Actualizado: 24/11/2017 16:37
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Condicionamiento

Los corridos musicales como una pesadilla cotidiana en Cuba

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Suena el viejo despertador ruso. Una desagradable sensación me asalta. A través del arbolado del patio y desde una de las casas del fondo, al límite mismo de la percepción, me llegan los acordes de un corrido mexicano.

He pasado la noche en la casa de mis padres, en Encrucijada. He ido a darles mi vuelta semanal y ahora debo regresar a Placetas. Como es domingo tendré que apurarme porque mi pueblo, sobre el Circuito Norte y abierto a los alisios del Atlántico, queda incomunicado después de que a eso de las 8 y media pasa la guagua que recoge a los trabajadores de los hoteles de los Cayos.

A todo correr me afeito y me bebo de un trago el jarro de leche con chocolate. Siempre bajo los acordes de algún mexicano, que llora por alguna de las sempiternas injusticias que el mundo parece reservarse en exclusiva para los miembros de esa nacionalidad. En el preciso instante de despedirme de mis padres me sobresalta un alarido, de esos que suelen darse en los corridos sin venir a cuento y que siempre me erizan el cuero cabelludo.

Por un tilín no se me va la guagua. Consigo asiento y no he acabado de depositar mis nalgas en él cuando el chofer enciende su reproductor de música. Sorpresa: Hasta Santa Clara deberé sufrir a los Tigres del Norte, del Sur, del Suroeste, del Norte nordeste y de cuanto puñetero y dichoso punto cardinal existe.

Algo mareado, y con una visión de la vida ya no tan optimista como la que tenía al acostarme la noche anterior, encamino mis pasos hacia la Feria Agropecuaria del Sandino, a hacer algunas compras que solo pueden hacerse allí. Hay pescado de mar, sí, pero también una cola digna del Caracas de Nicolás Maduro. Y lo peor de todo, cola y pescado están situados precisamente enfrente de una plataforma desde la cual un grupo de ridículos hijos del vecino, disfrazados de machos, remachototes charros, interpretan aquello de: “una piedra en el camino…”.

Casi que rodando a trompicones, y con el día agrisado a pesar del buen sol que reluce, llegó a la parada. Por fortuna no demoro en tomar un camión de pasajeros a Placetas. No obstante, los corridos ya se han adueñado también de su interior. Por un instante dudo si bajarme, dejarlo ir y esperar al próximo. Mas es domingo, cerca del mediodía, razono, y no sería la primera ni la última vez que ya a partir de esta hora no pasé nada más hasta bien entrada la tarde.

Hago acopio de toda mi paciencia y me siento en el tablón largo de madera, entre una vieja cetrina y un guajiro gordo, coloradote y tocado con un sombrero en el que no cabe una gangarria más. El corrido trata ahora de unas monjas, o más bien unos tipos disfrazados de monjas, que se dedican al tráfico de drogas y que al salirles al paso unos policías federales no dudan en acribillarlos de lo lindo. El tono de la canción-relato es tan convincente que de cuando en cuando me sorprendo revisándome las ropas para retirar las salpicaduras de sangre.

Ya en Placetas saltó a un coche. Misma historia. No sé dónde carajos están las bocinas en este trasto polvoriento y herrumbroso, de asientos que acumulan la mugre que por décadas medio Placetas se ha dejado aquí. El cochero, un guajirito flaco y medio jorobado, tocado con un sombrero pecuario y calzado en unas botas vaqueras algo gastadas, parece ser de esos individuos que nunca se atreverían a salir a las calles de un espacio urbanizado sin antes no haberse bien envuelto sonoramente en esta música, que pregona a los cuatro vientos una procedencia social que sin tal apoyo le avergonzaría.

Por fin en casa. Mi esposa, psicóloga, después de revisar los pescados y tras felicitarme por la buena compra, me comenta que me nota algo deprimido.

—Nada, —le respondo— que meramente a uno de cuando en cuando dizque se le aparece lo miserable que es la vida de un hombre.

La tarde, pero sobre todo el estreno de El Marciano, de Ridley Scott, me devuelven casi por entero mi habitual optimismo y confianza en la Humanidad. Mas no por mucho tiempo: la vecinita cumple quince y al parecer la música de la modesta fiestecita la encargaron a Mañanitas Mexicanas, el más popular programa de la emisora provincial de radio en Villa Clara.

Con el ánimo de nuevo en caída libre, pero en un campo gravitatorio mucho más potente que el terrícola, invito a mi mujer a comer en la calle. Prefiero gastar los 100 últimos pesos que me quedan a seguir soportando los consabidos alaridos, los lamentos del cantante por la ingrata que le pego los tarros con su mejor cuate, las vividas descripciones de cómo la despellejó viva a ella y se bebió dos tequilas con su amante, para después marcharse con la frente bien alta a una prisión donde al parecer no lo hacen desfilar a uno desnudo por entre unos presidiarios con más años de no ver una mujer que yo la carne de res —y después se quejan estos mexicanos, me digo, con semejantes paraísos por prisiones, a mí que semejante imagen de dos filas paralelas de negrones con las miradas fijas en mis albas nalgas suele atormentarme en las madrugadas.

Dejamos el apartamentico de mi esposa. En camino al centro del pueblo. Otro coche, otra vez los Tigres de no sé dónde. Pero la música viene ahora aderezada por el pedagógico diálogo entre el cochero y su hijo, un guajirito gordo y rubicundo con mirada de personaje de El Señor de las Moscas y muchísimas más lagartijas despanzurradas que degollados llevan ya los muchachones del Estado Islámico. El tema son los gallos que según el padre “te dan dinero que las mujeres te quitan”. Recuerdo mis últimos 100 pesos en mi bolsillo y sin poder evitarlo, y aunque nunca ni tan siquiera he tocado uno de esos plumíferos de dos patas, le echo una mirada hostil a mi mujer, que ignorante se apoya contra mi costado izquierdo.

Lo que queda del día es aún peor. En mi espíritu la oscuridad se cierra muchísimo más rápido que en el cielo. Ayudan a ello un karaoke en el parque, en el que de cada tres canciones que se cantan dos son puros corridos, la música de la pizzería en que nos vamos a comer tacos… perdón, pizzas, el acompañamiento sonoro infaltable de los coches en este puñetero pueblo y las últimas piezas en los quince de la vecinita, que par de borrachitos se mantendrán chapurreando al menos una hora después de terminada la fiesta.

Insomne a las tres de la madrugada reflexiono: Es cierto, la vida es una mera cochinada, solo nuestra madrecita nos quiere de verdad en este pinche mundo (y si ya es viudita esto es más verdad “entodavía”), en el que lo único que puede hacer un mero macho es devolverle a la mucha gente mala que lo puebla todo ese mal que como principal y único interés tienen en hacernos, secuestrarlos y meterlos en un barril o descuartizarlos a machetazos… sí, sí, porque para nosotros los pobres, los eternos de abajo, no hay más posibilidad… ¡Órale manito!


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