Actualizado: 27/01/2022 17:36
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Política

Cuba ante un mundo cambiante

Cómo se inserta Cuba en el nuevo mapa geopolítico, especialmente tras el ascenso de Barack Obama a la presidencia norteamericana y la reconfiguración de América Latina.

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Inamovible e inmutable son palabras que a menudo vienen a la mente cuando se habla de Cuba y su Revolución. Después de 50 años, tras diez presidentes norteamericanos (la decimoprimera Administración con Barack Obama acaba de comenzar) y del colapso de la Unión Soviética, la Revolución se muestra inquebrantable. Como para confirmarlo, ahí estaba Raúl Castro el primero de enero de 2009 celebrando el quincuagésimo aniversario, prometiendo que la Revolución resistiría 50 años más.

Pero inamovible e inmutable son adjetivos que describen solamente a los monumentos, no a proyectos humanos ni a procesos políticos. Sí, la Revolución o, más exactamente, las elites que llegaron al poder en 1959, todavía gobiernan, pero la Cuba de 2009 ya no es la de 1989, ni la de 1959. La caída del Muro de Berlín y la posterior desintegración de la Unión Soviética provocaron un maremoto que transformó a la Revolución y a Cuba. El fin de los subsidios soviéticos trajo consigo la caída del 35-40 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) y marcó el comienzo del llamado Período Especial en Tiempos de Paz. Este cataclismo marcó el punto final del experimento autárquico cubano y obligó al régimen a embarcarse en un proceso lento, irregular y todavía incompleto, que dejó atrás las pretensiones de erigir una sociedad comunista y se encaminó hacia la restauración del capitalismo y la reintegración en la economía mundial de la mano de empresas multinacionales y bajo la tutela del Estado y del liderazgo de una tecnocracia militar protocapitalista (1). Acompañados por la dolarización, estos cambios han generado incipientes clases sociales, severas desigualdades sociales y regionales, han propiciado fuertes flujos de población dentro y hacia fuera de la Isla, y han debilitado significativamente los logros sociales de la Revolución, especialmente en la educación y la salud pública.

Los años 90 también estuvieron marcados por el inicio de una transición generacional dentro de la cúpula de poder. Tanto Fidel como Raúl Castro impulsaron la incorporación de nuevas generaciones a las más altas instancias del Partido Comunista (PCC) y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Allí coexistieron en aparente armonía veteranos de la Sierra y jóvenes dirigentes, los más significativos de ellos egresados del Equipo de Coordinación y Apoyo al Comandante en Jefe. Por fin, en noviembre de 2005, el propio Fidel Castro planteó directamente el tema de su mortalidad e insistió en que la supervivencia de su Revolución dependería de las jóvenes generaciones. A escasos seis meses de este discurso, a finales de julio de 2006, un Fidel Castro gravemente enfermo cedió el poder a su hermano menor.

La sucesión se produjo dentro de un marco de gran estabilidad, pero no cabe duda de que los cambios no han hecho más que comenzar. A sus 77 años, Raúl Castro es una figura transitoria cuyo destino es presidir el fin del castrismo y abrirle paso a una nueva época. Su desafío está en poner la casa en orden para el día en que tanto su hermano como él hayan desaparecido. Para conseguirlo, Raúl necesita revitalizar una economía moribunda donde la mano muerta del Estado y la correspondiente falta de incentivos a la producción han provocado una severa y permanente crisis. Con aparente voluntad de enfrentar esos problemas, en su discurso del 26 de julio de 2007, Raúl anunció que iba a introducir “cambios estructurales y de concepto” respecto a la economía. Efectivamente, se han producido algunos cambios durante los últimos dos años, pero estos han sido tibios y distan mucho de ser estructurales. Desde mediados de 2008, y probablemente por variadas razones —desde los huracanes que azotaron la Isla en agosto y septiembre de 2008, hasta posibles discrepancias dentro de la cúpula gobernante—, ha habido una notable desaceleración en el ritmo de las reformas. Esto no ha impedido la progresiva consolidación de Raúl Castro en el poder, ni la incorporación de sus más cercanos colaboradores dentro de las FAR y de los veteranos de la Sierra a la cúpula del Consejo de Estado y del Buró Político. En este proceso, han perdido espacio político tanto los “tecnócratas” como los “talibanes”. La destitución de Carlos Lage y Felipe Pérez Roque ha cortado el paso a representantes de las nuevas generaciones que se perfilaban dentro y fuera del país como sucesores potenciales. Estos cambios de personal y el paralelo reforzamiento de los veteranos confirman la progresiva consolidación de Raúl y auguran un VI Congreso del PCC (convocado para finales de este año) carente de sorpresas. Este reforzamiento de Raúl también se puede entender en clave de política exterior, como un golpe de timón previo al posible inicio de negociaciones con la nueva Administración de Barack Obama. Los cambios indican que Raúl refuerza su posición, pero, al mismo tiempo, confirman la transitoriedad de su liderazgo, cuya delicada tarea es presidir el final de la era castrista en Cuba.

