo interpretó el dúo de I Capuleti e i Montecchi, de Bellini, con Teresa Peñalver, el de Roberto Devereux, de Donizetti, con Narciso Téllez, y el de Norma, también de Bellini, con María de Jesús Martínez. No hace falta decir que su fama y la calidad de su voz le reportaron un gran éxito.

En una carta fechada el 27 de abril de 1842, la Condesa le escribe a Del Monte sobre “un proyecto importante para nuestro país”. Le solicita encargarse de “las notas y avisos que se han de enviar” y le comenta que confía en que él podrá comprenderlo y ayudar a su ejecución. “Sus luces y su patriotismo son garantes de mi confianza y de mi convicción”, le expresa. Asimismo le da las gracias por sus notas, “que como habrá visto me fueron muy útiles” (se refiere a un texto suyo, Les esclaves dans les Colonies Espagnoles, aparecido un año antes en la prestigiosa Revue de Deux Mondes y que ella le hizo llegar). Insiste en que “el proyecto es importantísimo, y no dudo que tenga grandes influencias en nuestros intereses y en los progresos de ese país”. Le advierte, no obstante, que “el momento es crítico” y le aconseja: “Obren ustedes con actividad, por que la cosa se ponga al instante en planta”.

A su regreso a París, la Condesa acometió la escritura del proyecto del cual le habla a Del Monte. Se trataba de una ambiciosa obra, un texto plural, híbrido y multifacético, que mezcla ensayo, relato de viaje, memoria y crónica. En el mismo la escritora no solo narra las experiencias de su viaje, sino que además hace un análisis de la situación económica, política y cultural de la Isla. Eso demandó de ella la lectura y consulta de libros sobre diversos aspectos de la realidad colonial. Esa vasta bibliografía incluyó textos de autores europeos, norteamericanos y, por supuesto, cubanos. José de la Luz y Caballero, Saco y Del Monte figuran entre los que le brindaron su colaboración. La obra de la Condesa fue editada en París en 1844 en tres volúmenes, bajo el título de La Havanne.

Ese mismo año vio la luz en Madrid la traducción al español, Viaje a La Habana, que se abre con un prólogo firmado por Gertrudis Gómez de Avellaneda. Es la versión que hasta hoy se sigue reeditando, aunque resulta pertinente aclarar que recoge solo una parte del original en francés. Este se halla estructurado en forma de cartas, que están dedicadas a figuras como George Sand, Chateaubriand, el barón de Rothschild. En la versión al español, las 36 cartas originales quedaron reducidas a 10. No aparecen las doce correspondientes al viaje a Estados Unidos, ni tampoco otras que se refieren a la esclavitud, la administración de justicia, el gobierno de los capitanes generales, el tabaco y el ambiente intelectual habanero. De acuerdo a críticos como Salvador Bueno, esas supresiones tenían que ver con aquellos textos que podían molestar a las autoridades coloniales e indisponer a la autora con su clase. Como diríamos hoy, la Condesa suprimió las cartas que eran políticamente incorrectas. Aprovecho para consignar aquí el dato de que por lo menos existe una versión integral de La Havanne en nuestro idioma. Apareció bajo el sello de la Editorial Cronocolor, Torrejón de Ardoz, 1981, 403 páginas. Lleva un prólogo de Pedro Laín Entralgo y su traducción se debe a Amalia E. Bacardí, la hija del escritor santiaguero Emilio Bacardí.

A propósito de las páginas referidas al viaje a Estados Unidos, quiero apuntar algo que descubrí en el Centón Epistolario de Del Monte. En esa recopilación figuran varias cartas en inglés de A.H. Everett, quien entonces estaba preparando un artículo sobre Cuba para la Southern Quaterley Review y quería basarse en Viaje a La Habana. En su opinión, los capítulos sobre Estados Unidos “son sumamente ridículos” y constituyen “una urdimbre de los más extraordinarios disparates”. Incluso le llega a expresar a Del Monte: “Si usted conoce personalmente a la Condesa, le haría un gran favor aconsejándole que revisara por entero la obra en una nueva edición. La parte relativa a Estados Unidos debe omitirse por completo”. Everett, sin embargo, considera que “el libro está admirablemente escrito y contiene no poca información valiosa y nimiedades agradables. Me agradaría que la Condesa viera mi artículo, lo cual creo que la induciría a omitir por entero, en la nueva edición, las cartas sobre Estados Unidos. A decirlo sin exageración, estas cartas nada añaden, bajo ningún concepto, al valor de la obra”.

