Actualizado: 23/06/2017 19:24
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Cuba, Oposición, Exilio

Lipidias cubiches: liderazgo

La discusión insistente y fastidiosa sobre el liderazgo político en la nación cubana viene marcada desde sus orígenes por el hombre fuerte

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Este 4 de abril el Movimiento Democracia presenta en conferencia de prensa una hoja de ruta proactiva hacia la transición democrática, a través de elecciones libres o plebiscito vinculante, con ánimo de impedir la sucesión de dictadores a dedo tras el anuncio por Raúl Castro en 2013 de que se jubilará como jefe de Estado y Gobierno el 24 de febrero de 2018.

Tal como todos los demás ademanes declarativos, pasados y futuros, de la oposición pacífica o cívica, esta hoja de ruta no conduce a nada. El anticastrismo tardío —imagen especular del castrismo tardío— no tiene fuerza política dentro de Cuba ni suficiente apoyo fuera para impedir la sucesión cantada por la realidad socio-jurídica. Y la clave de esta situación estriba en que no hay liderazgo opositor más allá de la desesperación y el embullo con que ciertos sectores del exilio empollan líderes sin masa.

Para llegar a orígenes

La discusión insistente y fastidiosa sobre el liderazgo político en la nación cubana viene marcada desde sus orígenes por el hombre fuerte. Al relatar la Guerra de los Diez Años, Enrique Collazo tachó de idiota la politiquería opositora contra el gobierno colonial español y lamentó que la Cámara de Representantes mambisa perdiera de vista el fin inmediato —la independencia— al dejar que cundiera el desorden. Este desembocaría en el Pacto del Zanjón por faltar “un hombre que por sus cualidades morales o por las circunstancias arrastrara y se sobrepusiera a todos” (1).

Collazo dejó claro que la política exige racionalidad de medio a fin. Igual razón instrumental se nota en José Martí, quien justificó que Carlos Manuel de Céspedes se había hecho llamar Capitán General por tener sus miras en las masas de campesinos y esclavos: “A ese nombre están acostumbrados a respetar; pues yo me llamaré con ese nombre” (2).

¿Qué república era aquella?

No en balde la república poscolonial arrancó con partidos políticos formados por clientelas de caudillos, como informó la Comisión Consultiva de cubanos al gobernador americano Charles Maggon en 1908. Más adelante, Alberto Lamar Schweyer dictaminaría que “el caudillismo, vicio social y carácter psico-biológico, persistirá siempre” y el dictador prevalecerá como “paliativo crónico del desorden” (3).

Tras irse a bolina el dictador Machado y enseguida aquella revolución que acabó con él, un sargento llamado Batista se transfiguró en hombre fuerte. Hacia 1940 condujo a la verbena democrática que a la postre determinaría su recurva como hombre fuerte. El 10 de marzo de 1952, el general Batista se proclamó paliativo del desorden: “Preocupado por la falta de garantías para la vida y haciendo de los habitantes de este país y la corrupción política y administrativa imperantes, y por sólo eso, he aceptado la responsabilidad de permanecer en el Poder por el tiempo indispensable para restablecer el orden, la paz y la confianza públicas” (4).

Este golpe de Estado acabó por invalidar la legitimación electoral del orden político y desplazó sin remedio la justificación del poder hacia la violencia (5). Así quedó allanado el camino para que la nación cubana encontrara la horma dictatorial de su zapato político: el primer —y único— exiliado de la historia de Cuba que desembarcó en zafarrancho de combate y tumbó al gobierno.

Sin haber bajado aún de la Sierra Maestra, Fidel Castro despachó el 14 de diciembre de 1957 a los Señores dirigentes del Partido Revolucionario Cubano, Partido del Pueblo Cubano, Organización Auténtica, Federación Estudiantil Universitaria, Directorio Revolucionario y Directorio Obrero Revolucionario —firmantes del Pacto de Miami el 15 de octubre de 1957—con que “se encuentran en el extranjero haciendo una revolución imaginaria” y reclamó para su grupo político [MR-26-7] “la función de mantener el orden público y reorganizar los institutos armados” (6). Así fue.

¿Qué República es esta?

Antes que graduarse de Derecho en la Universidad de La Habana, Castro se hizo allí Doctor en Demopsicología del Pueblo Cubano. Batista había entrado de madrugada sin disparar un tiro en el Campamento Militar de Columbia; Castro principió su revolución con asalto a tiro limpio al cuartel Moncada. Lo demás es historia. Tras derrotar decisivamente al ejército batistiano en el verano de 1958, Castro se consagró con el honor militar, tan preciado por la nación cubana que hasta Martí, sin haber sido jamás en la vida ni siquiera jefe de escuadra, se dejó enganchar el grado de mayor general el 15 de abril de 1895 en un platanal de Vega Batea.

