Sociedad
El presente a la carta
Burles, las nuevas casas clandestinas de juego: ¿Un remedio contra la falta de futuro?
Enredado en sí mismo y con más capas que una col, el futuro en la Isla corcovea pero no avanza. Es como la mula que tumbó a Genaro. No resulta casual entonces que sean muchos (cada vez más) los paisanos que deciden cambiar sus apuestas para el presente, acudiendo a una de las las únicas alternativas que parece quedarles a mano: el burle.
Sabrá Dios de dónde salió el nombre, ya que ninguno de los muchos protagonistas consultados lo sabe. Como tampoco sabe nadie quién las bautizó, ni por qué, ni atenido a qué clase de establecimientos afines. Pero el caso es que se les llama burles a las nuevas casas clandestinas de juego que hoy proliferan en La Habana, de manera muy particular en los barrios y pueblos de la periferia.
La más cercana (y lógica) consonancia señala quizá hacia el término inglés bowler. Sin embargo, en ninguna de estas casas se juega a los bolos, aunque sí a la bolita y a un sinfín de juegos de azar que por haber estado prohibidos durante casi medio siglo, constituyen novedad para los jóvenes (la mayoría) que diariamente van a apostar en los burles todo lo que tienen, y hasta lo que no tienen.
Desde el bacará, la brisca, el burro y las sietimedia, entre otros géneros de enfrentamiento con cartas de la baraja, hasta el cubilete o el siló, con dados. Desde la lotería, hasta distintas variedades de rifas. Desde las apuestas para el equipo favorito en el Campeonato Nacional de Béisbol, o en el Mundial de Fútbol, hasta la lidia con gallos o con perros de pelea. Desde la bolita hasta el dominó.
Todo tiene cabida en el burle, y para todas las variantes de juego hay contendientes a tu disposición, siempre que pagues con puntualidad el bote, que es la comisión impuesta por el dueño (una cifra uniforme para todos los establecimientos) con el fin de que cada jugador sufrague una porción de los gastos de la casa.
Y muy bien que viene pagar el bote, así como evitar broncas y escándalos entre jugadores, o abstenerse de hacer algún tipo de trampas, ya que las normas de disciplina dentro de estos locales son estrictas y su cumplimiento corre a cargo de un ejército de guapetones a sueldo que no se andan con paños tibios.
Empleo para todos
Los cubanólogos, los cardíacos de las estadísticas, debieran tomar nota, porque tal vez esto de los burles les ayude a entretener a sus lectores con nuevas revelaciones sobre por qué se afirma que en Cuba no hay desempleados.
Sumen, multipliquen: 1. Cantidad de barrios y pueblos periféricos de La Habana (partiendo de la dudosa posibilidad de que sólo haya burles en la capital); 2. Cantidad de empleos regulares y ocupaciones flotantes que genera cada uno de estos locales, habida cuenta de su amplia diversidad de ofrecimientos; 3. Cantidad de locales por cada barrio y pueblo; 4. Cantidad de actividades colaterales que han ido surgiendo, tanto en su interior como en los alrededores.
En los burles —por lo general casas particulares, más o menos grandes, o con grandes patios y/o garajes, que se alquilan para estas funciones—, junto al llamado díler, figura central en cada una de las variantes de juego, y además de los guardianes de la tranquilidad, trabajan regularmente recolectores de dinero, apuntadores, controladores de áreas, bancos, señuelos para la promoción, porteros, más el personal de administración y de limpieza.
Igualmente apoyan la actividad desde el exterior, parqueadores, bicitaxis y vigías, unidos a un muy nutrido concurso de expendores de café, refrescos, bocaditos, frituras, dulces, batidos, caramelos, helados, cigarros y tabacos… Por cierto (también deben tomar nota los numerólogos y cubanistas), todos estos productos son ofertados a precios que sobrepasan de manera notable sus valores de venta en cualquier otro mercado capitalino en moneda nacional.
Es que, claro, en los burles se está moviendo el billete con fuerza. Y la gran billetada cuquea a las bestias del instinto. No en balde entre sus tipificaciones aparecen figuras permanentes como el garrotero, individuo encargado de prestar dinero a los perdedores o incluso a quienes acuden al local sin un centavo, siempre con cortos plazos para el pago y con muy elevados intereses.
También está el jamonero, que practica la usura mediante la compra a precios de emergencia de prendas personales o de cualquier objeto con algún valor.
Apostar por el hoy mismo
En tal sentido, el burle se parece a la vida: se puede llegar a sus predios más arrancado que un boniato en temporada y, poco después, salir con los bolsillos llenos. Asimismo, es posible (y probable) caerle con mucho dinero y salir de allí más arrancado que un boniato, o salir con una deuda que no la brinca un chivo, o en hueso y pellejo, habiendo dejado en el empeño hasta los meros calzoncillos.
Entre las cortesías del establecimiento (exclusiva para quienes apuesten importantes sumas), está el servicio de transportación gratuita para los apostadores, ganen o pierdan. Una fineza del dueño, sin duda. Para los ganadores, esta prerrogativa agrega además el servicio de escolta hasta la misma puerta de su casa.
Se ha dado más de un caso de rivalidades hostiles entre dueños de burles. Y aunque parezca extraño, tales diferencias no suelen ventilarse con la intervención de los ejércitos de guapetones. 'La paz es progreso', parece ser otra divisa de estos pillos. Saben que no les conviene levantar bulla. Entonces prefieren matarla callando, como los mejores políticos. Aunque no por ello dejan sin saldar la cuenta con el enemigo. Sólo que la saldan de un modo muy simple: propiciando, con pago mediante, que sean denunciados ante la policía.
Cualquier parecido con Sicilia, o con las películas del sábado, debe ser pura coincidencia. Porque no estamos en Hollywood, sino en la Isla de la Libertad, donde el peripatético futuro no es ya siquiera el sueño que soñaremos esta noche —como diría la Loynaz—, por lo cual la gente prefiere apostar por el hoy mismo.
No resultará más bonito, pero es la disyuntiva, en tanto, en la acera de enfrente nos sigue aguardando aquel mundo mejor que, según la consigna, es posible. Un mundo, que al no ser para luego ni para ahora, no es sino el mal que no mejora.
© cubaencuentro
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