Actualizado: 24/11/2020 19:05
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Alimentos, Soberanía, Economía

¿Conseguirá Cuba la «soberanía alimentaria»?

El objetivo fundamental de la Revolución Cubana ha sido siempre la soberanía nacional, pero esta resulta muy comprometida si no existe soberanía económica

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El éxito del sistema de salud cubano contra la covid-19 ha sido poco reconocido en los medios de difusión internacionales, sobre todo en Estados Unidos, donde se encuentran los más influyentes y, al mismo tiempo, los más crispados en tiempos de Trump y de pandemia. La medicina cubana, dentro y fuera de sus fronteras, ha lidiado mejor con el coronavirus que la primera potencia mundial, atrapada entre su incapacidad para controlarlo y el dogma del “excepcionalismo americano”.

Cuba, hasta el momento de redactarse esta nota, contabilizaba 88 fallecidos por la pandemia. Al menos eso han reconocido las autoridades, que han enviado brigadas médicas a más de 30 países en tres continentes. No existe en el globo ejemplo similar. Aunque en la última semana ha habido un peligroso rebrote, principalmente en La Habana, que el ministro cubano de Salud Pública José Ángel Portal calificó de posiblemente «incontrolable». Está por verse si el sistema cubano de salud mantiene sus altos estándares frente a la covid-19.

Aunque no todas son rosas en el sistema de salud cubano. Se enfrenta con éxito la covid-19 dentro de su territorio, manda brigadas médicas a decenas de países, pero en la farmacia de la esquina a menudo no hay medicamentos. Tampoco pan en las panaderías.

Y es que el régimen cubano, iniciado en 1959 con la revolución de Fidel Castro y mantenido en lo ideológico hasta la actualidad, ha sido incapaz de resolver satisfactoriamente ciertas necesidades básicas de la población. Desde la comida hasta la vivienda, pasando por la aspirina; sin tocar otras necesidades sociales y civiles. Y la pandemia de covid-19, como una lente de aumento, ha subrayado las deficiencias de la administración cubana, sobre todo en la producción y comercialización de alimentos.

Es tal la inercia histórica de la maquinaria productiva del Estado cubano que el propio Fidel Castro reconoció el problema en declaraciones a la revista digital The Atlantic en 2010 cuando dijo: “El modelo cubano no funciona ya ni siquiera para nosotros”… significando que las empresas estatales tenían una preponderancia ineficiente en la vida económica del país. Al asumir el poder e iniciar reformas prudentes pero reales, su hermano Raúl Castro promovió la creación de formas privadas de producción. El Partido Comunista de Cuba y otras instancias gubernamentales aprobaron esa dirección, pero hoy por hoy, diez años después de aquellas declaraciones de Fidel Castro, la tierra sigue siendo plana para el Estado cubano.

Recientemente, en sesión extraordinaria del Consejo de ministros, el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, planteó y fue aprobada una nueva “estrategia político-social” para el impulso de la economía. Díaz-Canel priorizó la producción de alimentos. Utilizó un nuevo término: “soberanía alimentaria”. Es inteligente. El objetivo fundamental de la Revolución Cubana ha sido siempre la soberanía nacional, fundamentalmente ante Estados Unidos. Pero la soberanía nacional resulta muy comprometida para un Estado si no existe soberanía económica, que quiere decir que no tiene que depender de otros Estados para sobrevivir; o soberanía alimentaria, que quiere decir que dicha nación no produce los alimentos necesarios para alimentar a su población. Y tanto la soberanía económica como la alimentaria siguen siendo asignaturas pendientes del Estado cubano en el siglo XXI.

Cuba importa anualmente entre el 70 % y el 80 % de los alimentos de la canasta básica de la población, en su mayoría, productos agropecuarios. La gestión estatal agropecuaria en los campos de Cuba es muy deficiente. Baja productividad, cosechas que se pudren en los campos por inadecuado acopio y distribución. Si bien el énfasis de Díaz Canel es nuevo, la estrategia no lo es. Desde hace años el Partido Comunista de Cuba la aprobó en sus lineamientos. De lo que se trata ahora es de implementarla.

Qué bueno. Pero la gran pregunta es si será al fin posible y por qué, a pesar de lo que le dijo el mismo Castro a The Atlantic hace 10 años, el asunto ha tardado tanto tiempo en resolverse.

La economía cubana tiene un gran enemigo: el embargo comercial, financiero y político estadounidense, que ha durado casi 60 años, y sobre todo ahora con Donald Trump, el más agresivo de todos los habitantes de la Casa Blanca con Cuba desde John F. Kennedy.

Pero también tiene un gran enemigo interno, cuya existencia no se reconoce ni se nombra en los estamentos del Estado cubano. Es la no organizada pero demoledora burocracia del statu quo dentro de la Isla. Oculta, pero activa, que respira y espera, acomodada y correcta políticamente, siempre con alguna consigna revolucionaria lista para que la Tierra siga siendo plana. Defienden sus propios intereses, económicos o políticos. A esa burocracia no le quita el sueño que el gobierno cubano, entendiblemente, quiera evitar medidas neoliberales para preservar ––como se dice–– la igualdad popular y las conquistas sociales. Lo que le quita el sueño es que tome medidas económicas más plurales. No le interesa que el país tenga más bienestar. Solo le interesa su puesto en las escalas del poder, aunque esas escalas pertenezcan a estructuras retrógradas e improductivas.

Las palabras de fueron claras y hasta esperanzadoras ante el Consejo de ministros. Concentrar esfuerzos para impulsar la economía. Falta ver si la implementación será tan decidida como sus palabras. “El peor riesgo [de la implementación] estaría en no cambiar, en no transformar, y en perder la confianza y el apoyo popular”.

Es la primera vez en la memoria de este columnista que un alto dirigente cubano menciona públicamente el riesgo de perder el apoyo popular debido al comportamiento gubernamental. Dicha mención, a la vez que refleja con transparencia la tensión entre la demanda de alimentos y la gestión del gobierno, indica el real propósito de Díaz-Canel para implementar reformas económicas. ¿Cuántos burócratas deberán caer en el camino?


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