Actualizado: 28/01/2020 21:38
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Mariel, Exilio, Miami

Como el Mariel cambió al exilio

La ocupación de la embajada del Perú en La Habana por miles de personas que buscaban salir del país, el 4 de abril de 1980, dio inicio días más tarde al éxodo del Mariel

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Aunque sus miembros tenían edades, orígenes y aspiraciones sociales y económicas disímiles, la avalancha migratoria producida por el puente marítimo Mariel-Cayo Hueso ha definido su destino al cumplirse 35 años de llegar a las costas de la Florida. Constituyen un grupo intermedio entre los exiliados políticos que los antecedieron y los que —en su mayoría inmigrantes— llegaron después de 1990.

La tentativa de aproximación con quienes los recibieron —y en muchos casos luego los rechazaron— marcó por años un afán necesario y justificado de integrarse a la sociedad que vieron como una esperanza, pero desde hace tiempo sus componentes marchan por un camino propio, en que al tiempo de compartir valores y actitudes con quienes vinieron después, manifiestan una mayor independencia que estos, respecto al ámbito cotidiano de la situación cubana —en buena medida porque las décadas transcurridas no solo han servido para una posible unificación familiar en el exilio, en caso de que se produjera ruptura, y buena parte de una vida transcurrida en el exterior—, lo cual indica su autonomía con relación a la posteriores oleadas migratorias, en las cuales los vínculos de pertenencia con la Isla —en particular en el ámbito doméstico— son mayores, y las prioridades no se definen tanto en función de criterios políticos e ideológicos sino por razones familiares. Por otra parte, la asimilación no se tornó en mimetismo: más bien extendió las fronteras de su nacionalidad, aunando valores y actitudes que vistos desde el exterior pueden parecer incongruentes a veces.

Dos motivos fundamentales impulsaron a miles de cubanos a una travesía incierta. El deseo de vivir en libertad y la necesidad de un mejor futuro económico. Ambos aspectos se complementan, aunque no son sinónimos. Con una audacia que en más de una ocasión se interpretó como falta de agradecimiento, poca capacidad de adaptación e indisciplina, los marielitos —la palabra se ha ganado el honor de poder rechazar las comillas— se ganaron su lugar bajo el sol de Miami. Lo consiguieron con trabajo y dedicación.

Ahora que se destaca el triunfo económico de quienes llegaron sin un centavo —con apenas la ropa que traían puesta, hecha jirones por la espera de varios días y el viaje— no debe olvidarse que su integración a la sociedad norteamericana tuvo un carácter transformador. Miami es otra ciudad 35 años después. No solo por el paso natural del tiempo y el aporte de los inmigrantes procedentes de Latinoamérica y el Caribe, además de la gran oleada de balseros en la Crisis de los 90 y el continuo aunque limitado ingreso de inmigrantes por la misma vía marítima, así como el arribo constante de quienes —para decirlo de una forma estereotipada pero realista— “escapan del régimen”, tanto gracias al pacto migratorio lograda en esa década como por la diversificación de las formas de entrada a disposición de los cubanos. Pese a ello, fue la llamada “generación del Mariel” quien cambió de forma irrevocable la ciudad, al ampliar el consumo, la fuerza de trabajo y el uso del idioma español hasta rincones que hasta ese momento habían resistido “la invasión cubana”.

Los “marielitos”

Los marielitos llegaron cargando diversas “culpas”, de las que le costó trabajo librarse. La primera fue el haber vivido hasta ese momento bajo el régimen de La Habana. No importó que fuera por fecha de nacimiento, ideales políticos o imperativos familiares. Durante los primeros años, a cada momento se les recordó sus errores o los de sus familiares, que imposibilitaron una “salida a tiempo del comunismo”. Si hoy en Miami es normal que al iniciar una nueva vida cualquier cubano no tenga que ocultar su pasado en la Isla, es gracias al Mariel.