Así pues, lejos de inamovible e inmutable, la sociedad y la política cubana llevan tiempo dando pruebas de efervescencia y potencial de cambio. Se está gestando un nuevo régimen en Cuba. Lo que no sabemos es cuál será el alcance de los cambios y cuáles serán las características del nuevo régimen después de que los Castro (y la generación de la Sierra) pasen a la Historia. En un trabajo anterior, he analizado algunos de los factores internos que condicionan este cambio (2). Aquí, sin embargo, me gustaría examinar por qué ha disminuido el aislamiento internacional de Cuba y cuales son las perspectivas para un cambio en su relación con EE.UU. después de la victoria de Barack Obama.

Comenzamos con una paradoja evidente. Cuba continúa siendo la única dictadura ostensible de América Latina. Así fue mientras gobernó Fidel Castro y, con algunos retoques y excepciones, continúa siéndolo con Raúl. Ha habido algunos cambios, entre ellos, una mayor disposición por parte de los medios de comunicación (especialmente Juventud Rebelde) de informar sobre agudos problemas sociales y económicos, pero se mantiene un régimen unipartidista con una extensa red de mecanismos de control ejercidos por el Estado sobre la sociedad. En Cuba no existe ni libertad de expresión, ni sistema judicial independiente, ni Estado de derecho; la sociedad es débil y está desorganizada, y los disidentes son presionados, reprimidos y/o encarcelados. La situación cubana contrasta visiblemente con la de otros países de la región. En casi toda Latinoamérica, incluso en aquellos países donde los movimientos populistas de izquierda han asumido el poder, se está dando un intenso debate político, se producen manifestaciones y contramanifestaciones, y la democracia, con todos sus problemas, vibra y se consolida. Sin embargo, estando la Cuba autocrática en un mar de democracias, ¿cómo es posible que esté menos aislada (política y económicamente) que en cualquier momento desde 1959?

