Actualizado: 13/11/2019 9:19
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¿Comprar o mirar?

Preocupaciones ciudadanas sobre los 'cambios': Precios prohibitivos y una lista negra de 'nuevos ricos' que elabora la policía.

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Los quince autos de una piquera en el barrio habanero de Miramar fueron rentados el mismo día que el gobierno levantó la prohibición para cubanos. Veinticuatro horas después, agentes del Departamento Técnico de Investigaciones (DTI) pidieron la lista de los arrendadores.

Las nuevas "libertades" dispuestas por el gobierno de Raúl Castro han puesto a trabajar más a sus servicios de seguridad. Quieren ubicar con pelos y señales a los posibles potentados y trazar un mapa de una riqueza agazapada.

En los Rent a Car, la empleomanía separaba un par de autos cada vez que entraba una nueva camada. Explotaban por la izquierda a cubanos sin derecho. Todo el dinero iba a parar a sus bolsillos. Ahora harán otro tanto, pero con papeles todo es más fácil.

"En este barrio mucha gente quiere especular", dice uno de los empleados, aludiendo al gusto de muchos por la ostentación de las novedades.

Se trata de uno de los cotos de la antigua burguesía republicana, con setos bien podados, autos en el garaje y aire acondicionado en las habitaciones. Los moradores actuales son, en su mayoría, funcionarios políticos, atletas de renombre mundial, ex altos oficiales de los servicios secretos, diplomáticos, profesionales de alto rendimiento y ejecutivos de empresas vinculadas al capital extranjero. En una palabra, la yet set del sistema.

Sólo para ricos

Nadie esperaba el desate consumista. Los precios de los nuevos alquileres y bienes están por las nubes, pero una cada vez más asomada élite de nuevos ricos, legal e ilegal, forjada a golpe de robos, malversaciones, iniciativa privada y prevaricación está ansiosa por gozar de las prerrogativas y mostrar sus dientes.

Suena a paradoja. Los derechos traerán más desigualdades. Las bases proletarias de la revolución son pasto de un sistema frustrante.

"Ni me va ni me viene", afirma un ensamblador de ómnibus Yutong, de fabricación china, que ahora ruedan por la ciudad. Él es uno de los que tendría que ahorrar todos sus ingresos durante meses para disfrutar de un par de noches de hotel o pasear en un tur con su familia.

"¡Y mientras tanto qué? ¿Vivo del aire?!", se pregunta irritado.

V.L. es empleada de una firma extranjera que trabaja en el Jerusalén, un relumbroso edificio en la quinta avenida de Miramar que alberga oficinas comerciales y agencias de viaje.

"Hay fiebre de querer comprar todo lo que pongan y no hay dinero, así que no habrá quien pare los asaltos y los robos", asegura.

Las suelas de sus zapatos están casi limpias. Sólo camina por pisos alfombrados. La climatización hace que el maquillaje siga intacto diez horas después. Poco antes de que el ómnibus de la empresa la deje cerca de casa, se despoja de sus anillos de 18 quilates y de su Seiko quinético. Desde su Nokia llama al marido para que la escolte. Aquí termina su viaje del oeste al centro de una Habana desigual.

Sólo dice "a veces llego al anochecer" para explicar sus precauciones. Vive en uno de los rascacielos enanos construidos hace un par de décadas en uno de los barrios habaneros de peor reputación: Cayo Hueso, centro de la ciudad. Drogas, alcohol, prostitución, reyertas, mugre, contrabando y toques de santería son las caras de este paisaje.

"Ni yo podría ir con mi familia a un hotel en Varadero. No tendría cómo justificarlo", comenta.

Una habitación sencilla en un hotel del famoso balneario puede superar los 60 dólares por noche —tres veces el salario promedio—, ya que a los cubanos no le permiten comprar el paquete del todo incluido, una facilidad para turistas extranjeros, que por menos dinero que ese pueden costear habitación, comida y bebida.

El peligroso 'fula'

El recelo se extiende por todo el vecindario. En una de las bodegas de esquina, a punto de cerrar, los empleados vociferan en tertulia.

"Si te metes con doscientos fulas en un hotel, ya sabes que estás tirado por la planta" (chequeado por la policía), alega uno de ellos. Acaba de vender litro y medio de aceite para un cliente del mercado negro.

Bodegueros, administradores de la red gastronómica, gerentes, jefes de almacenes, taxistas, barmans o chefs de cocina, entre otros, son candidatos a disfrutar de las nuevas ofertas del mercado oficial en pesos convertibles, como hoteles, autos, computadoras y celulares, pero sus sueldos oficiales no justificarían tales privilegios. Un paso en falso y sus nombres engrosarían los ordenadores del Ministerio del Interior.

"Preparémonos para el nuevo destino de nuestro país", pidió el historiador de La Habana, Eusebio Leal, en unas ardorosas palabras en el recién finalizado congreso de escritores y artistas; pero muchos temen que ese nuevo rediseño traiga una sociedad todavía más escindida económicamente con sus respectivos costos sociales.

"Los ricos serán más ricos y los pobres más pobres". Así de lapidaria se muestra una doctora de policlínica experta en servicios homeopáticos. Tiene poco más de cincuenta años y su mensualidad apenas supera los 20 pesos convertibles.

Para ella, ese axioma del capitalismo neoliberal es una realidad en la Isla. "Cuba se parece cada vez más a cualquier paisito de esos que nos pasamos la vida criticando".

Nada indica que las crecientes diferencias sociales puedan ser conjuradas, ni en el mediano plazo. En tal sentido, el vicepresidente Carlos Lage, la cara visible de las reformas económicas, no duda en desinflar falsas expectativas.

"Me preocupan los que piensan que bajos precios y altos ingresos son fruto de decisiones burocráticas y no de lo posible", dijo en unas notas leídas en el congreso de la UNEAC.

Para la mayoría de los ciudadanos, los marcos de lo posible ya suelen ser bastante agobiantes y las autoridades no dan muestras de salir del fracaso estratégico de una hasta ahora economía rígida, recentralizada y corroída por una burocracia venal.

Lage cree que la Cuba actual sufre las heridas de "una guerra que hemos ganado", dice. Pero muchos entienden que, políticamente, los efectos de una crisis que no muestra final han sido devastadores y que si hay una victoria, ésta es demasiado pírrica.

Escepticismo

Pocos apuestan a que la actual administración tenga la capacidad de sacar al país de la crisis sin ir a fondo en una reforma que ponga en vilo la propia estabilidad del sistema y cuente con millonarios empréstitos internacionales que no sacrifiquen, por otra parte, la soberanía nacional.

Las estocadas verbales son atrevidas. Preguntado sobre la necesidad de cambios en la Isla, el sociólogo Aurelio Alonso, vicepresidente de Casa de las Américas, estima que el socialismo como sistema socioeconómico y político tiene que "reinventarse".

El ex integrante de la revista Pensamiento Crítico —una de las publicaciones cerradas en el llamado Quinquenio Gris— quiere militar, aun cuando es ya un sesentón, en el bando de los radicales.

"Reformar es una afirmación necesaria, pero no suficiente. Puede significar tomar el viejo modelo y modificarle cosas. El cuestionamiento del viejo modelo tiene que darse de modo integral. No desechándolo, pero partiendo de la integralidad del fracaso".


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