Actualizado: 18/08/2022 7:35
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Sociedad

¿A Bayamo en coche?

En pleno siglo XXI, muchas ciudades y pueblos del país dependen del coche tirado por caballos como única solución para el transporte público.

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El socialismo amarra las ganas del hombre inquieto. Ningún ser humano que haya vivido un minuto bajo el andamiaje defectuoso de la revolución cubana, puede decir que ha estado lejos del sobresalto.

Una olvidada canción popular de la década de los ochenta traía y llevaba la invitación de visitar la ciudad de Bayamo, pero en coche. No el coche tradicional, de tracción motora, sino aquel decimonónico, tirado por caballos.

En la mencionada década se iba en "coche" por puro hobby, un lujo o capricho que cualquiera se tomaba, un día de domingo, o en momentos de juergas, como los carnavales o fiestas de ocasión. En cambio, hoy, el panorama crítico ha puesto a las volantas, coches y guarandingas como solución definitiva para el transporte público.

¿Cuál ha sido la conciliación de las autoridades locales para desarrollar este medio ecológico, viable y práctico? ¿Hacia dónde van, una vez más, los entuertos y madejas de trámites innecesarios, cuando lo que urge es el servicio vital que todos piden a gritos?

Economía al día

Un acercamiento a los propietarios o conductores de coches tirados por caballos, no deja asomarnos a los detalles que sostienen este oficio en "franco desarrollo".

El precio de un animal de buena raza y tamaño está oscilando entre los 5.000 y 6.000 pesos cubanos, a lo que se suma la construcción de los herrajes que harán la armadura final, el coche, que puede estar entre los 2.000 ó 3.000 pesos.

Los que sobrepasan la barrera de la marea burocrática, saben que no basta con tener el equipo y lanzarse a la transportación de pasajeros. El jugo y esencia radica en conseguir la autorización de los órganos correspondientes del Poder Popular.

Yonder, un joven que ha seguido la saga familiar y abandonó los estudios para tomar el quitrín de su padre, asegura gastar más tiempo en buscar hierba para los caballos que en el acto mismo de hacer los viajes de alquiler.

"Cubro en una de las piqueras que más demanda tienen, desde el Hospital Clínico Quirúrgico hasta casi el centro de la ciudad y, con todo, tengo que andar esquivando a los inspectores y a la policía, con la licencia, el arreglo del coche, y velar porque nunca me sorprendan con un pasajero demás. Ya tengo para volverme loco", dice este holguinero de 26 años.

Aun cuando las autoridades han regulado las tarifas al costo de un peso en el "anillo" (tramo) más corto, se mantiene la ley de oferta y demanda. En una piquera puede haber una inmensa cola de pasajeros y varios coches vacíos, sin que la gente decida alquilarlos. De igual manera, el cliente que llegue solo y de prisa, y desee alquilar el viaje completo, lo hace y pasa por delante de los que están esperando.

Delia, una enfermera que lleva ocho años viviendo en Holguín, prefiere pagar un coche por su comodidad, ya que no hay empujones ni atropellos, ni largas esperas, como sí pasa en los ómnibus. Ella atraviesa media ciudad en algo más de veinte minutos, pero dice llegar siempre a tiempo, con la ropa limpia y sin los malos olores que hay en las aglomeraciones.

"Son más prácticos, no hay retraso, y te dejan bajar o subir en cualquier parte del tramo. Estos son como los almendrones de La Habana o las motos de Santiago de Cuba. No son un sueño, pero tampoco una pesadilla", dice.

Ser un propietario

Tiene dos animales de tracción que a estas alturas valen una fortuna. Centella es un caballo moro de apenas dos años. Dice que lo compró en la finca de María Antonia, la legendaria propietaria de la recría más grande de Fidel Castro. Descalzo es un quarter horse, lo que se dice un caballo de cuatro cuartas de ancho, robusto y sin defectos. Le costaron a Marcial una fortuna que no quiere revelar. Aunque los tiene para tracción, sabe que serían buenos en las carreras que se realizan en esta parte del campo.

Sin embargo, lo que le más le molesta son los requerimientos de los inspectores, la supuesta intención por la sanidad que hay detrás de cada vigía estatal.

"Por cualquier detalle te acosan. Además de las multas, se ensañan contigo. Te hacen esperar varios minutos hasta que los viajeros se aburren y se van", concluye Marcial, uno de los cocheros más prósperos y de mejor suerte con los inspectores, según su testimonio.

Amarrar la bestia dentro de casa, literalmente, dentro de una habitación aledaña; gestionar dos toneles de miel de purga semanalmente (extraída de contrabando de un central azucarero); comprar arreos de amarre y conducción; pagar al herrero mensualmente (con las vías tan deterioradas es imposible alargar la vida de las herraduras); "inventar" goma, pintura, lona de techar, sogas… y llevar los arreglos del coche completo. Estas suelen ser algunas de las vallas a saltar en el camino hacia un servicio eficiente, una ínfima parte de las contrariedades que obstaculizan la vida de un acto tan necesario en muchas provincias de la Isla.


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