Actualizado: 17/11/2019 19:45
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Buscarse la vida

Es una carrera desenfrenada, un viaje sin otra alternativa que regresar a casa con un grumo de pan, una botella de refresco o algo de dinero para irse con un poco de dignidad a la cama

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Es una carrera desenfrenada, un viaje sin otra alternativa que regresar a casa con un grumo de pan, una botella de refresco o algo de dinero para irse con un poco de dignidad a la cama. En esta zona del Oriente cubano han vuelto a pulular las cartománticas, los yerberos y mujeres que lavan-planchan-cocinan por un plato de comida o diez pesos en moneda nacional. Abundan los fontaneros, limpiadores de patio y arregladores de fogones a domicilio, oficios más que normales, pero también han florecido los compradores de relojes dorados y platerías y los tumbadores de coco. En ciudades como Holguín y Santiago de Cuba, los vecinos de las oficinas de Inmigración y Extranjería, por unas pocas monedas te llenan las innumerables planillas que exige la burocracia estatal en esos centros sin cometer un solo error.

Dos de los mejores técnicos de teléfonos móviles que conozco no pasan de los treinta años. Una muchacha contemporánea con ellos tiene cada día frente a su casa una enorme fila de gente: todos quieren sacar su computador del infierno, despertar la mother board, acelerar la velocidad de arranque o cambiarle el MODEM interno, y ella, que es técnico aún sin graduar intenta complacerlos y buscarse la vida. Por mi barrio viene desde hace poco una joven pedicura. Discreta, limpia y de buenos modales, me aseguró que solo puede atender tres clientes en la mañana, son muchos los pedidos de ancianos más o menos pudientes. En la tarde recibe clases de Inglés y en la noche atiende a mujeres que trabajan durante el día.

Músicos, espiritistas, marroquineros, traficantes de dólares, tabacos de exportación y extractos de rones añejados. Son servicios que se prestan por debajo de las inspecciones estatales. Son una masa de hombres y mujeres que caminan en silencio hacia el primer asidero del día, la primera moneda fuerte que pese en el bolsillo y asegure una barra de pan, un jabón, una libra de bistec de cerdo. Son un ejército indetenible contra los muros, las prohibiciones absurdas, las alambradas mentales.



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