Mientras que hasta ese momento la mayoría de los exiliados habían llegado gracias a sus esfuerzos y los de sus familiares, luego de un recorrido que podía incluir una estancia de varias años en un tercer país y una larga espera —que para muchos significó también largos períodos de trabajo obligatorio en la agricultura antes de lograr la salida—, estos recién llegados habían simplemente aprovechado una oportunidad única.

Tras tomar la decisión de abandonar la Isla —algunos fueron incluso obligados a irse—, los habían montado en un bote, propiedad de unos desconocidos la mayor parte de las veces y desembarcado en Cayo Hueso. No habían venido, los “habían traído”. Esa fue la segunda culpa a cargar. Lo ocurrido años antes —en el puerto de Camarioca y luego durante los Vuelos de La Libertad— fue un éxodo escalonado que no llegó a causar esa división tan precisa y repentina entre unos y otros: “yo estaba aquí y tú acabas de llegar”.

También a diferencia de quienes salieron primero, los marielitos se encontraron una estructura creada de negocios cubanos, que les facilitó su inserción laboral —con mayores o menores ventajas, con un grado más elevado o más moderado de explotación— e hizo posible que en cierto sentido fuera menos “traumática” su nueva vida. Las diferencias personales hacen que esta generalización sea imprecisa, pero se puede decir que tuvieron que adaptarse a una comunidad antes que a un país. No fue fácil y en su contra tuvieron la falta de una amplia o quizá adecuada ayuda federal (en comparación con algunas situaciones específicas anteriores y respecto a ciertos momentos de la inmigración cubana que les precedió, aunque esto es siempre un punto de debate). Pese a los esfuerzos por distribuir la carga que significó la llegada repentina de un número tan grande de refugiados, el Mariel define el momento en que la mayoría de los que llegan opta por “pasar trabajos” en Miami y no marchar a otros estados.

Adaptación doble

Quien se estableció en esta ciudad en los primeros meses de 1980 tuvo que pasar por dos procesos distintos de asimilación. Uno fue la adaptación clásica a un nuevo país, nuevas costumbres y un nuevo idioma. El otro fue el descubrir de que junto con una serie de principios elementales —que en Cuba se habían ido deteriorando y continúan aún en crisis—, en Miami subsistían una serie de valores caducos que el recién llegado pensaba superados. Fue en parte una vuelta a los años 50 en el mundo de los 80: el futuro en forma de pasado. Siempre hubo alguien que le leyó el catecismo de la humildad: trabajar duro y honradamente en lo que se presente, no volverse loco gastando dinero —si lo tenía, cosa difícil— y no independizarse antes de tiempo. A ello se añadía el seguir los consejos y obedecer a los que llegaron antes: ellos sabían más, porque lograron irse primero del infierno y ya estaba establecidos. Esta fue otra carga —económica y emocional— de la que en parte han conseguido librarse quienes llegaron después.

Con relación al aspecto económico, los marielitos son unos triunfadores. Su salario promedio provoca envidia no solo en La Habana sino incluso en algunas capitales europeas. Un álbum fotográfico de lo ocurrido en los días del Mariel y las imágenes de la vida actual de algunos de esos miles de protagonistas constituye un poderoso instrumento de propaganda. Entonces la historia se captó en blanco y negro. Fueron días extremos, de grandes contrastes. Ahora el destino de quienes vinieron hacinados en yates y barcos camaroneros no es posible sin el uso del color. ¿Una comparación superficial y chillona? Es posible. Ello no la hace menos verdadera.

Si se pregunta a los que vinieron por el Mariel su grado de asimilación a Miami, casi todos responden rápidamente que es completa. La inmensa mayoría no manifiesta interés en regresar a la Isla tras el aún en el futuro “fin del castrismo”. Al mismo tiempo, esas respuestas seguramente serán tanto en español como en un inglés que pese al tiempo transcurrido se pronuncia con un fuerte acento (lo cual cualquier estadounidense de origen acepta aquí, incluso con independencia de raza). Son norteamericanos por adopción, pero sobre todo cubanos y más: miamenses.