Bien recibido en Francia, pero atacado en Cuba

En su época, La Havanne tuvo un considerable éxito. La Condesa, no obstante, contaba con que, además de en francés y en español, se publicara en su versión integral en alemán e inglés, lo cual no sucedió. En Francia su libro fue bien recibido. No así en Cuba, donde incluso fue atacado en la prensa por personas que se ocultaban bajo un seudónimo. Entre todas, quien le dedicó ataques más virulentos fue Félix Tanco y Bosmenier. En una serie de artículos publicados por él en El Diario de La Habana, se empeñó en desacreditar a la Condesa, a quien calificó de “francesa exotista”. Esos artículos, que firmaba como Veráfilo, los reunió en Refutación al folleto intitulado Viage (sic) a La Habana por la Condesa de Merlin (1844).

Tanco integra una lista de autores cubanos que al valorar la obra de la Condesa, no han podido disimular sus prejuicios machistas. Voy a remitirme a las palabras de Calcagno que cité al inicio, para llamar la atención sobre el término que emplea: adorno. Coincide con otro que usa Emilio Bacardí: ornato de tiempos legendarios. Cualquiera diría que se están refiriendo a un jarrón de porcelana, y no a una mujer que fue capaz de crear una obra como La Havanne. Esas predisposiciones explican que, salvo alguna contada excepción, los estudiosos del sexo masculinos no han podido reconocer el valor fundacional de la Condesa, quien en ese libro asumió con seriedad el papel de analista de la realidad económica, política y social de la Isla. Algo que hasta entonces solo había hecho Francisco de Arango y Parreño.

Hubo que aguardar hasta las últimas décadas del siglo pasado, para que la figura y la obra de la Condesa comenzaran a ser valoradas y estudiadas debida y rigurosamente. Eso se debe al trabajo de investigadoras y críticas como Carmen Vásquez, Nara Araújo, Susanna Regazzoni, Graziella Pogolotti, María Caballero Wangüemert, Luisa Campuzano, Madeleine Cámara y Adriana Méndez Rodenas, quienes han situado a la Condesa en el contexto universal que le corresponde. En particular, esta última, además de haber preparado en 2008 una cuidada edición de Viaje a La Habana, es autora de Gender and Nationalism in Colonial Cuba. The Travels of Santa Cruz y Montalvo, Condesa de Merlin (1998), un lúcido e iluminador ensayo que se apoya en las teorías del feminismo y el psicoanálisis para revelar el carácter pionero de la obra de la Condesa.

“¿Dónde estabas esta noche, mi bien amado? Esperaba verte en los Bouffons… pero nada. Mis ojos te buscaban por todas partes, y mi corazón, entristecido, no ha gozado nada, cuando he tenido la convicción de que tú no estabas. A pesar de todos mis razonamientos, en los límites de un resfriado, tu mal de garganta me atormenta. Te lo suplico, ángel mío, hazme saber cómo te sientes, o, mejor aún, ven a cenar temprano. Tengo tanta necesidad de estar a tu lado, que nada me hace disfrutar, en cuanto tú te alejas. Y luego que nos vengan diciendo que el amor se desgasta a fuerza de estar demasiado juntos”.

Quien así escribe es una Condesa de Merlin ya madura, que tuvo el desacierto de amar al hombre más inadecuado. Me refiero a Philarète Chasles, un escritor más bien mediocre que la utilizó para abrirse camino en el mundo intelectual y ascender socialmente. Algunos afirman que fue el causante de que al final de su vida, la Condesa estuviera casi arruinada. Como el buen arribista que era, terminó dejándola por otra mujer, una baronesa más joven y con mejor posición económica.

Domingo Figarola-Caneda, quien fue fundador y director de la Biblioteca Nacional de Cuba, preparó un volumen con las cartas que la Condesa escribió a Chasles. Tras su fallecimiento, Emilia Boxhorn, su viuda, se encargó de cumplir los deseos de su esposo y editó el libro en 1929, con el título de Correspondencia íntima (yo compré en Internet un ejemplar que tiene un cuño donde especifica que fue donado en 1937 a la Biblioteca Municipal de La Habana por Francisco González del Valle). En el prólogo, Emilia Boxhorn expresa que la mayor parte de esas cartas serán una revelación. Y apunta: “En Cuba se decía, aún no hace mucho, que Philarète Chasles profesó siempre a la Condesa una admiración y un respetuoso afecto, y que, a pesar de todos los atractivos que la naturaleza había prodigado a María de las Mercedes Santa Cruz: belleza, talento y riqueza, había sabido conservar su virtud… (las cursivas son de la prologuista). Esta publicación provocará ciertos cambios en dichos juicios; pero todo pecado reclama misericordia…”.

No creo, como pensaba Figarola-Caneda, que esas cartas puedan causar perturbación alguna en los juicios que todos se formaron sobre la Condesa. En definitiva, nadie puede hallar motivo de escándalo en el hecho de que una mujer viuda se enamorase de un hombre soltero. En el libro, en cambio, sí se trasluce una mala imagen de Chasles, a quien la propia prologuista califica de amigo voluble e infiel. Definitivamente, la belle créole se merecía algo mejor.

© cubaencuentro

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