Actualizado: 26/03/2019 14:33
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Chibás, Historia, Prensa, Fidel Castro

Cuando se unieron la historia y el histrionismo

Un disparo único de arma corta fue el detonante de una crisis nacional que aún persiste

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En 1951, Aureliano Sánchez Arango, ministro de Educación del gobierno Auténtico de Carlos Prío Socarrás, acusó a Eduardo R. Chibás —el político cubano más popular del momento— de especular con el café y explotar a los campesinos. Chibás, al frente del Partido Ortodoxo, respondió con otra denuncia: el ministro estaba enriqueciéndose con los fondos del desayuno y material escolar y con el dinero sustraído de la construcción de un reparto en Guatemala. Luego, al no poder demostrar los cargos, Chibás amplió su ataque. Argumentó que el verdadero negocio guatemalteco del ministro y el presidente Prío era el establecimiento de un imperio maderero.

Ante la imposibilidad de probar sus acusaciones, Chibás se disparó un tiro en el bajo vientre el 5 de agosto de ese año. Murió 11 días más tarde. Su entierro ―convertido en una demostración masiva de repudio al gobierno auténtico― hizo que Prío estuviera listo para la fuga, temeroso de que la manifestación de duelo se dirigiera al Palacio Presidencial.

El suicidio de Chibás abrió las puertas al golpe de Estado de Fulgencio Batista, que se produce unos meses más tarde. Lo ocurrido esa tarde de domingo galvanizó la situación que llevó a Fidel Castro al poder. Un disparo único de arma corta fue el detonante de una crisis nacional que aún persiste.

Hay un par de detalles en este hecho trágico que merecen mencionarse. Chibás se suicida durante la transmisión de su popular programa radial. Luego, la revista Bohemia publica en portada la imagen del cadáver del político con un ejemplar de la publicación colocado sobre el pecho, entre sus manos inertes. El título de portada: Con el último ejemplar de Bohemia entre sus manos.

El alcance de estos dos detalles, a primera vista anecdóticos, trasciende lo ocurrido por aquellos días. El suceso real se convierte en parábola para marcar el destino de la nación, por una vía iniciada con anterioridad, pero que a partir de este momento será definitoria: la violencia como recurso socorrido para zanjar una disputa (en este caso Chibás la ejerce contra sí mismo, pero por lo general será contra el otro). Antes de Fidel Castro, sectores radicales del Autenticismo y la Ortodoxia se inclinaron a favor de la violencia política.

El factor emocional —llevado al extremo del irracionalismo— como estímulo para impulsar la actitud ciudadana.

La foto de portada de la revista Bohemia no es un hecho aislado. Muchas de las imágenes de esta publicación, aparecidas durante los intervalos sin censura tras la instauración de la dictadura de Fulgencio Batista, y especialmente en los tres números especiales editados luego del primero de enero de 1959, jugarán un papel primordial en el acondicionamiento de estado de ánimo nacional que será aprovechado al máximo por Castro. No es que las imágenes no fueran reales. Desgraciadamente lo eran. Pero su explotación con fines sensacionalistas contribuyeron a la aceptación o asimilación de un orden que poco a poco —o a veces de forma vertiginosa— se impuso como una salida a la crisis del país.

No se trata de una causa fundamental para que Castro llegara al poder y permaneciera en él —y en cierta medida aún permanezca— por casi cincuenta años, pero es un elemento más, y muy importante, entre los que coadyuvaron a su triunfo.

En última instancia, el uso de la violencia, para reprimir a la oposición, fue lo que llevó a la caída del régimen de Batista, como ha señalado el profesor Jorge Domínguez. Esta violencia fue el recurso empleado frente a la ilegitimidad del gobierno establecido tras el golpe de Estado de 1952.

El problema de la débil legitimidad gubernamental antecede al acto de Batista, porque tiene sus raíces en la corrupción rampante y en la relativa incapacidad de dos instituciones establecidas por la Constitución para el desarrollo del Estado de derecho y el avance político del país: la Corte Suprema y el Congreso.

