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Actualizado: 05/12/2022 11:09

EEUU, Biden, Trump

Un año que empezó mal y no termina bien

El motín y asalto al Capitolio del 6 de enero, aunque ineficaz y burdo, continuó recorriendo el año sin que se avanzara mucho en la denuncia de los verdaderos culpables

No la solución de todos los problemas, pero un año de esperanza. La ilusión podía concretarse en el remedio al menos de algunas de las peores preocupaciones que habían reinado en 2020. Cuando comenzó 2021, parecía que iban a quedar atrás algunos de los males que habían definido a 2020.

Lo primero fue el triunfo en las urnas de un político de devolvería al país a la normalidad. Y con ello venían grandes ilusiones de que este emprendería de nuevo el rumbo correcto. Tanto al enfrentar problemas propios como en una vuelta a lo que venía realizando, para bien y para mal, tras el fin de la II Guerra Mundial: servir de guía hacia la vía democrática, que, aunque imperfecta, se destacaba con preferencia frente a las dictaduras de derecha e izquierda.

Ello alentaba, además, a pensar que el nuevo año traería el fin de la pandemia covid-19 —gracias, es cierto, al avance en el logro de vacunas eficaces, obtenido durante la administración anterior—; la amplia mejora en la distribución de ingresos, la plena recuperación económica y en el orden social un notable adelanto en la superación del racismo endémico de la sociedad estadounidense.

Pronto se supo que no sería así.

El motín y asalto al Capitolio del 6 de enero, aunque ineficaz y burdo, continuó recorriendo el año sin que se avanzara mucho en la denuncia de los verdaderos culpables.

Ello además de un frustrado juicio político al derrotado presidente y un litigo interminable en las cortes sobre documentos y testigos, junto a una tibia actuación del Departamento de Justicias. Al terminar el año, los logros se reducen apenas a las limitadas condenas a un grupo de idiotas marionetas. Y con elecciones legislativas el próximo, los esfuerzos republicanos insistirán en la dilación y la espera.

Lo que es peor. A estas alturas todavía hay legisladores republicanos que se jactan de expresar que hubo un generalizado fraude electoral en la votación presidencial, y muchos partidarios del republicanismo lo repiten. Políticos que han puesto por delante un partido —dominado por el fanfarrón mentiroso de Trump—al bienestar nacional.

La negativa del expresidente a aceptar la derrota —parte consecuencia de su ego, parte truco publicitario para recaudar contribuciones— continúa dividiendo al país. El intento continuo de cuestionar y revocar los resultados electorales legítimos ha traído como resultado una mayor erosión de las normas democráticas en toda la nación.

La gran paradoja es que 2021 ha sido el año en que Trump no solo ha mantenido el control sobre su partido —y se avecina a ser un factor determinante en las elecciones legislativas del próximo— sino el ídolo venerado por seguidores y políticos republicanos que no dudan un momento en romper las normas democráticas y constitucionales, con el objetivo de lograr una victoria electoral.

En este sentido hay que entender los esfuerzos y logros a la hora de limitar la participación de los votantes en diversos estados, así como el fracaso demócrata al no actuar a tiempo y con vigor en la denuncia de la aprobación, en las legislaturas estatales controladas por los republicanos, de medidas inspiradas por Trump para anular o modificar resultados en las urnas.

Logros y fallos

En lugar de una vuelta a la normalidad y una mayor resolución a la hora de enfrentar las dificultades, 2021 trajo más trastornos e incertidumbres.

El año termina con un sistema de gobierno cuestionado a diario y cada vez más politizado; la aprobación de un exorbitante gasto militar que nadie sabe cómo será empleado; la perspectiva de un tribunal supremo ultrareaccionario, dispuesto a dar marcha a décadas de leyes progresistas y la realización de una cumbre internacional de la democracia que resultó de una pobreza espectacular: más que una exhibición del liderazgo global estadounidense, no fue siquiera un canto del cisne de dicho poderío.

Por supuesto que hubo esperanzas frustradas de las que no es posible culpar al actual inquilino de la Casa Blanca. La aparición de dos poderosas variaciones del virus lleva a pensar, en este diciembre que concluye, que la nueva plaga va a recorrer simplemente un camino tradicional: no desaparecerá de un día para otro, y mientras en los países ricos logrará alcanzarse una convivencia forzada y menos letal, el mal continuará desarrollándose entre los más pobres. Claro que en el mundo global dichas fronteras nunca son completamente seguras.

El ánimo tras la aparición de las vacunas se ha visto acompañado de un viejo recelo. El rápido desarrollo de estas, que demostró la capacidad de un Estado moderno para reunir recursos financieros, humanos y científicos a una escala y con una prontitud que muchos no se imaginaban —y fue un proceso iniciado durante el gobierno de Trump que ahora Biden ha continuado—, pronto se vio opacado por una voluntad política reaccionaria, que ha llevado a unirse a quienes rechazan las vacunas: una penosa demostración de que el fanatismo reaccionario puede aún torpedear a las políticas ilustradas más beneficiosas.

