Actualizado: 26/05/2022 12:27
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Sociedad

Carnaval en la Plaza

Las fiestas populares de La Habana serán en diciembre, precedidas de tanques y aviones y con el supuesto regreso de la Estrella y sus Luceros.

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Los habaneros que ya frisan los sesenta años, e incluso muchos algo más jóvenes pero con buena memoria, recuerdan con añoranza las fiestas de carnaval que, cada año y en correspondencia con el espíritu alegre de la ocasión, se celebraban en la ciudad de La Habana.

La elección de la Estrella del Carnaval y de sus Luceros, que encabezaban el desfile sobre la carroza que abría la marcha, en las que caía desde el público una lluvia de serpentinas, el espectacular paseo de carrozas y comparsas, la música, el jolgorio general, formaban parte de una tradición cuyos orígenes se remontan al pasado colonial y que se enriqueció y transformó durante la República.

En cada carnaval, el Paseo del Prado multiplicaba su belleza para recibir el colorido desfile. Era, sin dudas, la más auténtica y esperada de las fiestas populares, el espectáculo al que se sumaban habaneros de todas las edades, todas las capas sociales, de todo el abanico racial de la ciudad, en un frenesí de luces, fuegos artificiales, bailes y regocijo.

Después de 1959, y con el transcurso del tiempo, se desvirtuó el espíritu de los carnavales, como ha ocurrido con todas las tradiciones cubanas. Poco a poco, se eliminaron aquellas manifestaciones que las autoridades consideraban "rezagos del pasado burgués", como la elección de la Estrella y los Luceros, los largos desfiles de carrozas, el esplendor de los disfraces…, y se perdió la característica espontaneidad de la fiesta.

En un día aciago, el gobierno decidió que los carnavales debían celebrarse en julio, para hacerlos coincidir con esa fecha terrible que marcaría en 1953 el primer indicio del surgimiento de la dictadura más larga que conoce el mundo; cuando murieron decenas de cubanos que estaban lejos de sospechar el oscuro destino que se labraba para la Isla. Así, los carnavales se convirtieron desde los años setenta en una especie de festividad macabra: paradójicamente el pueblo festejaba —sin proponérselo— la muerte de otros cubanos, el fin de las libertades y el sepelio de la República.

Patética actualidad

En los últimos tiempos, las fiestas no han sido ni la más remota sombra de lo que fueron aquellas lucidas de antaño. Los quioscos destinados a la venta de comidas y bebidas han competido en mediocridad respecto a la calidad y cantidad de productos; la higiene ha emulado con la de las ciudades medievales; y los precios —como siempre— han estado por encima de las posibilidades reales de la mayoría de los ciudadanos.

El clásico desfile se ha reducido a algún que otro patético carromato decorado con colgajos de papeles y cartones de colores chillones y tirado groseramente por un tractor; escasas comparsas desanimadas, sin vuelo coreográfico y exhibiendo apagados y pobres atuendos, han resumido los festejos que se dedican cada verano a los extraordinarios logros de la revolución.

Excepto en agosto último. Este año se reservó la celebración para presentarla como el homenaje nacional al cumpleaños 80 de Castro. Simplemente se suspendieron los carnavales: el supremo amo de la nación está enfermo de gravedad, con peligro para su vida. Las autoridades del país decidieron unilateralmente que ya el pueblo no tiene siquiera el mínimo, y discutible derecho, de celebrar la parodia que remeda de manera lamentable el antiguamente glorioso carnaval habanero.


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