Dos patrias: Cuba y Miami

El logro de convertir a esta ciudad en una nueva patria tiene sus limitaciones. Es sumarse a una sociedad creada con anterioridad, en la que la generación del Mariel participa pero en la que comparte muy poco poder político. Aunque más moderada en sus opiniones que el llamado “exilio histórico”, nunca ha ejercido una influencia política considerable, si se juzga por la ausencia de miembros en las esferas legislativas y de gobierno. Después de todo, la integración tiene un precio.

El cambio generacional inevitable, que viene aconteciendo tanto en la política local como estatal y nacional no ha ocurrido mediante una sucesión en las oleadas migratorias, sino dentro de las primeras establecidas, aquellas que pueden considerarse a grosso modo que precedieron al Mariel, que estableció una línea divisoria que se mantiene, tanto a nivel de negocios como social y político.

La adopción de Miami como patria no deja de tener un carácter contradictorio, aunque puede justificarse. A diferencia de los que llegaron durante las décadas de 1960 y 1970, la Cuba que los marielitos dejaron atrás no significó añoranza, salvo en los recuerdos personales. Con el paso de los años, la esperanza de un futuro mejor para la Isla no parece posible en lo que les resta por vivir. No hay tiempo para empezar una tercera vida, y aunque no se desvinculan de ese futuro — algunos manifiestan su deseo de invertir en el país tras el fin de los hermanos Castro—, aceptan con agrado que su hogar definitivo está en Miami.

El triunfo del inmigrante es mayor en la medida que se integra más al país de adopción. Los logros de los que llegaron por el Mariel han contribuido en parte a la pérdida de la identidad cubana, en el sentido más tradicional o decimonónico del concepto. No se puede decir que han abandonado por completo el sentirse cubano, más bien han aumentado la geografía de su patria. Este fenómeno ha encontrado un desarrollo posterior, con las nuevas generaciones de inmigrantes que han creado no una extensión geográfica sino una disolución de fronteras: Cuba y Miami en particular están cada vez más unidas que nunca, pero no mediante una integración de una en otra sino en una disolución de términos, que es a su vez un fenómeno aislado. Así, lo que se diluye se extiende hacia el sur o desde el sur, pero es incapaz de penetrar el norte. Paradójicamente —en lo social y en parte en lo político— Mami crece como isla y no hacia el continente.

Triunfos culturales

Además del terreno económico, la literatura y el arte son dos de los campos en que los llegados por el Mariel han realizado una labor más destacada. Durante ese éxodo por momentos caótico y siempre traumático arribaron a esta ciudad un buen número de escritores y artistas en general cuyos nombres son bien conocidos en la actualidad y por lo tanto no hay que repetirlos ahora. Constituían una parte fundamental de una generación “silenciada”, que llegaba al exilio dispuesta ocupar un lugar en la cultura cubana que hasta entonces les había sido negado. Precisamente en 1983 aparece una publicación con el nombre emblemático, Mariel, para brindar la posibilidad de expresarse a varios escritores —en el caso de Reinaldo Arenas con una presencia establecida, otros desconocidos entonces— que hablaban no solo con voz propia sino también como grupo.

Se trataba de escritores interesados en emprender otro comienzo para la literatura posterior a 1959, quienes intentaban hacerlo desde “el corazón del exilio”. Para conseguirlo, convirtieron su empeño en una vía renovadora, capaz de abrir nuevas rutas y de transformar la visión que hasta ese momento existía de la creación cultural en Miami. Ese fue su mayor mérito: establecer la posibilidad de escribir en esta ciudad no como una actividad marginal desde el punto de vista creativo; lograr la necesaria inversión de términos y poder declarar sin pudor que había un grupo de exiliados para el cual el principal interés es su obra, con independencia de los oficios que desempeñen sus miembros para poder vivir.

