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Actualizado: 23/07/2014 16:11
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| Cuba

Represión

Paliza habitual

Hay un nexo entre la muerte de Soto García y la cultura violenta de la policía cubana en su expresión singular: ésta se ejerce contra personas pacíficas

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Las palizas de la policía no son usuales en Cuba. Así se decía, más o menos, en algunos de los reportes periodísticos que leí a raíz de la muerte de Wilfredo Soto García, el disidente villaclareño que fue golpeado por la policía un día que no debió aparecer en el calendario.

Este cometario me resultó francamente asombroso. En el entendido que, efectivamente, Soto García no haya sido tonfeado, la idea transmitida por estos reportes de prensa era que el comportamiento de los órganos de represión cubanos es de los más pacíficos y decentes del mundo.

Mi asombro y extrañeza no lo eran tanto por el tema de la información o desinformación sobre Cuba, en casos y hechos concretos que pueden ser inventados, exagerados o minimizados en su propia cualidad. Por eso decidí no escribir este artículo hasta que no pasaran algunos días. Si se demostraba lo indemostrable, que Soto García no fue golpeado, entonces el comentario de algunos corresponsales extranjeros adquiría valor de mantra social. También, si se corroboraba la paliza propinada: lo inusual del comportamiento de la policía, según aquellos comentarios, otorgaban valor de excepción a la paliza misma, y confirmaban la afirmación de la prensa.

La perplejidad que me provocó el comentario proviene de una razón distinta: la disonancia, muy común en los medios de prensa, entre hecho concreto, información posible y sustrato cultural.

Si decimos, por ejemplo, que Mr. Wiston estaba bebiendo whiskey en Traflagar Square a las 5 de la tarde del día 12 de mayo de 2011, estamos frente a un hecho concreto como información posible sobre el sustrato cultural británico.

Desde luego que también es posible, tras el contraste de las fuentes, que el hecho resulte enteramente falso. Nadie dudaría, no obstante, que nos encontramos frente a una información posible en la tradición inglesa. Pocos pondrían en entredicho la consonancia probable entre el Wiston bebedor, la posibilidad de un hecho etílico y la tradición habitual en el país de Charles Dickens.

Este tipo de análisis merece ser hecho en el caso de las palizas habituales de la policía en Cuba. Que aquellas no tengan prensa es una cosa. Afirmar que no son usuales, es otra. Y entre otras razones, creo que no tienen prensa porque ya no son noticias. Es bien demostrable en nuestro país la ubicuidad y habitualidad de las golpizas que la policía regala a muchos ciudadanos. Es una afirmación que podría hacerse con toda seguridad antes de conocer el hecho.

Por supuesto. Todas las policías del mundo dan palizas. Innegable. Pero el recurso moral y psicológico que diluye la violencia policíaca cubana en la violencia policíaca mundial no alcanza para encubrir el tipo de violencia específica de los órganos represivos cubanos.

Y esta es mi mayor preocupación. La posibilidad de que, ante la aproximación crítica, aquel mantra periodístico se convierta en este otro:las palizas de la policía son usuales en todo el mundo. Lo que banaliza la muerte por violencia de Wilfredo Soto García en su cualidad específica, y escamotea la violencia de la cultura cubana.

Me interesa llamar la atención sobre el vínculo de la muerte de Soto García y la cultura violenta de la policía cubana en su expresión singular: esta se ejerce contra personas pacíficas. Eso es lo que distingue un comportamiento que, por otra parte, no resulta exclusivo de la policía cubana.

¿Por qué este rasgo distintivo? Pues porque la cultura cubana es violenta. Y ¿por qué la cultura cubana es violenta? Veamos.

Las fuentes de esta violencia cultural son diversas. La tradición heredada de las guerras por la independencia, que llega hasta hoy día con la organización militar del Estado y de la nación; la violencia originaria del proceso político actual, montado sobre la violencia que reajustaba los intereses y conflictos antes de 1959, cocido todo sobre la planta del machismo alfa de la cubanía, pueden explicar claramente nuestra cultura violenta, históricamente hablando.

