Actualizado: 21/10/2020 20:29
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Descemer, Concierto, Miami

«Bailando»

A veces el ser humano se equivoca de trinchera

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La hipocresía es el colmo de todas las maldades.
Molière

El cantautor Descemer Bueno hizo una presentación a teatro lleno en el teatro Karl Marx, en Ciudad de la Habana, el pasado 14 de febrero, Día del Amor y desde hace algunos años, también de la Amistad —justificación para más regalos. El concierto acaso hubiera merecido pocos comentarios. Pero tras el aluvión de críticas en la “madriguera de la mafia cubanoamericana” donde el músico se ha refugiado por varios años —¿una exrata, una exalimaña, o simplemente excubano?— el concierto tuvo un evidente tufillo de venganza artística: no me dejan tocar allá, pues entonces voy a tocar acá. De más está decir que eso no es bueno para Descemer. Ese tipo de retribución resentida solo empeora las cosas.

Como si fuera poco, allí, en la platea reservada desde siempre para funcionarios y jerarcas, estaba el Designado con su esposa. Y bailaban. Y cantaban. Parecían una pareja más al ritmo de la pegajosa melodía. Ya habíamos tenido un avance de sus habilidades músico-danzantes con aquella tumbadora en la Gran Manzana… de la discordia revolucionaria. Nadie sabe si esta vez lo invitaron, se invitó solo, o fue otra estrategia de marketing político, la cual ya parece machacona, y aguachenta. Lo que sí es casi seguro es que esa aparición alegre del Elegido será algo malo para Bueno. Ha sido como si él mismo se clavara en la cruz reservada para los peores traidores en el exilio. Sin esperanzas de una resurrección futura en el ambiente cultural miamense, tal vez pudo elegir —él sí, la mayoría no—, comulgar en la ciudad de los victimarios y no en la de las víctimas.

La realidad es binaria, excluyente una opción de la otra. Como diría un guajiro cubano, no se puede comer carne y tomar leche de la misma vaca al mismo tiempo. Cuando el avión aterriza unos doscientos kilómetros al norte de la Isla, todo el mundo debería saber que, quiéralo o no, en algún momento tendrá que tomar partido. Que con los artistas no debería ser así es una discusión diferente. No se trata de deseos sino de realidades… ¿olvidadas? Tampoco debería suceder con los médicos, el personal de salud que “deserta”, a quienes el régimen impide por ocho años regresar a ver su familia. No deberían condenar a “deportación por vida” a quienes tienen opiniones distintas y las expresan en los medios fuera de Cuba. La Nación no es el territorio. El territorio no es una ideología. Ergo, la Nación no es una ideología.

Hemos llegado a una situación tan irracional, absurda, que algunos artistas insulares se sorprenden cuando las victimas exigen un mínimo compromiso, de decoro, una mentirilla nada piadosa para deshacerse de la politiquería totalitaria y absorbente: afónicos cuando deben cantar en una tribuna; saludar con un guiño de ojo a quien llaman “presidente”, y no decirle a toda voz “mi presidente” para que los oigan amigos y enemigos; no desear “salud y larga vida” a quienes se las han quitado a miles de compatriotas; no maldecir a unas mujeres vestidas de blanco con gladiolos en las manos, arrastradas y golpeadas por un odio que no conoce misericordia ni decencia.

Desde hace algunos años, nuevas generaciones de cubanos, aquí y allá, viven o tratan de vivir como si entre Cuba y Estados Unidos, entre un exilio golpeado y un régimen impío nada pasara. El comunismo cubano es enemigo jurado del “imperialismo”. Así está escrito en todos los documentos oficiales. Y no vale la argucia de que el pueblo es uno y el gobierno norteamericano es otro porque aquí el pueblo es quien elige a sus gobernantes. Tal es así que las elecciones en Norteamérica son más seguidas en el Palacio de la Revolución que en la casa de un vecino del distrito de Columbia.

La enemistad hacia los norteamericanos se puede ver en la prensa, la televisión y la radio cubanas. Hay intención de mentir, hacer todo el daño posible. En Estados Unidos —la primera potencia mundial sin discusión alguna— según los medios cubanos nada marcha bien, todo es un desastre. Puede usted saber con certeza que publicará la primera plana del Órgano Oficial mañana si por acá acusaron hoy al presidente de algo, un banco quebró, subieron las tasas de interés. Los cubanos que leen el Órgano saben más —mal, por supuesto— de los “yanquis” que los propios interesados. En cambio, la Isla muy pocas veces es noticia en el “Imperio”: Cuba es un pasado triste que insiste en trabar la máquina del tiempo, retrotraerla a la época de los murlocks.

