Actualizado: 18/08/2022 7:35
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Sociedad

Con penas y sin glorias

Muchos veteranos de la guerra de Angola palidecen hoy sin una pensión y con el cartel de 'héroes'.

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Trae un carrito renqueante para amolar tijeras. Suspira porque con su flautilla de anunciar sueños, que cada semana avisa a las vecinas de su llegada, goza un poco de esa música que necesita para afilarse también su propia memoria.

La guerra de Angola ha pasado. También la alharaca de los festejos y las memorias pasadas por "la calamina de una medalla", como dice el trovador Frank Delgado. Con su amolador de tijeras a cuestas, Mario Ortiz Espinosa visita lo mismo Minas de Matahambre, que Bejucal o San Germán, para no morirse de decepción. Ya no muestra las medallas que ganó de joven. Tampoco las lustrosas botas "anticobras" o el "pinta" (pantalón) de camuflaje de cuando soñaba con ser un héroe. De esos que, tras cruzar el Atlántico, llegaban a cualquier barrio de la Isla como si hubieran salvado África y "los pueblos oprimidos del mundo".

Ya nadie duda de que Ortiz es un héroe. Esta mañana la gente del barrio lo saluda al pasar. Lo han vuelto a sacar en la televisión. El rostro demacrado de los soldados de fila, los que hoy son constructores, trabajadores agrícolas o cuentapropistas, contrastaba con los perfiles aceitados de los generales y coroneles que dirigieron la contienda africana. Una larguísima serie televisiva, exhibida el año pasado, mostró la engañifa, por los cortes en escena donde aparecieron los fantasmas del general Ochoa, Álvaro Prendes o las decenas de militares fusilados, encarcelados o que se han exiliado.

Es un héroe, pero no está en la lista de veteranos. Hace años que espera una pensión: la prebenda de una guerra con el sabor dulzón de la victoria y el olor horrible de la muerte, de la derrota. Tenía entonces 42 años y una orden del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias hizo volver a aquellos que tenían más de 40. Regresó a la Isla tras cumplir los siete meses, pero no los veinte reglamentarios. "No debíamos estar con aquella edad en la guerra y nos hicieron regresar", comenta Ortiz a ENCUENTRO EN LA RED.

El aparato de amolar tijeras suelta chispas. Al llamado acuden vigilantes nocturnos, parqueadores de autos, agricultores urbanos, limpiabotas, un repartidor de tiques de la estación de trenes, un fontanero y un vendedor de especies. La mayoría participó a destiempo en una guerra ajena. Un edicto castrense los hizo volver con el sueño de la pensión de veteranos y la ilusión de ser héroes.

Salen las vecinas. Ortiz entona la canción, un son de altura para repartirle al barrio. Frank Delgado canta sobre el que fue a dar a aquella extraña ciudad llamada Luanda.


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