Sin embargo, me parece que estas fuentes por sí solas no son exhaustivas para entender lo que me parece singular en la violencia de la policía cubana: ella se proyecta contra el ejercicio pacífico de la resistencia ciudadana. Y la fuente directa de esta violencia desproporcionada, cruel y perversa por naturaleza, es la larga duración de la esclavitud en Cuba.

En el sistema esclavista el vínculo primordial y dinámico es la obediencia que el esclavo debe al amo. Sin ella, todo el sistema se habría venido abajo precipitadamente. Como se trata de obligar al cuerpo, a la mente y al espíritu, todo de conjunto, a que cumpla mandatos irracionales, la violencia es el instrumento necesario, con fatalidad filosófica, para lograr que el esclavo singular no interrumpa la línea de producción o debilite la cadena de servicios obligada a su amo.

El capataz que castiga al cuerpo fatigado, o el rancheador que, perro mediante, trata de encontrar al esclavo que huye ejercían la violencia contra no personas humanas que no estaban violentando un orden pacífico sino escapando de un mundo horrible. Esta violencia contra el que desfallece o se evade es exactamente la misma que se aplicaba al esclavo que miraba fijamente a su amo cuando este le requería, o la que empleaba el capataz contra el que ofrecía resistencia espiritual. Mirar atravesado, negarse a decir el nombre o no contestar a una pregunta despertaban esa violencia sádica y soberbia de quienes no admitían que el inferior se pusiera psicológicamente a la altura de sus perpetradores.

Se forjaron así, durante la esclavitud, lo que el líder cívico Juan A. Madrazo califica como las herramientas coloniales de represión. Ellas pasan, con algunos amortiguadores legales, a la república antes y después de 1959. Y las hereda la policía. Básicamente la herramienta mental, según la cual es punible cualquier resistencia al poder. Por tanto, el acto mínimo de negarse a mostrar el carné de identidad, decir su nombre, dónde uno trabaja, o qué hace rondando por algún lugar moviliza toda la gestualidad violenta de la policía. La razón es una: un ciudadano cubano es la parte subordinada del poder, no una persona con derechos: es, a todos los efectos prácticos, un esclavo de la autoridad.

De ahí que la resistencia despierte a la violencia del mismo modo, o a veces con más furia, que la violencia misma ejercida contra el poder. Los ejemplos sobran. Jóvenes, ancianos, mujeres son golpeados y maltratados por la policía de Oriente a Occidente, independientemente de que se violenten o no contra los funcionarios del orden. Solo uno escapa: el dócil. Que entonces no es objeto de violencia sino de lástima y desprecio: como el esclavo.

La policía cubana trasunta en sus actos diarios las estructuras mentales represivas de la época colonial con su énfasis en la violencia asimétrica: la que se emplea como castigo para reducir al espíritu y la resistencia psicológica. Es interesante observar la molestia de los infantes de policía en cualquier parte de la Isla cuando se les recuerda la existencia de la Constitución. Muchos ni siquiera conocen su status entre las instituciones del Estado.

Los gestos, los símbolos, las palabras y los signos de comunicación reproducen así esa violencia mental heredada que, en los últimos años, ha tratado de compendiarse antropológicamente.

En el año 2005 escribí para esta misma publicación un artículo que titulé Antropología de la represión, en el que expresaba ciertas preocupaciones compartidas en torno a la orientalización de la policía nacional. Veía en esto el intento de ofrecer, alimentando de paso estereotipos peligrosos para la cohesión nacional, esa imagen de violencia-lista-para-usar a través de la explotación de los mismos rasgos que caracterizaban la relación capataz-rancheador-esclavo en la Cuba esclavista, vistiendo con premura a jóvenes traídos de las provincias orientales para poner orden en La Habana corrupta.

El mejor símbolo de esto puede verse hoy, no sé si en toda Cuba: policías vestidos de negro acompañados con perro sin bozal. Contra todas las regulaciones mundiales, y de espalda a las recomendaciones del sentido común, los perros amaestrados del rancheador —metáfora histórica de cierto cuerpo policial— andan por toda la ciudad con su bella dentadura manifiesta, a la vista pública, con mucho orgullo, buena presencia estética y agresiva determinación; listos para atacar a aquellos que Madrazo Luna denomina cimarrones urbanos.

Este es el signo más vivo de lo que se llama violencia habitual. Intimidatoria.


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