Tras el 10 de marzo, el camino electoral con Batista en el poder es cada vez más cuestionado. Unas elecciones celebradas bajo su Gobierno no son percibidas como fuente de legitimidad. No es por gusto, por otra parte, que en un primer momento Castro acuda a la figura de un magistrado, Manuel Urrutia, para otorgarle ese viso de legitimidad que necesitaba en un primer momento, mientras afianza su poder.

La explicación a este hecho es relativamente sencilla cuando se mira solo a las cifras, pero mucho más compleja cuando se trata de comprender cómo estos números, al tiempo que son reales, paradójicamente no se ajustan a la realidad.

A finales de 1957, a un año de tomar el poder, Castro contaba con menos de 300 hombres bajo las armas. Al año siguiente lanza dos columnas invasoras, cada una con menos de 150 hombres. Pese a los paralelos históricos que el Gobierno de La Habana se ha empeñado en mantener a lo largo de los años, dichas fuerzas y los combates que sostuvieron no se comparan con la campaña de la invasión llevada a cabo durante la Guerra de Independencia. No es hasta el otoño de 1958, a pocos meses de su triunfo, que las fuerzas revolucionarias comienzan realmente a hacer mella en la economía del país. Hasta entonces las zafras azucareras habían sido todo un éxito y el desarrollo económico sostenido (lo que no eclipsa la enorme desigualdad de ingresos ni tampoco las injusticias sociales). ¿Cómo comprender entonces este éxito que en primer lugar desafía el esquema marxista del eslabón más débil?

Porque además de la mencionada represión, el segundo factor decisivo para el triunfo de Castro es el hábil uso de la propaganda.

La prensa del país, que contaba con 16 periódicos en 1959, un amplio número de cadenas de radio y una televisión sumamente avanzada no solo fue incapaz de influir para el logro de una solución negociada del conflicto, sino que en buena medida ―de forma consciente o inconsciente― contribuyó a la victoria castrista.

Esto no quiere decir que se tratara de un medio cómplice, en la mayoría de los casos, en lo que respecta a la prensa cubana (la norteamericana es otro asunto), sino que las condiciones del país no lo permitían.

¿Existía de hecho la posibilidad de una solución democrática sin Castro? En términos políticos generales parecía posible hasta 1956, si Batista hubiera mostrado una actitud negociadora similar a la que tuvo a finales de la década de 1930, y cedido frente a la idea de una asamblea constituyente propugnada por Carlos Márquez Sterling, Jorge Mañach y José Pardo Llada, entre otros, pero tras sus declaraciones no había un interés genuino de negociar, sino su afán de seguir como “hombre fuerte” de la Isla, e incluso quizá hasta 1957 barajó la posibilidad de poder mantenerse al mando del Ejército y/o manejando los hilos del poder tras las elecciones de 1958. Esta respuesta, además, está condicionada por el factor tiempo, y la realidad es que cada mes que pasaba, en los dos últimos años de su permanencia en el Palacio Presidencial, su presencia no hacía más que abrir a diario un poco más la puerta a Castro.

En lo que respecta a la prensa, la labor de denuncia de los crímenes ―cuando ello era posible― se sumaba a esa conciencia de salir de Batista a cualquier precio. Se debe señalar, en este sentido, que desde el inicio la táctita de acción y sabotaje cumplía un fin estratégico muy preciso: llevar a un aumento del terrorismo de Estado. No se trata, por supuesto, de acusar al Movimiento 26 de Julio o a otras organizaciones insurrectas de ser directamente culpables de los crímenes de la dictadura batistiana, sino de destacar que en Cuba se cumplió con precisión matemática un principio del que se han servido numerosos movimientos insurreccionales: el terror generalizado.

