Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Salud

Bondad y miseria de la Operación Milagro

Solidaridad, trasfondo ideológico y un personal involucrado sin otra alternativa para sobrevivir.

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Es noticia de primera plana en los medios de la Isla. Representa un magnífico balón de oxígeno para los miembros de las agotadas huestes de la salud pública cubana y una posibilidad aparentemente irreprochable para las franjas más empobrecidas de algunas naciones del llamado Tercer Mundo. Se trata de la denominada Operación Milagro, suerte de gesto de socorro orquestado desde La Habana, en beneficio de cientos de miles de afectados por diversas enfermedades relacionadas con la visión, especialmente en Sudamérica.

Si alguien intentara recoger opiniones sobre este tema en parques y calles cubanas, encontrará una pluralidad de posiciones, en franca contradicción con el monofónico discurso de los dirigentes y la prensa. Están los que no ponen en duda el humanismo del proyecto oficial y creen en las bondades del sistema sanitario de la Isla, que, dicen, realmente hace un esfuerzo por ayudar a países hermanos, a pesar del "inhumano bloqueo". "Eso es socialismo, ser solidario con los demás", dice Leandro, joven trabajador de un taller en la ciudad de Matanzas, aunque piensa que deben tratar de mejorar las condiciones de los hospitales aquí dentro.

También hallará a muchos que se desentienden de esos temas, que les resbala la "cosa política", y se concentran en sobrevivir, en luchar para ganar algún dinero para comer. Igualmente se topará con voces críticas, afirmadoras de que el Estado es otra vez "candil de la calle y oscuridad de su casa" y cuestionan adónde va a parar el dinero ingresado por tales convenios, si apenas se ven mejorías en los servicios públicos esenciales.

"Yo pasé tremendo trabajo para graduarme la vista en un policlínico y después tuve que esperar meses para que llegaran los cristales a la óptica y me hicieran los espejuelos", dice María Luisa, ama de casa que apenas si pudo pagar el costo total de sus lentes. "Cuando finalmente los tuve casi se me había vencido la anterior graduación por el tiempo que había pasado", concluye.

Otros inquieren por qué tiene el gobierno la pretensión, entre demagógica y mesiánica, de contribuir a resolver problemas en naciones mucho más desarrolladas que la nuestra, con mayores recursos naturales, libertades de todo tipo y crecimiento económico más palpable.

Estos últimos sostienen que no es necesario ahondar mucho para descubrir carencias que no son nuevas dentro del sistema sanitario bajo el régimen de Fidel Castro, revelador de un descomunal aparato de salud en franco deterioro, con capacidades disminuidas y urgentemente necesitado de oxígeno —léanse inversiones, recursos, tecnología, personal calificado, medicinas—, pero que ante los ojos del mundo es una de las "conquistas del socialismo" que deberán ser respetadas en un escenario futuro de libertad e integración al concierto democrático mundial.

¿El fin justifica los medios?

Es difícil para el cubano de a pie, sufridor de tantas penurias diarias, defender el desmontaje de las redes de salud creadas décadas atrás y puestas ahora al servicio de otra red, en este caso política, que privilegia al extranjero por encima del nacional con un claro trasfondo ideológico. No es que el cubano haya dejado de ser solidario, sino que comienza a tomar conciencia de la inutilidad de vestir un santo con los harapos de otro.

¿Dónde residen entonces las bondades de la Operación Milagro? No hay dudas de que grandes zonas de población en varios sitios del planeta sufren vergonzosas desatenciones en materia de salud y que Cuba logró activar un impresionante contingente de especialistas en las últimas tres décadas, entre cuyas virtudes puede citarse la motivación profesional, pero no deben trastocarse los términos cuando de vulgares intencionalidades políticas se trata.


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