Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Reportaje

Caciques en apuros

«Nadie querrá cargos», vaticina un dirigente, tras la decisión oficial de reducir los viajes al extranjero y eliminar los privilegios de funcionarios y 'vanguardias'.

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La situación económica debe ser tan peliaguda que Raúl Castro ha echado mano a lo que nadie aconsejaría a un presidente: un plan de ajuste que recluta desertores entre las filas propias.

"Es que ya no hay ni sesenta millones para los amigos", ironizó un ex profesor universitario al mostrar la noticia aparecida en la prensa.

Buscando sacar al país de los números rojos, el gobernante optó por un duro esquema de "ahorro público", a sabiendas de que la productividad y la cultura del trabajo, tal como se manifiestan en un sistema como el cubano, son incapaces de revertir el déficit fiscal.

En 2008 ese indicador mordió casi el 7% del producto interno bruto. El nuevo programa deberá rebajarlo a 5,6%, "lo que se considera razonable", según la ministra de Finanzas, Georgina Barreiro, quien también está a favor de un régimen tributario más agresivo.

En el discurso del general Castro ante la Asamblea Nacional, pareció que el administrador hablaba más alto que el político: anunció un paquete de austeridad, que entre otras medidas reduce a la mitad los viajes de los funcionarios al extranjero y elimina las vacaciones subsidiadas para funcionarios y "trabajadores vanguardias". De acuerdo con cuentas oficiales, estas partidas cuestan al erario unos 60 millones de dólares anuales.

Es, de ser exitoso el plan, una cura bien dolorosa. Perderá acólitos dentro de una poderosa burocracia empresarial, con conexiones con el capital y los mercados extranjeros, y en una casta de dirigentes intermedios, siempre leales y ejecutivos; en los sectores sindicales, fabriles, agrícolas y de servicios, así como en el Partido Comunista.

Diplomas en la pared

"Seremos menos. Nadie querrá coger cargos", vaticina un joven dirigente político.

Según su visión, ser cacique, como se conoce en la Isla a los directores de cualquier nivel jerárquico, implica una vida bien ingrata. "Reuniones y más reuniones, vetepaquí, vetepallá, resuelve como puedas, sin tener apoyo de arriba, en fin, una candela".

Con estudios universitarios terminados en la Escuela Superior del Partido, este cuadro profesional teme perder sus vacaciones en una de las playas del este habanero.

"Si se acaba se acabó, pero mi familia me preguntará para qué tanta lucha, si al final mira como te pagan. Aparte, lo de las vacaciones era esporádico y había que pagar cien cañas (pesos) diarias por persona. Tampoco era un ganga", retruca.

Resignado, un "vanguardia provincial" del sindicato tabacalero dice que "volverán los tiempos de colgar los diplomas en la pared", en alusión a la política de reconocimientos morales durante las dos primeras décadas de la revolución, inspirada en las tesis guevaristas del "hombre nuevo".

"Yo nunca vendí mi derecho. Invitaba a todo el familión", aclara el obrero torcedor de habanos, recordando como algunos trabajadores congratulados por los sindicatos, dados sus méritos laborales, ofrecían al mejor postor el derecho a un alojamiento playero para obtener a cambio unos cien pesos convertibles "con que resolver problemas".

Las ofertas se tramitaban por internet o cara a cara, mediante contactos en las oficinas de turismo. "O se la ofrecían al vecino pudiente del barrio", explica el veterano tabaquero.

Ante el 'desafío americano'

Otras versiones callejeras cargan los recortes en el turismo nacional a que el gobierno quiere tener a punto la mayor cantidad posible de vacantes hoteleras, ante una eventual avalancha de visitantes estadounidenses, una vez que la administración Obama afloje las cuerdas del embargo.

Un informe del semanario Opciones, que se edita en La Habana para hombres de negocios, anunció hace meses que el gobierno proyectaba construir 30 nuevos hoteles en dos años, agregando más de 10.000 habitaciones a la infraestructura turística de la Isla, ahora con unas 47.000 capacidades.

Dada la morosidad de las inversiones en Cuba, la meta supura optimismo, pero habrá que trabajar a contramarcha si se quiere enfrentar el "desafío americano".

Se calcula que en el primer año del fin del embargo, unos tres millones de estadounidenses podrían congestionar la industria hotelera de la Isla, aunque, si persiste la recesión en Estados Unidos, esas cifras merecerían ser revisadas a la baja.

Una estrategia de ajuste, a cincuenta años del triunfo revolucionario, no es precisamente un buen corolario. Los millones que se ahorrarían perdiendo el favor del "empresariado" y de la burocracia política, no irán a parar a la dispensa de sectores menos favorecidos. La crisis interna ha descarrilado hasta la capacidad del Estado para manejar equilibrios de apoyo social.

"Verdaderamente, no hay mucho de dónde sacar. Así que es esto o la bancarrota", dijo lapidario el ex profesor universitario en línea con Raúl Castro.

"Las cuentas no cuadran (...) Hay que actuar con realismo y ajustar todos los sueños a las verdaderas posibilidades", dijo el general.

Para un escritor como DD, esas palabras del gobernante retumbaron como el último puntillazo sobre la puerta condenada de las expectativas: "Sonó como el Dante: Los que viven aquí, dejad toda esperanza".


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