Igual fuerza ha mostrado durante este año otra modalidad de ese fanatismo reaccionario, en la forma de un racismo larvario, solapado o expuesto con impunidad. Al tiempo que han aumentado las manifestaciones más o menos cosméticas de una mayor integración racial —en comerciales, la televisión y el cine— persiste, aunque disminuido, el racismo sistémico contra los estadounidenses de raza negra, así como un aumento en la violencia contra los estadounidenses de origen asiático. A lo que se ha sumado, con objetivos partidistas, la polémica sobre la enseñanza de la “teoría crítica de la raza”. Los republicanos están destacando como un nuevo frente en la “guerra cultural”, con fines electorales, a las contiendas por los cargos en las juntas electorales.

La conclusión es que el país parece más alejado ahora que el año pasado, en lograr un consenso sobre la justicia racial. Otra demostración de que la desconfianza ha aumentado entre los estadounidenses, así como la falta de seguridad y certidumbre en las instituciones.

En este sentido, ha continuado desarrollándose una cultura política tribal que polarizaba al electorado y paralizaba el sistema político.

En la medida en que la nueva administración demócrata no ha sido capaz de mejorar esta situación, y hay que resaltar que los republicanos han desarrollado una guerra frontal al respecto, ha continuado el aumento de los resentimientos, engaños y desilusiones que se traducen en un comportamiento más desaprensivo —y en última instancia violento— hacia las normas, valores e instituciones de la democracia liberal.

Con ello, se ha profundizado la derrota del conservadurismo moderado y mantenido la vigencia del radicalismo ultraderechista. La vuelta a la normalidad continúa sin materializarse plenamente.

A los fallos de este gobierno ya señalados hay que agregar un manejo pasivo —demasiado pasivo— del problema de la inflación. El empeñarse en continuar con la puesta en práctica de la política monetaria como única herramienta de control inflacionario, cuando esta nación y este gobierno —como en otras partes del mundo— cuenta con la posibilidad de establecer medidas adecuadas para limitar el daño que dicha inflación está causando a quienes tienen menos ingresos.

Influencia y hegemonía

2021 fue el año en que la “Guerra Global contra el Terrorismo” —lanzada con fanfarria y optimismo por el presidente George W. Bush en 2001— llegó a su fin con una derrota.

Las tropas enviadas a Afganistán para acabar con los talibanes, capturar a Osama bin Laden, destruir las células terroristas que amenazaban al mundo occidental, reconstruir la nación a imagen y semejanza de Estados Unidos y llevar la independencia y felicidad a las mujeres y niñas de la región se retiraron sin declaraciones pomposas, pero con imágenes fulminantes. Pocos de estos propósitos se alcanzaron y algunos lo fueron solo temporalmente.

Aunque las imágenes de los aviones estadounidenses tratando de evacuar al personal del aeropuerto de Kabul, mientras afganos desesperados colgaban y caían de sus alerones, dejaron pocas dudas, documentos y hechos reafirman esa pérdida de hegemonía que viene sufriendo Estados Unidos desde antes de la guerra de 20 años en Afganistán.

La salida de los soldados estadounidenses forma parte de un cambio más amplio, que viene ocurriendo la región. Ello incluye desde las conversaciones directas entre Irán y Arabia Saudí en Bagdad en abril de este año —en las que no participó EEUU, hasta los intentos de Washington para reactivar el acuerdo nuclear con Teherán.

Cuando las conversaciones para tratar de salvar el acuerdo nuclear iraní —logrado en 2015— se reanudaron el lunes 27 de diciembre de este año en Viena, Teherán insistió en que estas deberían conducir al levantamiento de las sanciones de EEUU y a la “garantía” de que Washington volverá al pacto. Durante los años transcurridos de negociaciones dramáticas, retiradas abruptas y renegociaciones infructuosas para el acuerdo, Irán ha ido estrechado sus relaciones económicas con China, ante la posibilidad de un segundo acuerdo de fecha impredecible, del que Washington podría simplemente retirarse nuevamente.

Con tres años por delante de la presidencia demócrata, la competencia y hasta la confrontación entre los principales poderes internacionales apunta a concentrarse el próximo año entre Washington, Moscú y Pekín, con los dos últimos empeñados en poner fin a un mundo unilateral. Hasta el momento el gobierno de Biden, salvo en el caso de Irán, ha sido más un continuador de las políticas internacionales de su predecesor —Cuba y el expansionismo israelí son buen ejemplo de ello— que un iniciador de cambios. Su agenda ha sido mayormente nacional y marcada por la epidemia. A todo ello ha contribuido que siempre se ha caracterizado por ser un político de poca imaginación y originalidad.

Ello no le ha impedido tener que lidiar con problemas a los que poco contribuyó a crear directamente, como el de la retirada de Afganistán, pero el que tuvo que enfrentar como jefe de Estado, con resultados negativos para su valoración como mandatario.

Aunque al parecer Biden está más interesado en dejar su huella en la agenda nacional que en el exterior —solo que ahora no tiene mucho sentido predecir al respecto— y al igual que Trump pero sin decirlo propone un avance hacia un pasado que valora por encima del presente. Su programa de reformas “Reconstruir mejor” no es más que el intento de revivir una tradición progresista, desde la óptica de un conservadurismo liberal moderado. El futuro dirá si ese intento tiene éxito o solo se convierte en la prueba definitiva de una doctrina agotada.

© cubaencuentro

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