Frente a ese terror generalizado, la prensa, censurada en muchas ocasiones podía hacer nada o poco. Cuando precisamente el magistrado Urrutia, en su función de presidente del tribunal, dictamina que un grupo de supervivientes del desembarco del yate Granma, que se encontraban presos, fueran absueltos, Batista responde airado y hace que el ministro de Justicia establezca una demanda contra el juez. Entonces el conservador Diario de la Marina insta a Batista a que actúe de acuerdo a la Constitución y celebre elecciones anticipadas. Pero el dictador se mantiene firme en la fecha programada. En otro caso, cuando Antonio Buch, jefe de información del 26 de Julio en Santiago de Cuba, es arrestado, sus familiares recurren a The New York Times y no a la prensa nacional. El diario norteamericano publica una protesta, y es muy posible que ésta lo salvara en ese momento de ser ejecutado.

No siempre, por supuesto, el papel de la prensa nacional fue tan limitado. Pese al esfuerzo gubernamental para que no se informara sobre el plan de mediación de los obispos cubanos, entre los cuales se encontraba Monseñor Pérez Serantes, la información apareció publicada. En muchas ocasiones el propio Castro se sirvió de la prensa establecida para dar a conocer sus opiniones, incluso cuando estaba “alzado”. Por ejemplo, el llamado Manifiesto de la Sierra apareció en las páginas de Bohemia.

Al respecto, vale la pena señalar, aunque entrar en detalles desborda los objetivos de este trabajo, que Castro siempre encontró una cálida recepción en la prensa norteamericana, y no solo gracias a los famosos artículos de Matthews en The New York Times. Sí se puede decir que la batalla de propaganda éste la ganó en todo terreno, pero fue en suelo norteamericano donde este triunfo resultó más amplio y contribuyó a una opinión en el público norteamericano a favor del revolucionario, que influyó en que Washington decretara el famoso embargo (sí, hubo otro embargo) de armas norteamericanas a Batista. El acceso de la prensa norteamericana a los “barbudos” fue tanto facilitado por el Movimiento 26 de Julio como consentido por La Habana. Al punto de que tan temprano como junio de 1957 hubo una protesta, a través del Colegio de Periodistas de Cuba, en la que los reporteros se quejaron de la facilidad con que contaban sus colegas norteamericanos para ganar acceso a la Sierra.

Como es de esperar, en el periodismo de opinión fue donde la prensa cubana tuvo una labor más destacada, en la formación de los criterios de la ciudadanía, más que en el desempeño de la función informativa. Basta mencionar, por estos años, los nombres de Mañach, Francisco Ichaso, Márquez Sterling, Andrés Valdespino, Mario Llerena y Agustín Tamargo en la prensa escrita y algunos, en ocasiones también, en la radial y televisiva, o comentaristas como Guido García Inclán, Pardo Llada, Luis Conte Agüero y Armando García Sifredo.

Además de una censura que se desempeñaba con mayor o menor rigor en dependencia del momento —por ejemplo, a los tres últimos mencionados les prohibieron las emisiones radiales diez días antes de las elecciones de 1954—, esta tarea se realizó en la mayoría de los casos matizada por la participación política activa y casi siempre era imposible separar al periodista político del político periodista, algo común en la época.

Este empeño partidista actuó en contra de la creación de un movimiento cívico. Como ha señalado la profesora Marifeli Pérez-Stable, los aires políticos “nunca consiguieron convertir las chispas del movimiento cívico en un fuego que atravesara las llanuras cubanas; la oposición moderada nunca logró obligar a Batista a enfrentarse a la fuerza de una opinión pública realmente movilizada a favor de elecciones generales inmediatas”. Una vez más en la historia de Cuba, la moderación fracasó cuando era más necesaria. Terminó por imponerse la violencia. En la situación cubana de entonces, en cualquier momento de la historia de la Isla —sobreviviente a todos los naufragios, pero sin dejar de ser náufraga siempre— quizá resulte injusto exigirle tanto a la prensa. No por ello deja de ser lamentable.



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