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Actualizado: 23/09/2022 21:11

Opinión

El rey del eufemismo

La más reciente 'Información del Buró Político' hace que la 'Retórica' de Aristóteles sea un ejercicio de preescolar.

Los cubanos sabemos lo que significa Buró Político. Sabemos quién es, pero también cuando el mensaje dice: 'Se acordó'. Quizás este último 'se' indique un significativo enriquecimiento gramatical, pues no es impersonal ni de participación, no puede ser cómplice de sí mismo. Los lingüistas ya lo consideran como otro aporte, similar al 'nosotros consideramos', donde aún se busca detrás del Inmarcesible su Ka egipcio, la sombra de un gallego similar al indio donde Batista camuflaba la abuela negra.

No por longevo, el arte del eufemismo que practica el Inmarcesible (¿Se marchita?) deja de suavizar la callosidad de su discurso. La más reciente prueba acaba de inscribirse en la lexicografía cubana. Corresponde a una "Información del Buró Político" ( Granma, 28-4-06). Pertenece a una técnica donde hasta la Retórica de Aristóteles resulta un ejercicio de preescolar.

Sus ocho párrafos —no me acusen de masoquista— albergan tantos eufemismos que los académicos cubanos de la lengua pudieran proponerlo al próximo homenaje a Fernando Lázaro Carreter y su Diccionario de términos filológicos. Ilustra demasiado bien la retórica del Poder, más nefasto cuando condena a sus receptores a monólogo perpetuo, sentencia registrada en el Tribunal de La Haya como antesala de la abominable pena de muerte.

Detrás de las palabras

Desmontar la retórica de cada párrafo rebasa —diría Ludwig Wittgenstein— los ejercicios sofistas, va a la sustancia del pensamiento que caracteriza al Inmarcesible, contribuye a distinguir una filosofía política de estirpe leninista que tiene en él y sus secuaces uno de sus últimos reductos mundiales. Cuyo signo ético es un cósmico desprecio a los demás, al otro, a lo que sigue llamando 'masa', 'pueblo'…

Cuando dice "el proceso de continuo perfeccionamiento de la labor partidista", de inmediato los militantes traducen más vigilancia de los varios aparatos de inteligencia, incluyendo el Departamento Interno del Comité Central. Un lector avezado comprende que tal "perfeccionamiento" es síntoma de que los signos del Estado de malestar han alcanzado cotos alarmantes, de que una nueva ola represiva tratará de calafatear el vetusto barco revolucionario.

Al afirmar: "las exigencias de estos momentos en que se vislumbran y materializan logros y avances en la solución de limitaciones propias del período especial, que comenzamos a dejar atrás", no hay duda en traducir al cubano callejero que el respiro venezolano —a China hay que pagarle— alivia las consecuencias del desmerengamiento soviético, sin entrar en los cambios estructurales y políticos imprescindibles, todo lo contrario, eliminando los afeites aperturistas de los años noventa.

Y el eufemismo de "especial" —bien lexicalizado— mantiene la hipocresía de que se ha tratado no de miseria sino de rareza, no de depauperación nacional sino de exclusividad.

Bien sintomático resulta que el texto vele la mayor preocupación —sólo aparente— del Inmarcesible: "cada vez será más intenso y coordinado el enfrentamiento a las manifestaciones de indisciplina, corrupción y negligencia, entre otras actitudes negativas".

Tenebroso, diabólico, serían los adjetivos más cercanos a la certeza de que permite las "manifestaciones" porque mientras cualquier funcionario está haciendo como que trabaja, robándole al gobierno o sin coger lucha, sencillamente no está conspirando, no es un enemigo del Poder.

"La utilidad práctica de métodos que introducen un cambio verdaderamente alentador en el propósito de eliminar al máximo posible las indisciplinas y conductas incompatibles con los principios socialistas" —señala el siguiente párrafo.

