Actualizado: 27/06/2022 11:58
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Marxismo

Carlos Marx anda La Habana

Ni uno de los autores del Manifiesto Comunista entiende lo que pasa en Cuba

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Por estos días, cuando en Cuba transcurren las jornadas de “Mayo Teatral”, salí a andar la capital de todos los cubanos, como dice el engañoso eslogan, aunque suena bien y estimula el ensueño. Caminaba por la Habana Vieja mirando hacia lo alto de las fachadas, algo inusual en los avatares cotidianos, cuando solo nos fijamos en el suelo para evitar los huecos y los charcos de las calles, porque las aceras no existen, o evitamos el peligro de recibir algún desperdicio tirado desde los habitáculos sin agua ni servicios sanitarios, e incluso, nos cuidamos de no perder la vida por el derrumbe de un balcón.

Al llegar a la agradable Plaza de San Francisco de Asís, me asombró el acompañante de la estatua de Chopin. En el banco se sentaba un anciano grueso, de espesas cabellera y barba, su traje concordaba con el del músico en el corte de otra época, pero estaba descuidado. Su aspecto resultaba bastante deplorable, aunque no parecía hambriento ni enfermo. Su ceño estaba fruncido. No quise ser imprudente, así que pasé de largo. Cerca topé con el ágil y sonriente Caballero de París, oriundo nadie sabe de dónde, que fue el personaje emblemático de La Habana en el Siglo XX, y que casi feneció cuando la revolución decidió que no podía haber vagabundos y lo llevó para el Hospital Psiquiátrico Nacional, lo bañó, cortó barba y cabellos profusos, y le quitó los periódicos y revistas que completaban su exclusiva imagen. Ante el peligro de fallecer de tristeza, afortunadamente fue excarcelado de aquella prisión, que nunca comprendió pues no había cometido ningún delito, ni siquiera el de opinar.

No pude continuar. Regresé junto al personaje contemplativo y de mirada asombrada y triste. Era real, no parecía una nueva estatua. Pedí permiso para ocupar el pequeño banco. Respondió que agradecía la compañía, porque estaba asombrado de que nadie lo agasajara, a pesar de que recibía voces asiduas desde los más encumbrados eventos y medios en Cuba sobre su condición de guía e inspirador del Estado Socialista y sus líderes. Afiné mi mirada y caí en la incredulidad. ¿Era posible que estuviera hablando con el mismísimo Carlos Marx, en La Habana, cuando cumplía 194 años de edad ese 5 de mayo? Yo debía estar más loca que el Caballero de París. Aunque traté de ocultar mi asombro, él se percató y, con esa sabiduría de los genios, procuró explicarme con paciencia y muchos argumentos.

Más sorpresa me causó cuando preguntó si yo leía el diario Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba. Ese día había publicado una nota en primera página sobre su cumpleaños. Contesté que me encontraba entre los pocos cubanos que todavía lo hacía diariamente, ya que me interesaba saber qué deparaba el destino a mí y a todos los demás cubanos. Inmediatamente confesó que no entendía como era posible que después de tantos años de haber escrito sus teorías y con tantos acontecimientos ocurridos después, que él no pudo prever, hubiera quienes se vanagloriaran de seguir con ortodoxia sus doctrinas en este país. Peor aún, logró llegar acá y durante días procuró que le explicaran su relación con el desastroso estado de este archipiélago, que siempre consideró como uno de los más prósperos y avanzados de Latinoamérica y el Caribe.

Quizás el problema radique en la sagacidad de Lenin de proclamar la dictadura del proletariado, en realidad para garantizar el poder absoluto de un grupo, lo que acomodó perfectamente a Stalin, reflexionó. Indudablemente los cubanos han sido muy creativos al redactar su Constitución, que comienza justificando todo el totalitarismo con la frase: “Guiados por el ideario de José Martí y las ideas político-sociales de Marx, Engels y Lenin”. El no exigió un único partido, y no se ha probado que el Apóstol cubano lo pretendiera para la época republicana. Mucho menos se les hubiera ocurrido imponer a todos los ciudadanos que el socialismo y el sistema político y social revolucionario establecido en la Constitución fuera irrevocable y Cuba no volvería jamás al capitalismo. Posiblemente ambos, junto a Engels y tantos otros, estarían en la cárcel o el extranjero por su vocación analítica y su propensión a opinar.

En fin, además de deprimido, sentía mucho miedo de no poder regresar al más allá, donde anda muy tranquilo. En su eterna morada intercambia criterios con Alejandro Magno sobre Estados Unidos y China; discute con Napoleón Bonaparte y Bismarck acerca de las teorías de Thomas Friedman, Ángela Merkel y Dilma Roussef. Simón Bolívar, aún enfadado con él después de tanto tiempo, ahora renueva su enojo al ver como Hugo Chávez lo saca de la tumba para esgrimir su espada al frente de un proceso “bolivariano”.

Me conmovió su sufrimiento por los problemas de Cuba, que él no fomentó ni provocó. Repetía no entender como se involucraba a un fallecido en el siglo XIX (Carlos Marx, 1818-1883). Bien podían haber tomados sus teorías como base para analizar las situaciones actuales, no como recetas infalibles; él era materialista dialéctico, pero no acabó con Hegel. Traté de calmarlo. Me confió que ha susurrado al oído de las autoridades para ayudar a iluminarlas y promover cambios. Cuidó no contrariarlos, de manera que no llamó trabajadores privados a los campesinos usufructuarios y los cuentapropistas, sugirió como estimularlos para hacer avanzar la producción, y propuso la apertura a las pequeñas y medianas empresas, y muchas cosas más. Realmente no entiende la parálisis actual, cuando se ve claramente el fondo del abismo.

Empieza caer la noche, a Marx esperan sus contertulios para largas conversaciones, y yo tendré que cazar una guagua o un taxi-almendrón. Chopin añora su piano y el diálogo ameno del Caballero de París, que parece ser el único realmente cuerdo y feliz en Cuba.


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