Sociedad

Miami en la bohemia

La bohemia también existe: Una mirada alternativa desde la capital del exilio.

Miami, una noche de un día cualquiera, mientras conduces rebasando la frondosidad habanera —El Vedado en Miami— de Coral Gables. A la misma hora, en cualquier capital europea o latinoamericana, la multitud se precipita calle abajo, toma por asalto las mesas de los bares a cielo abierto, las plazas, los parques. Mientras, en Miami, nadie ocupa las aceras.

Al visitante, incluso al habitante, lo asalta la pregunta: ¿realmente constituye la llamada “capital del exilio” un enclave cultural de envergadura? ¿Circula lo cultural orgánicamente en esta ciudad, más allá de unos pocos espacios privilegiados por la tradición, la farándula o un mecenazgo de coyuntura?

La respuesta pudiera ser positiva porque entre otras cosas, y aun sujeta a sus muy particulares coordenadas, la bohemia también existe en Miami.

Los actores

Nadie como los protagonistas de la bohemia para diseccionarla en profundidad. Relativamente invisible al interior de una ciudad que no pasea —ciudad sobre ruedas—, el clásico bohemio miamense no alcanza a sentirse, sin embargo, marginado.

Aquí se interpreta más creativamente la bohemia, asegura Ignacio T. Granados, editor y ensayista: aquellos que no lo han entendido así han terminado, efectivamente, sucumbiendo a lo marginal. O a lo convencional.

"Ciertamente, al llegar a Miami me sentí marginado —asegura el fundador de Ediciones Itinerantes Paradiso—, pero en un proceso de maduración llegué a la conclusión de que en realidad no me marginaban: yo mismo me marginaba. Yo era quien decidía. Hubo amigos que incluso me compraron un auto (se supone que en esta ciudad no tienes más alternativa que conducir). Y me dije: no quiero guiar. El único momento que tengo para leer es mientras espero el ómnibus. Y si se demora, mejor".

Para Granados, que arribó a la capital del exilio en 1997, la afirmación recurrente de que la ciudad carece de una vida cultural intensa resulta un cliché insostenible.

"Una ciudad no existe —reflexiona—, existen sus ciudadanos. Una ciudad es lo que son sus ciudadanos. En Miami no habrá un derroche de vida cultural, pero hay la suficiente. Y lo más importante: aquí tienes la posibilidad de fabricarte una vida cultural a tu medida".

"Esa exigencia crítica ante la ciudad —agrega el autor de Maudits— creo que emana de gente incapaz de crear o desarrollar proyectos culturales individualmente, dentro del marco de la ciudad.

"Tal vez Miami no tenga la dinámica cultural que he conocido en otras ciudades, como Buenos Aires o Santiago de Chile, pero se trata de ciudades que viven comiéndose el presupuesto de sus países, y Estados Unidos se niega a eso. De ahí que sea el país que es, y todo el mundo quiera emigrar a él".

Por su parte, el poeta y plástico Rodrigo de la Luz, que llegó en balsa a las costas de la Florida en 1998, afirma que cada día que pasa Miami adquiere una proyección cultural más acentuada.

"Atacado y delatado" por su propia escritura, De la Luz ha publicado el poemario Mujer de invierno, y sus óleos y collages son adquiridos por una clientela ávida, pero exclusiva. Carente de un mecanismo funcional de mercadeo, el comercio —si cabe el concepto— de este plástico cubano es tan distintivo como sus propias creaciones. Pura bohemia.

Los proyectos

La obra plástica de Rodrigo de la Luz arroja la vivencia personal en brazos de la imaginación poética. Sus collages, una amalgama de objetos —balines, botones, botellas, dados, manubrios, grifos y demás elementos desechables— que conforman figuras humanas o animales, parecieran contar una historia, definir una circunstancia o un destino.

"Utilizo desde una ficha de dominó hasta una campana de bronce —precisa De la Luz—. Lo interesante es que muchas veces el personaje del collage se sugiere a sí mismo por medio de algunos de los elementos que lo integrarán.

" Erick en su última ficha es un tipo envolvente, manipulador. Jinete en la montura del insomnio evoca a una mujer con la que tuve una experiencia atrevida. En El sorbo del amor la pieza fundamental es una cafetera que un amigo me regaló. Mientras hacían café mi amigo y su novia se pelearon, él arrojó la cafetera al piso... aquello se acabó. El sorbo del amor representa al niño que nunca tuvieron".

Entretanto, Ignacio T. Granados afirma que Ediciones Itinerantes Paradiso es un proyecto editorialmente raro, vinculado al romanticismo puro francés: "Como literatura lo que propone es muy elitista, lo sé, aunque de alguna manera pretendo establecer un link con lo popular".

A propósito, puede leerse en el sitio web de la editorial:

"Resalta la peculiaridad de que el proyecto ocurra en estos Estados Unidos tan especiales de Miami. Eso se refiere a que, inmerso en el modelo especial de la economía y el sentido popular de la cultura norteamericana, con sus mecanismos se puede evadir el rígido elitismo de nuestra cultura latina..."

Los bills y la bohemia

Pero hay que pagar los bills (las cuentas), como dicen en Miami. En una ciudad, y un país, donde la dinámica creativa de la pequeña y mediana empresa sostiene el crecimiento, la vertiginosa circulación de bienes y servicios estimula una cultura del consumo, del trabajo. La contemplación genera desconfianza. El movimiento, desarrollo.

"Me he estructurado una especie de itinerario —dice Rodrigo de la Luz—. Trabajo como máximo dos semanas al mes, y mientras tengo dinero para comer y pagar el teléfono, sigo escribiendo, imaginando. Lo mío es robarle algo a la vida.

"He tenido los trabajos más dispares: fregador de carros, security de funerarias, obrero de la construcción, camarero... Aquí y en cualquier parte, la libertad tiene un precio".

"Asumo que hay que trabajar y todas esas cosas espantosas —reconoce por su parte Ignacio T. Granados—. Sin embargo, no tengo empleo estable. Como mi estilo de vida no cambia, como mis necesidades no varían sustancialmente, la inestabilidad laboral ejerce una influencia mínima sobre mi calidad de vida. Lo que se mantiene estable no es mi vida laboral, sino mi estilo de vida".

"Por otro lado, tus conocidos y familiares, dentro y fuera de Cuba, tienen expectativas muy convencionales acerca de lo que puedes lograr en Estados Unidos —concluye—. No se explican cómo alguien puede negarse a eso que llaman vivir bien. Y no es que yo me niegue rotundamente: la gran vida me encanta... pero cuesta mucho.

"No voy a pagar el dólar a 1.50, de ninguna manera. Ni siquiera a uno por uno. Tiene que ser a ochenta centavos o no hay trato".

© cubaencuentro

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