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Actualizado: 23/09/2022 21:11

Opinión

«El Partido soy yo»

¿Piensan en Luis XIV quienes pretenden prolongar el castrismo después de Fidel Castro?

El reciente anuncio de la integración del restaurado Secretariado del Partido Comunista de Cuba cierra un ciclo de discreta participación del partido único en el ejercicio del poder, y abre otro, muy diferente, dominado por la ilusión de erigirse en heredero colectivo de Fidel Castro.

La puesta en marcha de esta suerte de Estado Mayor de la organización comunista era esperada desde abril último, cuando el Buró Político del PCC decidió su vuelta a la vida, junto a un aumento sustancial de la burocracia en el más alto escalón partidista. (Ver La resurrección del aparato). La selección aproximada de sus doce miembros podía también adivinarse entre líneas en los subsiguientes cambios en varias jefaturas provinciales de la organización, ocurridos de inmediato.

Curiosamente, este importante reordenamiento de filas y reasignación de rangos, concebido y orquestado con precisión y lenguaje de maniobra militar, sonó más a purga para muchos analistas de oído de la realidad nacional —que insisten en tomar deseos por realidades— que al evidente propósito de quienes sobrevivirán a Fidel Castro de prepararse lo mejor posible para lo inevitable. Pero esa es otra historia que irá en otro momento.

El próximo arribo del Comandante en Jefe a la categoría de octogenario parece haber calado muy profundo en el exclusivo grupo que mueve los resortes del poder, hasta impulsarlos a ensayar nuevamente, después de experimentar con dólares y empresas mixtas, la fórmula de control del gobierno y la sociedad desde el Partido, tan antigua como Lenin y casi siempre llamada al fracaso en el "socialismo real".

Sin sorpresas, sin audacias

El primero entre los secretarios, que quince años atrás favoreció la desaparición de un instrumento ante el cual nunca doblegó su autoridad total, aseguró ahora en Granma que el Secretariado "se restablece en el momento en que más se necesita". "Lo integran —dijo— un número considerable de cuadros que han trabajado en las provincias con buenos resultados y acumulado una valiosa experiencia".

Además de estas credenciales, no hay sorpresas, y mucho menos evidencias de audacia en la relación del equipo designado para empuñar día a día las riendas del PCC. El equilibrio entre los recién llegados de provincias y el conocido puñado de históricos que lo encabezan —y se suman a esta nueva jerarquía con la suprema condición de miembros del Buró Político— no deja margen a esperanzas renovadoras.

Completan la nómina una ex ministra bien temida entre los cuadros del Estado, el más conservador y gris de los jefes de departamentos del Comité Central y un "reformista" arrepentido de cuyo nombre no quiero acordarme. Decididamente, el Partido se apresta a defender la plaza con una alineación a la vieja usanza.

De la cuidadosa selección destinada a garantizar eficientemente la continuidad antes que el cambio, tampoco salió ilesa la meta de balance racial en la cúpula de poder. A pocas semanas de enviar a la cárcel a uno de sus escasos dirigentes negro y joven, el Partido Comunista dejó pasar una buena oportunidad de llenar las diferencias entre la composición étnica de la sociedad cubana y sus altos escalones, mucho más acentuada si se trata de las filas del gobierno o de la emergente economía en dólares.

El humo blanco al nuevo cuerpo del poder político lo otorgó la rara convocatoria a un Pleno del Comité Central, el primero del que se tenga noticia en los últimos tres años. Del caprichoso estilo de gobierno que moldea instituciones o leyes a las necesidades más inmediatas no escapa, evidentemente, ni el partido único, cuyo Buró Político echó abajo el acuerdo de un congreso que eliminó en 1991 el Secretariado del Comité Central, y finalmente lo reúne para sancionar lo ya aprobado.

Quizás entre las metas futuras del PCC esté el dejar atrás tales incoherencias, en caso de alcanzar el rol de "único y digno heredero" del Comandante en Jefe, que le asignó imperativamente Raúl Castro, en un discurso en predios militares que precedió a los cambios en el seno del Partido. Con estilo característico, el menor de los Castro sentenció: "así será, lo demás es pura especulación, por no decir otra palabra".

Preparando el escenario

El tiempo dirá si el estudiado exabrupto fue dirigido solamente a quienes abogan por el fin del castrismo, o si incluía también entre sus blancos a los jóvenes talibanes, cercanos al Comandante y ansiosos de poder, pero sin mando de divisiones armadas y excluidos también de la nueva nomenclatura.

Pese a muchos tropiezos y distanciamientos, Raúl Castro es desde el 21 de enero de 1959, el heredero designado de su hermano mayor. Hoy, desde su posición en las fuerzas armadas y su patrocinio indiscutido del partido comunista, está más cerca que nunca de intentar esa sucesión, y lo hace invocando el nombre del Partido.

Los ajustes preparatorios de ese escenario, realizados con la aprobación de Fidel Castro, no significan necesariamente que se resigna a conceder en vida parcelas de su poder absoluto, aunque permita al heredero y su Partido Comunista organizar a marcha forzada una respuesta, hasta ahora torpe y burocrática, a los anhelos de cambio en la Isla.

Luis XIV, prototipo del absolutismo, reinó más de siete décadas. Quizás en él piensan quienes pretenden prolongar el castrismo después de Fidel Castro.

© cubaencuentro

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