Castro prosiguió con su voluntad de poder para fundar una república como campamento militar y así desmentir al propio Martí. Tras ganar otra guerra civil (1960-65) y chotear a la CIA en Girón y otras operaciones de la guerra sucia, Castro sentó una sociedad panpolítica y panmilitar que al cabo de más medio siglo descansa sobre una red de caudillos en toda provincia y municipio, obligados a jurar por sus madres que guardarán fidelidad al caudillo centralizado en la capital, quien no podrá gobernar ya más de dos mandatos para que no se maree con ser otro Fidel.

De este modo la política seguirá centrada más bien en tareas administrativas, sin figura heroica que indique el destino de la nación ni acapare los espacios de radio y televisión. Tal es la dictadura de partido único en curso, que conserva su triple monopolio sobre las armas, los medios fundamentales de producción y los medios tradicionales de comunicación masiva, amén de abrazar el fidelismo como ideología oficial —presentada como martiana y marxista-leninista en el texto constitucional— y ejercer la represión política con normalidad, esto es: sin tener que apelar al estado de emergencia que autoriza la Constitución (Artículo 67).

¿Qué oposición fue aquella y es esta?

Los opositores beligerantes del castrismo se atuvieron a Lamar Schweyer: si la clave del poder político en Cuba son el caudillo y la dictadura, para salir de esta hay que terminar con aquel. El 11 de diciembre de 1959, el jefe de la División para el Hemisferio Occidental, coronel Joseph C. King, notificó al director de la CIA que “muchas personas bien informadas creían que la desaparición de Fidel aceleraría la caída del gobierno actual”. Sobre esta lógica de medio a fin se plantearon los atentados contra Castro, que fracasaron en su ejecución práctica.

Por el contrario, la irracionalidad de la oposición pacífica o cívica realmente existente emerge desde sus planteos teóricos y para colmo sus líderes, que no pueden encumbrarse con el honor guerrero forjado sobre las armas y los muertos, tampoco pueden hacerlo en el papel de víctimas martirizadas de la represión. Aparte de que en Cuba nadie sigue a las víctimas, el martirio quedó choteao tanto por la enésima huelga de hambre del inefable “Coco” Fariñas como por la extraña circunstancia en que él y los demás lidericos opositores salen afuera para hablar mal del Gobierno y regresan sin tener que arrostrar torturas ni desapariciones forzadas.

Así y todo, el quid radica en que mientras Castro tenía tan controlada la situación política interna que pudo dedicarse al juego político en el exterior, los lidericos opositores no tienen mínimo control de la situación política ni siquiera en sus cuadras, pero se empinan en el exterior como líderes por la simpatía de personalidades o instituciones extranjeras, que tampoco contrarrestan la aceptación del régimen por los demás Estados de la comunidad internacional.

Las constantes denuncias de violaciones de derechos humanos no frenaron a Washington para restablecer relaciones diplomáticas con La Habana ni a la Unión Europea para abandonar la Posición Común. De nada vale consolarse con que Obama fue un traidor, porque tampoco Trump resolverá nada. Ni cogerla con Europa por dar marcha atrás, porque ya viene llegando la sexta década del castrismo sin que la nación cubana marche adelante. Y este declive del interés internacional por la dictadura en Cuba no se podrá revertir contando detenciones arbitrarias ni muchos menos inflando desapariciones forzadas hasta con las víctimas mortales del hundimiento criminal del remolcador 13 de Marzo (8).

Coda

El imperativo político de la república poscolonial fue: A falta de votos, balas. La república actual no da más opción que proceder como Eliécer Ávila, quien anunció ya postularse como candidato a delegado a la Asamblea Municipal de El Cerro, porque “sin medirte en las elecciones, nunca sabrás cuántos hubiesen votado por ti”. Todo lo demás es cuento, salvo que se pretenda echar mano a las armas o alguna modalidad de revuelta popular. Y si la gente no lo hace, pero tampoco vota por los opositores y contra el Gobierno, entonces habría que dar la razón a Lamar Schweyer sobre el tipo de liderazgo que viene bien al pueblo cubano.

Notas

1. Desde Yara hasta el Zanjón, Ciencias Sociales, 1990, 90 s.

2. Fragmento 349, Obras completas, Ciencias Sociales, 19752, XXII, 235.

3. Biología de la Democracia, Editorial Minerva, 1927, 91, 95.

4. Proclama al Pueblo de Cuba, Consejo de Ministros, 10 de marzo de 1952.

5. Cuba, ida y vuelta, Tirant Lo Blancht, 2010, 12-20.

6. Tradiciones Combativas, Dirección Política de las FAR, 1969, I, 39-48.

7. A tal efecto se falsea el requisito previo fijado por la convención internacional ad hoc para calificar la desaparición forzada: “el arresto, la detención, el secuestro o cualquier otra forma de privación de libertad que sean obra de agentes [directos o indirectos] del Estado” (Artículo 2).


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