Sociedad

Luces del 'período especial'

Por obra del dinero y de la iniciativa privada comenzó el cambio antitotalitario en Cuba.

Ostentosamente vestida, la mujer recién llegada de Miami lleva un cartón de huevos en la mano; cuando su antigua vecina abre la puerta destartalada se lo entrega con esta sola pregunta: "¿A qué ahora te hacen falta?". En esa venganza dulcísima con que la "escoria" devuelve la humillación a las hordas "revolucionarias" de 1980, está simbolizado el triunfo de la iniciativa privada sobre la retórica comunista.

El regreso triunfal de aquellos que comprometieron su libertad e integridad física en la inversión más arriesgada define, tanto como la proliferación de la prostitución y del mercado negro, la profunda crisis de valores que se extiende por la sociedad cubana al calor de la legalización del dólar y de las carencias de la vida cotidiana.

De "traidores" a "traedólares" los del Mariel, y de símbolos abstractos del Leviatán capitalista a medios de acceso a los bienes más elementales los billetes verdes: este cambio de signo implica la quiebra del régimen de dogma ideológico y movilización masiva de las décadas anteriores. Con sólo tener un pariente que te mande unos cuantos dólares puedes dejar de trabajar, y si no lo tienes, también puede convenirte dejar tu trabajo para hacerlo por "cuenta propia".

Ya no haces la guardia del Comité ni vas a un trabajo voluntario, porque el televisor en colores no te lo da el Estado por tus méritos revolucionarios, sino que lo compras en la shopping con el dinero que luchas tú mismo. El antiguo clientelismo desaparece junto con la libreta de los juguetes y los mercaditos donde se vendían alimentos por la libre.

La Habana se llena de antenas parabólicas, mientras las reuniones del CDR son cada vez menos concurridas y en muchas casas los retratos de Fidel y el Che, colgados en los sitios ocupados antiguamente por los cuadros del Sagrado Corazón o de flamencos en un paisaje bucólico, son sustituidos por modernos tapices de colores que simbolizan el estatus de los nuevos ricos. Cambio este muy positivo de una forma de kitsch por otra, pues del predominio de los símbolos del poder absoluto al de los símbolos de poder adquisitivo hay un paso de gigante en el sentido de la democracia.

Más que hambre y apagones

El "período especial" no es, entonces, sólo el hambre y los apagones, sino también la ganancia de independencia individual en que necesariamente redundan los pequeños espacios de libertad económica que el Estado, incapaz de asegurar las necesidades básicas de la gente, tiene que permitir a su pesar. El hambre ha sido, de alguna manera, el precio a pagar por esas cuotas más o menos indeterminadas de libertad, misérrimas a los ojos de quien siempre ha vivido en democracia, pero preciosas para los que han soportado décadas de dictadura comunista.

No es extraño, sin embargo, que muchos añoren, como si de una Edad de Oro se tratase, aquellos años ochenta en que podía uno solo tomarse dos litros de leche y comerse toda una flauta de pan. Se trata de una nostalgia similar a esa "ostalgie" que cunde actualmente en zonas de Europa del Este marcadas por la depresión económica y las miserias del neoliberalismo.

Lo curioso del caso cubano es que, de hecho, el antiguo régimen aún no ha finalizado: el "período especial" es una especie de interregno donde comienza a manifestarse, ciertamente, la herencia nefasta de cuatro décadas de comunismo: falta de compromiso cívico de la juventud, chusmería generalizada, crecimiento de la delincuencia…

Comprender estos fenómenos como la simple consecuencia de las medidas capitalistas sería, empero, tan ingenuo como pretender que la lamentable situación de Rumanía refleja los males del capitalismo más que el legado del nacionalcomunismo. Considerarlos al margen de su necesidad —esto es, de que manifiestan el necesario fin de un régimen donde la moral comunista no se disociaba de la represión policíaca—, sería equivalente a lamentar, como los periodistas de Juventud Rebelde, las desigualdades que el dólar introduce en la sociedad socialista, escamoteando la existencia en ella de la "nueva clase" de que hablaba el escritor yugoslavo Milovan Djilas.

Hambre contra retórica

Con la subversión, por obra del dinero y de la iniciativa privada, de la estructura estamentaria de aquella sociedad pretendidamente igualitaria, ha comenzado de algún modo la "revolución antitotalitaria" en nuestro país. No, desde luego, en el nivel político, pero sí en el orden de la vida cotidiana, donde la emancipación de la ideología ha quedado simbolizada en el acto, nada infrecuente a comienzos de la década de los noventa, de tirar a la basura las obras completas de Marx y Engels, o usarlas como papel higiénico o material para cucuruchos de maní.

El sentido revolucionario de la necesidad, que trastoca la función de las cosas y resquebraja el mundo estable y reglamentado de la década anterior, se aprecia asimismo en otras estampas clásicas del período especial como aquella de las ventanas y las puertas de las casas arrancadas para hacer balsas.

Más allá de lo meramente pintoresco, he aquí una transformación de tal magnitud que sólo resulta comparable a la que se produjo en Cuba en los años sesenta. Pero entonces todo fue espectacular y simbólico, como es de rigor en un proceso movido por la ilusión revolucionaria. Ahora, en cambio, el hambre determina todo en sentido contrario a la retórica y la ideología.

Si en los sesenta el sueño de la absoluta libertad condujo a la dictadura, ahora la necesidad nos devuelve algo de aquella libertad perdida. Si la revolución de entonces culminó en oscurantismo, ésta del "período especial" viene a ser, a pesar de los apagones, una saludable Ilustración.

© cubaencuentro

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