Actualizado: 28/09/2021 12:27
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Ventana del lector

Cuando me fui de la Habana de nadie me despedí

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No se oye sino el silencio que hay en todas las soledades
Juan Rulfo

La Habana es una mujer muy bella que ni los años desgracia ni el abandono y la negligencia han podido acabar con esa belleza incontestada… hasta el momento. La senectud llega a imponerse siempre dejando solo un cascajo de la núbil hermosura que una vez fue.

La visité en diciembre y, al regresar con el alma enlutada y sombría, dudé mucho en escribir este artículo tan doloroso.

Desde Rancho Boyeros me percaté que la destrucción y el desgobierno no habían cambiado, las calles mal iluminadas y llenas de baches, las paredes con una mugre de medio siglo, los carteles de propaganda pelados, el terrible olvido del totalitarismo.

Había ido a ver a mi hija, mi hermano y la belleza sin igual —lo digo con conocimiento de causa— del mar cubano. Pero se me adentró en el alma una idea terrible, recorrer la desesperanza.

Una mañana tan bella como solo hay en Cuba acompañé a mi hija a “buscar el pan”, el grocery tan vacío como siempre, más triste, más sin esperanzas.

Decidí recorrer mi Vedado donde nací y viví hasta que salí de Cuba; el agua de albañal de las fosas desbordadas seguían haciendo arroyos en las aceras, como las había dejado en agosto de 1996; los esqueletos de parques que había dejado atrás ya no existían, y eso me recordó una anécdota de cuando mi sobrino era un niñito. Lo había llevado a merendar a Casalta y recorríamos esa zona otrora tan cosmopolita donde se unen El Vedado y Miramar. Ingenuo e incrédulo me preguntó si era verdad que antes las aceras y los parques habían estado cubiertos por césped; no supe qué decirle, lo llevé al parque Emiliano Zapata para que tuviera una idea de lo bella que una vez había sido la Habana.

Otra mañana de gloria fui al cementerio a visitar las tumbas de mi madre y de mi tía; me acompañaba mi padre que aún estaba vivo. Aquellos ojos verdes se nublaron de una tristeza de la cual no se sale:

— Me voy a morir sin haber visto que este desastre se acaba. Ni el cementerio se ha salvado.

Ahora pienso que también yo voy a morir sin haber visto la esperanza en una vieja plaza liberada.

Llegó un momento en que mi viaje se había convertido en un Vía Crucis, mis ojos lo grababan todo; no me atreví a sacar fotos. Entré a los baños de las cafeterías, fui a los llamados Círculos Sociales, cuyos pisos tienen una costra de salitre que podría abastecer de sal a La Habana; por allí caminé, en silencio triste y alerta; veía a los niños jugar entre tanto desamparo. Donde antes había arena ahora había diente de perro, una metáfora de la sociedad cubana.

Otro día visité a una amistad en su apartamento de microbrigada que yo había ayudado a construir. El musgo conquistaba las hendijas en el techo entre las lozas prefabricadas a las que no se les había puesto una cinta para hacerlas impermeables, las paredes mal terminadas parecían tener acné. Había llevado una botella de ron, café y otras chucherías; al ver cómo se le iluminaba el rostro a esa persona comprendí el abismo de la miseria.

Venía una prima de mi hija de Matanzas y fuimos a esperarla a la terminal de ómnibus. Creo que ese fue el peor impacto… aquel mar de personas mal vestidas, con la piel y los cabellos resecos, con la mirada sin brillo, caminando por un piso pringoso era sencillamente un infierno. No le dije nada a mi hija porque no me hubiera entendido y hubiera pensado que me estaba dando aires.

En otra ocasión fui a la Habana colonial a la que han convertido en una ramera maquillada como un payaso, donde “típicas señoritas, vestidas en típicas vestimentas cubanas” les leen el porvenir a los turistas incautos. Sentí deseos de sacar a latigazos a los mercaderes del templo, pero no quería acabar crucificada en el Monte de Villa Marista.

Al regresar (no voy a describir el aeropuerto ni a quienes lo administran, ya no puedo seguir abundando en el Inferno), mirando con tristeza por la ventanilla del avión aquel paisaje tan conocido y tan lejano, me percaté que para cambiar a Cuba, antes de las carretillas con mangos y los paladares y Eusebio Leal, hay que establecer un Gobierno y una sociedad civil que impida que todo lo que he descrito continúe sucediendo. Tengo 61 años pero tuve tiempo de conocer aquella ciudad cosmopolita y próspera en la que mis padres me llevaban creo que al primer Mall que existió en América, el de la Rampa y Malecón. ¡Se me había olvidado el patético “mall” actual de Paseo y Malecón! ¿Qué más hay que decir?


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