Actualizado: 31/10/2020 1:43
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Economía

(Agri)cultura del descalabro

El pesimismo de los campesinos sobre las 'reformas' pronostica más de lo mismo en la mesa de los ciudadanos.

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Un bohío en la provincia de Holguín. (REUTERS)

Un bohío en la provincia de Holguín. (REUTERS)


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Por alguna razón oscura, las imágenes idílicas de la televisión coinciden con las ediciones arregladas del Granma Internacional. Un enjambre de personas pegadas a la tierra por toda la Isla, volcados a la producción agrícola. Aunque en algo hayamos superado el caos posthuracanes, la mesa sigue menguada; no ya por falta de productos, sino porque no alcanza el dinero.

La producción de cerdo de manera criolla, sencilla, se ha visto interrumpida por la escasez de piensos. Igual ha pasado con conejos y carneros, cuyas carnes muchos echan de menos o se exponen a los altísimos precios.

Un recorrido por la ciudad de Holguín, la tercera más poblada del país, muestra en los puestos de venta unas libras de carne, una veintena de cebollas moradas y dos jarros de ají de cocina. En más de cinco puntos comerciales se repetían estos productos, pero en ninguno se pudo encontrar malanga, arroz o variantes cárnicas, como jamón prensado y chorizos. Hay una pista de hielo entre lo que publica la prensa, lo que aparece en las tarimas y lo que la gente se lleva a casa.

Siempre empezar de cero

Con Tomás se cumple la parábola de Job, el campesino puesto a prueba en la disputa entre Dios y el diablo. Hace dos años abandonó su empleo en la fábrica de envases de aluminio (que tampoco le daba para mucho). Se fue con el cuñado a una parcela, invirtieron "un montón de plata", dice, y al final lo han vuelto a perder todo.

"Le compramos implementos de labranza, zapatos y otros productos al Estado, 'por izquierda siempre', porque es más barato que en los pocos lugares donde venden, pero igual perdimos", señala Tomás.

"Cuando teníamos una buena cosecha de plátanos, el huracán se lo llevó todo". Aún así, señala este mulato cincuentón, hay otros factores de los que se habla menos: "Olvídate de esa solidaridad entre los guajiros. Conozco a quien le robaron la cosecha de cebollas, casi completa, en una noche, como diez mil unidades. Eso no lo hacen dos rateros con un saco".

Entre los logros que la prensa oficial señala, está la "solidaridad" que tradicionalmente los "guajiros" han mostrado entre sí, pero la falta de control de las autoridades, la sobreprotección a los jóvenes sin empleo y una desbalanceada ubicación laboral, han hecho prosperar sobornos, robos semiautorizados y que pululen miles de jóvenes campesinos sin tierra, sin formación cívica y sin esperanza de prosperidad.

"Nosotros vendíamos boniatos y plátanos, siempre en pico de cosecha, y al vivir lejos de la ciudad teníamos que venderlo a menor precio. No siempre los camioneros se arriesgan cargar cosecha ajena. Ahí tenemos esa tierrita, hace unos meses empezamos otra vez, pero no cesan las verificaciones, el banco no te presta para invertir y la roturación y el desmonte no se hace con dos gentes, como dice todo el mundo por ahí. Mis hijos no quieren volver a ese sueño de hace dos años. Ahora veremos cómo salir", concluye.

Una movida más

A pesar de la euforia inicial, el arrendamiento de tierras no ha movilizado al contingente social que se esperaba. Muchos campesinos ya poseían sus tierras, otros habían acumulado durante años instrumentos y medios de transporte, y veían una y otra vez el azote gubernamental sobre ellos: fiscalizaciones excesivas, inspección forestal y control riguroso por parte de las delegaciones de la agricultura.

Al igual que Tomás, Alejandro, que ubicó un terreno contiguo al conocido Camino Militar en la ciudad de Holguín, sabe que "todo pasa por los controles del Estado, pero no viene ninguna ayuda de allí".

"En una ocasión estuve esperando cuatro meses por los quintales de alimentos para los cerdos, pero la Empresa Pecuaria nunca se apareció. Tuve que comprarlo de contrabando, y al final del trimestre me cobraron el impuesto, igual que si ellos me hubieran apoyado. Cuando eso pasa, ya sabes que estás solo en la pelea", admite Alejandro.

En dos ocasiones, el Consejo de la Administración Provincial (Poder Popular) ha suspendido la venta a los contratados por la granja urbana, "pero nunca se ha dejado de vender", dice.

Hace un par de meses, el municipio de San Germán suspendió la venta de carnes, viandas y hortalizas a los puestos particulares de la agricultura urbana. Al cierre del mes de julio se conocían decenas de multas a vendedores ambulantes y en casas particulares, de productos como carne, pasta de tomate, viandas y especies tradicionales como ajo y cebolla. Una orientación del "Consejo Provincial" es todo el argumento de las autoridades, sin que hayan querido dar explicaciones a la prensa independiente.

Para muchos entrevistados, esta es otra forma de aparentar reformas. Hay una verdadera nostalgia por el desaparecido "mercado campesino" la época de los años ochenta, cuando bastaron unas pocas autorizaciones para que los camiones del gobierno cooperaran con desmontar millones de toneladas de productos, provenientes de campesinos particulares, en las plazas de toda la Isla; de ahí a la mesa y entonces a los periódicos.

"No como ocurre ahora", dijo Tomás, "que se come más en las reuniones que lo que puedes llevar a la casa desde la tarima".


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