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Represión

Cena para cuatro

Historias de la cárcel: Las horas finales de otro de los secuestradores de la lanchita de Regla.

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Sobre las seis de la tarde trajeron las bandejas. En la puerta de la celda tapiada apareció un guardia enorme, gordo, negro mate, y se las entregó sin mirarlos, una por una. Los cuatro hombres las recibieron en silencio. Cuando los guardias volvieron a poner los candados, y abrieron y cerraron la mirilla para el chequeo final, el más joven dijo: "¡Coño, caballerooo, dieron pollo!".

Héctor Palacio Ruiz, un hombre alto, un preso político que esperaba juicio para irse a cumplir su tercera condena, miró a los otros dos reclusos —huéspedes asiduos de los calabozos por tráfico de drogas— y ellos lo estaban mirando.

El muchacho devoró los gramos de un pedazo de pollo hervido, seco, sin sal y duro. Lo mezcló con el cucharón de arroz gris que le sirvieron y se tomó un vaso de agua tibia. "Coño, pollo, compadre", dijo y se puso a limpiar los zapatos porque le habían anunciado que tenía visita pronto.

Esa mañana lo habían condenado a muerte en un juicio sumarísimo, pero el abogado de la empresa estatal que contrató su familia le había dicho que la apelación era automática y que todo el proceso quedaba paralizados ahora, que se fuera tranquilo.

Y él estaba tranquilo. En el episodio por el que lo condenaron a muerte, no había ni siquiera un herido. Sólo el escándalo, el revuelo del intento de secuestrar una lancha de pasaje y desviarla para irse a vivir —y después sacar a la familia— para Miami, a la Yuma con sus dos mejores amigos, "pangaj, socitoj, hombrej sin tema, en la buena y en la mala, vaya como hermanoj mío que lo que queremo e vivir sin tormento", había dicho al llegar ante su nuevos compañeros de celdas: unos metros de oscuridad que la policía alquiló en el infierno.

Así es que el preso le pasó un trapo húmedo a sus zapatillas deportivas. Trató de quitarles unas manchas de grasa y las puso a secar en la litera, como si con ese gesto fuera a conseguir que entrara un poco del aire de la primavera que afuera, en la vida real, se instalaba enseguida que comenzaba a rayar el día.

Quiso iniciar una conversación otra vez sobre la sorpresa del pollo en la bandeja, pero nadie le hizo caso. Entonces volvió al tema del juicio y comentó que él y sus amigos eran muy jóvenes, ninguno llegaba a los 30 años. "Somos unos chamas, compadre, no noj van a dar palito por esa bobería, si aquí toel mundo quiere ganarse el pirey".

Los otros tres presos tenían los ojos cerrados y no le hicieron caso. Quietos y callados, cada uno en lo suyo. Encerrados también en sus mundos privados. En unos ejercicios que impone la cárcel: recordar con detalles las caras de los hijos, reconstruir conversaciones, buscar en la memoria el sabor de una fruta o el calor de un beso, pensar en un río en y la línea del horizonte.

El preso joven se había quedado dormido con el brazo derecho como almohada. La mano señalaba el techo.

A las diez en punto abrieron otra vez la puerta. El mismo guardia que trajo las bandejas gritó un número (en esa prisión, como en casi todas, la gente pierde el nombre) y el muchacho dijo desde una telaraña: "Aquí".

"Arriba que nos vamos", dijeron en el pasillo. "¿Recojo lo mío?", preguntó. "No, después", respondió un trío desafinado.

"Bueno, caballerooo, voy abajo", dijo hacia la pared del fondo de la celda. Y volvieron a tirar los candados.

Tres horas después, alrededor de la una de la madrugada, pasó un oficial a recoger las pertenencias del preso. Un pulóver, una toalla y una bolsa de nylon con ropa interior y la mitad de un jabón Nácar.

"¿Lo trasladaron?", preguntó alguien. Pero lo preguntó por necesidad, para matar el silencio, para que se borrara rápido la imagen del muchacho, porque todos sabían muy bien a donde lo habían llevado.


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