Y enseguida los cuadros que leyeron u oyeron la "Información" comprenden que como los huracanes pasará rápido, pero que por lo menos durante una o dos semanas habrá que repetir la consigna, habrá que redactar un plan de trabajo bien severo, habrá que releer a Giuseppe Tomasi de Lampedusa, cuando en El gato pardo hace decir al príncipe Fabrizio Sabina: "Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie".

Subordinando eficiencia a confiabilidad

La advertencia contra los militantes del Partido que no muestran una absoluta docilidad, y un no menos absoluto silencio cómplice ante los desvaríos inmovilistas, se concretiza en la restauración del Secretariado, que como "órgano de dirección auxiliará al Buró Político en la labor diaria del Partido y se encargará de organizar y asegurar la ejecución y cumplimiento de sus acuerdos, así como de velar por la correcta aplicación de la política de cuadros tanto del propio Partido como de las demás instituciones de nuestra sociedad".

Aquí la proposición esconde, sin mayores exigencias semióticas, la prueba de que las promociones siguen siendo por amiguismo. Edulcora la dependencia del burócrata a un grupo y su líder, que a su vez pertenece a un grupo más elevado, hasta llegar al que está cerca del Inmarcesible. La dinámica de grupo se mueve como las células de la mafia, de la guerrilla, siempre subordinando la eficiencia a la confiabilidad.

Viene entonces la noticia de que se amplía "el número de departamentos que forman parte del Aparato Auxiliar del Comité Central, aprobándose la creación de tres: los de Cultura, Salud Pública y Ciencia, que se suman a los diez existentes". La lectura de los respectivos ministros, viceministros y directores, es tan diáfana como cuando a la amante se le llama amiga: Los van a inspeccionar más.

A su 'Grupo de Apoyo del Comandante en Jefe' —supra Consejo de Ministros— le añade otra estructura paralela. Ahora la competencia entre los estratos burocráticos será más intensa, las sospechas y recelos se multiplicarán en beneficio de su absolutismo.

El texto concluye —como era de esperar— con un chivo expiatorio: Juan Carlos Robinson Agramonte, miembro del Buró Político y para colmo uno de sus escasos negros.

Aquí los eufemismos llegan al Libro Guinness de los récords: "La reunión examinó además un lamentable e inusual caso de incapacidad de un cuadro político para superar sus errores (…) Criticado, advertido y exhortado más de una vez por la Dirección del PCC a superar sus faltas, simuló reconocerlas y ponerles fin. No resultó realmente así. (…) lejos de asimilar las críticas y advertencias mencionadas, se hicieron más visibles todavía ciertas manifestaciones de prepotencia y altanería, abuso de poder y ostentación del cargo, indiscreciones y reblandecimiento en sus principios éticos, que han puesto de manifiesto actitudes deshonestas incompatibles con la conducta de un comunista y menos aún de un cuadro del Partido".

La clave del truene

¿Lamentable e inusual cuando hasta los niños de Baracoa saben de la impunidad y de los privilegios que goza la alta nomenclatura, sobre todo la cúpula militar y partidista? ¿Asimilar la grosera certeza de que te corrompe para que tengas el tejado de vidrio cuando desee eliminarte?

¿Cómo el Inmarcesible puede usar sin sonrojarse las palabras "prepotencia y altanería"? ¿No estará la clave del truene en las "indiscreciones", es decir, en comentarios críticos contra la indiferencia del Poder ante el pésimo estado del transporte, departamento que dirigía Robinson en el Comité Central, además de en la necesidad —como las golpizas a disidentes pacíficos— de mostrar que no le tiembla la mano, ni siquiera ante un oriental disfraz de la disimulada discriminación racial?

La última frase no puede ser más amenazante: "Se investigan las consecuencias legales que puedan derivarse de su comportamiento". Los cubanos al instante entienden que el negro hasta puede caer preso. Los demás cuadros ratifican una vez más que no hay juego, sólo el Inmarcesible (¿Se marchita?) lanza y batea.

El eufemismo —"la conducta de un comunista"— vuelve a ser tan efectivo como el borracho que se llama alicorado, pero nada gracioso. Pregúntenle a Robinson.

© cubaencuentro

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