Actualizado: 18/08/2022 7:35
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Crucificados por cuenta propia

La carpintería, uno de los oficios más castigados por el castrismo.

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Como al resto de sus semejantes en el oficio, a los carpinteros les ha caído la plaga de la inspección estatal, los ojos de la vigilancia casera y otras enfermedades de carácter doméstico que retrasan el ímpetu del trabajo por cuenta propia.

Escasean las maderas tradicionales, a saber, caoba, cedro, baría…, que tras años de tala indiscriminada han sido sustituidas por árboles y arbustos cuyo uso para mobiliario resultaba impensable en otra época, como la guinga, el tamarindo, el marabú y hasta el mango.

El principal obstáculo de cualquier carpintero es que no está autorizado para talar ninguno de estos árboles maderables para uso comercial, su materia prima principal, que tampoco el Estado expende ni en moneda nacional ni en divisas. Ahora, en caso de incumplir con esta normativa, los particulares son generalmente los más afectados, pues deben pagar a los inspectores multas de 2.500 pesos (el monto atribuido a las empresas estatales) en lugar de los 250 establecidos. De ahí que muchos se pregunten cómo salir de la ratonera.

La madera, fruto prohibido

"Los que más vienen a buscar servicio de carpintería son los recién casados. En su desespero se ve lo maltrecha de su situación", dice Vladimir, un joven que pasa de los 30 años y ejerce el oficio desde que era adolescente. La carpintería le viene del patio de su casa, donde sus abuelos instalaron un taller antes de 1959. "No venden camas ni armarios ni ningún mueble, por lo que los pocos que logran hacerse de un espacio habitable están en la obligación de comprar muebles clandestinamente".

"Lo más grave es que sólo los que tienen un alto poder adquisitivo se acercan a las tiendas en divisas, que expenden nada más piezas fabricadas en hierro, y sintéticas, de bajísima calidad", concluye.

En realidad, ¿quiénes son los propietarios de la madera?, ¿a qué cantidad tienen derecho en un año?, ¿cómo resuelven los mismos carpinteros extraer sus dividendos en especie?

"Los propietarios que habitan las zonas bajas o medianamente boscosas sólo tienen derecho a solicitar (bajo compra de sellos oficiales) una única guía de corte de madera al año, de alrededor de 250 pies, lo que se traduce en un juego de seis piezas para la sala y cuatro para el comedor; pero para ello deben tener la aprobación de tasar la madera por parte de un ingeniero forestal", explica Vladimir.

En ese mismo momento comienza la trampa del que se pone lentes calovares para no ver la realidad. Es un Estado vigilante que sólo ve lo que le conviene y castiga con severidad o mansedumbre, según se revuelvan las aguas.

Lo difícil o peligroso es hacerse con la madera, que la mayoría de los carpinteros consiguen siempre clandestinamente. Pero más engorroso es trasladar los muebles una vez acabados, pues no cuentan con ningún tipo de documentación oficial que les permita exhibirlos a la luz pública.

El acto de amueblar el más común de los hogares se torna una odisea para el más simple de los mortales, lo cual forma parte del manual del cuentapropista en Cuba. Ninguno de estos pequeños "empresarios" tiene derecho a contratar ayudantes y, para más inri, su licencia de trabajo los avala como reparadores y no para ejercer de fabricantes.

Ladrón que roba a ladrón

Pablo, uno de los más conocidos y viejos carpinteros de Holguín, siente que la mayoría de las medidas restrictivas van contra su oficio: "Tú tienes que trabajar en línea. Te explico: la gente compra más balances (sillones) que butacones, y casi nadie, excepto los que quieren darse un lujo, compran balancines (comadritas) u otro tipo de asientos. Yo mismo no puedo arriesgarme a proponerme modelos antiguos o combinaciones novedosas. De lo contrario, corro el riesgo de quedarme con el producto o convertir la casa en un almacén".

En este bregar, sólo pueden reparar los muebles a los propietarios de maderas que posean la documentación en regla. Y al concluir el trabajo, los carpinteros están en la obligación de devolver el sobrante, algo inaudito para el más o menos sensato de los funcionarios.

"Una de las maneras de sortear la trampa, la ley o cuanto decreto se imponga, puede ser poner los balances en el portal de las viviendas, como al descuido, o hacer como si los estuvieras pulimentando", añade Pablo, quien aclara que no está revelando secreto alguno. Es "un secreto a voces. Todos vienen a comprar: funcionarios, militares, comerciantes, trabajadores del turismo… Todos se hacen de sus muebles y los llevan a casa", afirma.

Reparar muebles no ofrece beneficio alguno a quien debe pagar un precio bastante caro por la madera. Por ello resulta frecuente llegar a cualquier casa y ver el sofá o las mesitas en mal estado. Para esta operación comercial existen pocas redes de contrabando o intermediarios, pues es tan alta la demanda que se hacen listas larguísimas de clientes.

Las trabas para que no se efectúe la compraventa van desde la presentación in situ de los inspectores forestales, funcionarios del gobierno, policías, oficiales del Departamento Técnico de Investigaciones (DTI), delegados del Poder Popular u otros, hasta el seguimiento que se da a los muebles desde el taller de carpintería a su destino final. Incluso, puede ocurrir que meses después visiten el lugar y pedir la documentación de la madera, orden de fabricación y hasta el permiso de traslado.

La ley y la trampa

Los otros diques de contención a tan antiguo oficio son las guardias perennes que hacen los inspectores forestales en locales de expreso para el tren, terminales de ómnibus y aeropuertos, siempre vigilados para estos menesteres.

Una fuente que prefiere guardar su identidad comenta que tras esta medida contra quienes supuestamente viven de la tala indiscriminada de los bosques, se esconde la mano de quien sabe que está ante la disyuntiva de levantar o no una sanción de por sí injusta. Se pregunta cómo es posible que intenten frenar una actividad tan antiquísima como la carpintería. Y se pregunta de qué manera frenar el acto de obtener, obsequiar o simplemente cambiar los muebles de casa.

Otro carpintero opina que la diversidad es la más perjudicada en estos casos, como se puede ver en un almacén clandestino: una docena de balances del mismo tipo, cinco mesitas de tres patas, doce gavetas con espejo para ser empotradas en la pared. Todas con idéntico diseño. Son artículos de gran demanda en cualquier época del año y la mayoría de la gente no puede ir detrás de una moda o cambiarlos, por el coste económico que siginfica.

A estas limitaciones se suma que la tríada carpintero-tallista-tornero no está ni puede estar de acuerdo: cada uno trabaja en talleres y hasta en provincias diferentes. Además de que se traba con el modelo que dé más comodidad y la madera que les caiga en la mano. Esta situación se traduce en la abundancia del abigarramiento, diseño kitsch y un eclecticismo sin par en el acabado. A fin de cuentas, el cliente no escoge entre muchas posibilidades, sino lo que haya en el momento en que cuente con el dinero.

Multas exageradas y falta de utensilios aturden y resultan obstáculos del absurdo en el bregar cotidiano de los carpinteros. Ante estos embates, muchos se preguntan por tanta vigilancia contra quienes hacen objetos tan sagrados como la cuna, la cruz o el nicho de madera que nos guardará por última vez.


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