Sociedad

Carnaval en la Plaza

Las fiestas populares de La Habana serán en diciembre, precedidas de tanques y aviones y con el supuesto regreso de la Estrella y sus Luceros.

Los habaneros que ya frisan los sesenta años, e incluso muchos algo más jóvenes pero con buena memoria, recuerdan con añoranza las fiestas de carnaval que, cada año y en correspondencia con el espíritu alegre de la ocasión, se celebraban en la ciudad de La Habana.

La elección de la Estrella del Carnaval y de sus Luceros, que encabezaban el desfile sobre la carroza que abría la marcha, en las que caía desde el público una lluvia de serpentinas, el espectacular paseo de carrozas y comparsas, la música, el jolgorio general, formaban parte de una tradición cuyos orígenes se remontan al pasado colonial y que se enriqueció y transformó durante la República.

En cada carnaval, el Paseo del Prado multiplicaba su belleza para recibir el colorido desfile. Era, sin dudas, la más auténtica y esperada de las fiestas populares, el espectáculo al que se sumaban habaneros de todas las edades, todas las capas sociales, de todo el abanico racial de la ciudad, en un frenesí de luces, fuegos artificiales, bailes y regocijo.

Después de 1959, y con el transcurso del tiempo, se desvirtuó el espíritu de los carnavales, como ha ocurrido con todas las tradiciones cubanas. Poco a poco, se eliminaron aquellas manifestaciones que las autoridades consideraban "rezagos del pasado burgués", como la elección de la Estrella y los Luceros, los largos desfiles de carrozas, el esplendor de los disfraces…, y se perdió la característica espontaneidad de la fiesta.

En un día aciago, el gobierno decidió que los carnavales debían celebrarse en julio, para hacerlos coincidir con esa fecha terrible que marcaría en 1953 el primer indicio del surgimiento de la dictadura más larga que conoce el mundo; cuando murieron decenas de cubanos que estaban lejos de sospechar el oscuro destino que se labraba para la Isla. Así, los carnavales se convirtieron desde los años setenta en una especie de festividad macabra: paradójicamente el pueblo festejaba —sin proponérselo— la muerte de otros cubanos, el fin de las libertades y el sepelio de la República.

Patética actualidad

En los últimos tiempos, las fiestas no han sido ni la más remota sombra de lo que fueron aquellas lucidas de antaño. Los quioscos destinados a la venta de comidas y bebidas han competido en mediocridad respecto a la calidad y cantidad de productos; la higiene ha emulado con la de las ciudades medievales; y los precios —como siempre— han estado por encima de las posibilidades reales de la mayoría de los ciudadanos.

El clásico desfile se ha reducido a algún que otro patético carromato decorado con colgajos de papeles y cartones de colores chillones y tirado groseramente por un tractor; escasas comparsas desanimadas, sin vuelo coreográfico y exhibiendo apagados y pobres atuendos, han resumido los festejos que se dedican cada verano a los extraordinarios logros de la revolución.

Excepto en agosto último. Este año se reservó la celebración para presentarla como el homenaje nacional al cumpleaños 80 de Castro. Simplemente se suspendieron los carnavales: el supremo amo de la nación está enfermo de gravedad, con peligro para su vida. Las autoridades del país decidieron unilateralmente que ya el pueblo no tiene siquiera el mínimo, y discutible derecho, de celebrar la parodia que remeda de manera lamentable el antiguamente glorioso carnaval habanero.

Muchos se han cuestionado si acaso esta suspensión no es más que un pretexto para que no se haga público y muy visible que a miles de habaneros les importa un rábano la salud del Comandante y están dispuestos a divertirse a despecho de todo. Para muchísimos cubanos de los más bajos ingresos, el carnaval es casi la única oportunidad de "fiestar", ateniéndose a las más modestas ofertas; y no se perderían el exiguo disfrute pese a la agonía del célebre dictador.

Definitivamente, ante la proclama del 31 de julio, tampoco ha resultado prudente que se conglomeren las multitudes. Las masas suelen ser veleidosas: ¡quién sabe por lo que les daría! Por otra parte, no se puede mostrar al mundo, a la vez, la noticia del posible deceso del gran jefe y la alegría de las multitudes; podría crear confusiones y el enemigo suele tergiversar las cosas.

Apoteósica parada militar

Sin embargo, resulta que este año sí habrá "carnavales". Serán este diciembre. En los últimos días han corrido rumores por La Habana acerca de una apoteósica parada militar que servirá de marco a la supuesta reaparición pública del líder enfermo el próximo día 2. Los rumores no son el desfile militar en sí, que ha sido oficialmente anunciado y desde hace varias semanas se preparan las tropas y se realizan los ensayos correspondientes.

La gente comenta por la calle la magnitud y los excesos de los actos que, según anunció la proclama del 31 de julio, están destinados a rendir culto al octogenario aprendiz de emperador. Se dice que desfilarán unidades de todo el Ejército (¡Ave César!) y que se realizará una multitudinaria concentración celebrando también, devotamente, el milagro de la resurrección.

Al parecer, los rumores tienen bastante fundamento, teniendo en cuenta la reparación que se realiza en los elevados de la Avenida Paseo —que desemboca en la otrora Plaza Cívica—, los cuales se están reforzando con cemento importado desde Canadá, a fin de que resistan el peso de los tanques y las unidades artilladas que se dice tomarán parte en la fanfarria.

Se trabaja ininterrumpidamente las 24 horas del día. La voz popular asegura que el mismísimo Castro en persona presidirá la marcha trepado en un tanque, aunque esto último debe ser un adorno excesivo de los hechos, aportado por la imaginación exaltada de algunos entusiastas del sensacionalismo: sería el colmo del ridículo, un triste remedo de la Estrella del Carnaval sobre su carroza. Pero no le lanzarán serpentinas (¡Dios libre al osado que haga el menor ademán de lanzarle algo a Castro!), sino que a su paso se agitarán banderitas cubanas de papel.

"En representación de todo el pueblo", los falsos devotos —los beneficiarios de los más recientes programas de la "batalla de ideas", que están obligados a asistir— rugirán consignas y promesas de adhesión sin límites y después continuarán, como casi todo el mundo, esperando el final de esta farsa que se ha prolongado casi cinco décadas.

A fin de cuentas, hay que ser comprensivos con el anciano. Nada lo hará tan feliz como un espectáculo de esa magnitud: fingirá que ama al pueblo mientras el pueblo fingirá que lo ama; hará un desfile donde fingirá un poderío militar capaz de enfrentar al más poderoso imperio (que según él amenaza con invadirnos) y, finalmente, tratará de hacernos creer que ya está curado y de regreso. Algo tan falso como el homenaje mismo.

© cubaencuentro

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