No es que no existieran antes escritores en esta ciudad. Tampoco que en la actualidad aquí se pueda vivir de los libros. Mucho menos que se produzca un reconocimiento internacional hacia quienes tercamente persisten en vivir más o menos cerca de La Calle Ocho, y alejados —aunque no aislados— de los centros tradicionales de desarrollo intelectual. Fue abrir la puerta a un empeño lleno de dificultades y frustraciones: eso es lo que establece la importancia de esta generación, más allá de los triunfos individuales de sus integrantes y los esfuerzos que por supuesto no se limitaron a una publicación.

Marcada por una discordancia en la geografía y el tiempo, la generación del Mariel se lanzó a desarrollar una obra como si viviera en el centro de la Isla y el exilio. Fue un acto de fe y de locura, pues precisamente estaba situada en la periferia de ambos cuando surge. Con los años y por diversas vías, sus miembros han ido recorriendo una senda donde se busca recuperar la memoria, trascender literariamente la inmediatez del exilio y ocupar un lugar propio en la cultura cubana, sin dejar nunca de transitar entre el silencio del pasado y la incertidumbre del futuro.

La adopción de Miami como patria nunca ha dejado de tener un carácter contradictorio. Los que llegaron durante la década de 1960 impusieron una Cuba mítica como modelo para la nostalgia. Entre esa imagen tergiversada y la situación que encontraron quienes llegaron por el Mariel comenzó a definirse el exilio actual —la añoranza para los primeros exiliados, la realidad de la Isla para los que viajaron después— y hoy inexorablemente la balanza se inclina hacia los segundos por una razón biológica.

Sin embargo, el predominio demográfico no se ha traducido en poder político. En parte por la saturación política que vienen arrastrando varias generaciones de inmigrantes, y que se ha acentuado con los años, y en parte por las naturales dificultades y desventajas del proceso de adaptación. El hecho de que quienes vinieron después del Mariel triunfaran relativamente en actividades como la literatura y el arte, pero nunca en política, obedeció tanto a circunstancias del momento como a motivos personales.

Ese apartarse de lo circunstancial, en favor de una mayor transcendencia, fue un logro que no dejó de implicar desventajas: el abandono de lo cotidiano, para que pudiera ser administrado por los políticos tradicionales, que en su mayoría aún deben su elección a votantes del llamado “exilio histórico”; políticos que pueden o no cumplir su función en mayor o menor grado, pero cuya actuación en muchos casos ha dejado fuera los intereses de quienes llegaron posteriormente.

Lo que cambió con el Mariel

Si bien el germen de todo ello puede rastrearse hasta los años del Mariel, no es válido considerarlo como un problema surgido durante esa época. Su desarrollo actual es consecuencia de las generaciones de inmigrantes llegadas a partir de los años 90. En primer lugar porque el éxodo Mariel-Cayo Hueso fue en buena medida un proceso de reunificación familiar —los familiares de aquí fueron a buscar en bote a los de allá— y en segundo porque las diferencias hasta ahora enunciadas no implican una división partidista sino social. En buena medida quienes vinieron por el Mariel comenzaron a votar como republicanos una vez que se hicieron ciudadanos —en gran medida por convicción pero también por ese afán de integración ya señalado— y lo continúan haciendo en la actualidad. Lo que ocurrió en el Mariel, incluso sin que se lo propusieran los protagonistas de ambas orillas, fue el enfrentamiento entre dos visiones: la Cuba de ayer y la Cuba de hoy. Con cambios y matices, con una transformación profunda, esas dos visiones continúan hoy día. En ocasiones se oponen y en otras se complementan, pero nada de eso hubiera sido posible si no es por la decisión desesperada de un reducido grupo de cubanos, de entrar en una embajada y pedir asilo, y la respuesta prepotente de un gobernante. Los unos y el otro cambiaron la vida de miles, y luego de millones.


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