Pues el bueno de Descemer puso a bailar a cuatro mil almas obstinadas, y algunas negras. Quizás desconozca que hace más de treinta años otro músico, Óscar de León, lanzó a “gozar” a todo un país para el cual la “salsa” parecía ajena a pesar de ser una reinvención de ritmos cubanos. El regreso de Oscar a Miami tras aquella incursión fue devastadora para su carrera. Los exiliados exigieron explicaciones. Desde su punto de vista, el régimen había aprovechado la algazara sonera para apaciguar los ecos del Mariel y la crisis económica. Por la Isla un famoso comunista escribió bajo otro nombre en el Órgano Oficial una fuerte crítica al artista venezolano cuando comenzó a disculparse con su fanaticada en Miami y Caracas. El artículo llegaba a la delirante idea de que el músico venezolano debía disculparse, y no ceder a las presiones comerciales. Terminaba comparándolo, para mal —son así de soberbios— con el ‘incorruptible” Teófilo Stevenson.

Nadie, sea músico, pintor, escritor, médico, ingeniero, figura pública de cierto relieve, debe llamarse a engaño: los vientos huracanados que soplan no son propicios para decir que se vino de cocinero, que soy ignorante en política; que los tiempos cambian, y el arte debe unir y no separar lo que han desunido los hombres. Nunca dudar de las intenciones de la administración Trump, comprometida con cambios políticos y económicos en la Isla; cada día las restricciones al régimen serán mayores. De la misma manera, los comunistas cubanos, quienes se endosan la representación de once millones de habitantes siendo menos del 10 % de la población, dicen estar dispuestos a no ceder ni un milímetro. En ese contexto, “sacar la cabeza” del parapeto más que una irreverencia es un suicido.

Lo malo para el señor Bueno es haber quedado entre dos fuegos. El símil de la guerra y las trincheras es útil para comprender lo que sucede. En la medida que desde las respectivas murallas se dispara al contrario con mayor fuerza, el que pretenda correr de un lugar a otro, quien se haga el tonto, el “pacifico” o el “artista” a secas puede caer mortalmente herido por uno de los bandos en pugna. Así sucedió en los 60. La llamada “Parametración” y el “Decenio Gris” fueron respuestas a la intensificación de la lucha contra el Castrismo. El episodio del citado León —convertido en manso felino a su regreso a Miami—, no puede verse desvinculado de la política reaganiana cuyo punto de confrontación más visible fue la invasión a Granada por Estados Unidos, el primer enfrentamiento entre tropas de ese país y soldados-obreros cubanos.

A veces el ser humano se equivoca de trinchera. Donde cree ver a los perdedores está el socavón de los ganadores. Es humano confundirse. El cristianismo dice que se debe ser misericordioso con el pecador, y a la vez, firme con el pecado. El pecado es confundir las victimas con los victimarios. El pecado es convivir con las víctimas y simular que no existen los victimarios. El pecado es comer de la mano de las víctimas y al mismo tiempo acariciar la mano del victimario.

Descemer y otros no tan buenos, recuerdan a esta hora el chiste del Designado, quien se para en la Plaza de la Revolución, reúne al pueblo y dice que ha llegado la hora de la democracia en Cuba:

“Los que quieran el capitalismo, que se pongan a la derecha. Los que quieran el socialismo, que se aparten a la izquierda”, habla el protagónico de la tragicomedia. Solo un ciudadano queda en el medio de la Plaza. “¿Y a ti que te sucede? ¿No te gusta ni el capitalismo ni el socialismo?”, pregunta quien hace de presidente. “Es que estoy confundido”, y agrega: “Mire, me gusta el capitalismo porque puedo comer lo que quiero, tener automóvil, comprar la ropa que me gusta”. “Pero también me gusta el socialismo porque nadie me puede botar de mi trabajo, tengo salud y educación gratis, y no pago alquiler… en fin, estoy muy confundido”. El Elegido a dedo sonríe, y grita: “No chico, tú no tienes ninguna confusión. Sube con nosotros para la tribuna… bailando”.


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