Diversos factores han contribuido a esta situación. El primero es el agotamiento de la política norteamericana hacia Cuba y la perspectiva de que ésta va a cambiar con la nueva Administración de Barack Obama. Muchos analistas han atribuido el mantenimiento de una política de hostigamiento al régimen cubano a la capacidad del exilio cubano, e interpretan los posibles cambios fundamentalmente en función del debilitamiento y/o evolución de este grupo. Evidentemente algo de eso hay, pero sin menospreciar la evidente importancia de la Florida en los cálculos electorales norteamericanos, existen otros factores de peso que explican la continuidad de la política norteamericana hacia Cuba. En primer lugar, es importante precisar que, a lo largo del tiempo, no ha habido una sola política de EE.UU. hacia Cuba, sino varias y solapadas. Aunque el objetivo central de esa política ha sido mermar el proyecto revolucionario de Fidel Castro, siempre han coexistido diversas estrategias y políticas al respecto. El propio embargo lo demuestra. Nunca ha sido total y, aun hoy, justo al haber terminado la Administración de George W. Bush, EE.UU. es el quinto socio comercial de Cuba y, en el último año, empresas norteamericanas vendieron más de US$700 millones en productos agrícolas a la Isla. El embargo ha tenido un impacto real sobre Cuba, poniéndole muchas trabas al comercio e impidiendo inversiones norteamericanas, a la vez que añade costos adicionales de transporte al comercio cubano. Pero su existencia no explica ni determina la falta de eficiencia y de productividad de la economía cubana. La culpa radica en el modelo estatista y el clientelismo que impera en Cuba. El conjunto político que se denomina “embargo norteamericano” es producto de la interacción de diversos grupos de presión y puntos de vista, algo muy propio de una sociedad donde la política es producto de la transacción y la negociación. Para algunos, el embargo ha sido un instrumento para provocar cambios políticos en Cuba. Para otros, su objetivo ha sido más pasivo, la contención del castrismo. Y para otros, el propósito del embargo ha sido elevar el costo del proyecto revolucionario cubano —definido en su momento por la encomienda del Che Guevara de “crear un, dos, tres, muchos Vietnam”— a tal punto que no resultara atractivo para el resto del Hemisferio ir por ese sendero. El embargo también ha sido un punto de confluencia entre los que propugnan una política exterior “realista” y otros que insisten en la importancia de ser solidarios con los que luchan en pro de valores democráticos y derechos humanos. Con el fin de la Guerra Fría, la importancia estratégica de Cuba disminuyó significativamente y Cuba perdió mucha de su “peligrosidad”. Ya no representaba un modelo “realizable” para el resto de Latinoamérica, ni tenía los apoyos para pretenderlo. Ni la guerrilla era relevante como instrumento para llegar al poder, ni el Hombre Nuevo ni la realización del comunismo representaban una esperanza de futuro. Las propias políticas que el gobierno cubano introdujo para asegurar su supervivencia (la reintroducción del capitalismo, la normalización de sus relaciones exteriores, y su reintegración a la economía mundial) no hicieron más que confirmar el cambio de situación. Pero aquí reside la otra cara de la moneda. Si bien Cuba tuvo que asumir las consecuencias de su error al atar su destino al comunismo y a la URSS, ese desacierto no logró desbancar a la cúpula dirigente. Bajo estas circunstancias, no le ha sido fácil a sucesivos gobiernos norteamericanos convencer a sus aliados y amigos de que una estrategia de aislamiento y presión externa fuera la mejor opción para lograr una apertura en Cuba. A estas consideraciones se debería agregar que la influencia norteamericana en muchas partes del mundo (incluyendo Latinoamérica) se ha visto reducida en los últimos años, no solamente, ni quizás primordialmente, por un incremento del antiamericanismo, sino porque el mundo que ha surgido es mucho más multipolar y globalizado.

El segundo factor reside en la disminuida importancia de la Unión Europea (UE) como actor de peso en el tema cubano. Estados Unidos y la UE siempre tuvieron documentadas diferencias respecto a Cuba, pero nunca se consideró fuera de lo posible que al final los aliados transatlánticos lograran alguna fórmula de coordinación y colaboración, una especie de distribución de tareas entre policía malo y policía bueno en su política hacia La Habana. El cenit del compromiso y la influencia de Europa respecto a Cuba probablemente ocurrió a mediados de los 90, cuando el gobierno de Felipe González intentó convencer a Fidel Castro de que, ante la debacle económica provocada por la desintegración de la Unión Soviética, debería realizar profundas reformas económicas y políticas. Las distintas visitas de Carlos Solchaga y Manuel Marín no tuvieron el deseado efecto y el ciclo de aproximación se cerró cuando el líder cubano dio la orden de derribar los aviones de Hermanos al Rescate en abril de 1996, hecho que coincidió con el arresto en La Habana de los participantes en Concilio Cubano y la aprobación de la Ley Helms-Burton poco después. Llegado este punto, tras haber superado lo peor de la crisis, Castro se atrincheró de nuevo y desde entonces mostró poco interés en lo que decían u opinaban España o la Unión Europea. Ya en marzo-abril de 2003, rechazó de pleno la solicitud de clemencia del papa Juan Pablo II para los tres hombres que habían secuestrado una embarcación y fueron sentenciados a la pena de muerte, y se mantuvo impasible frente a las críticas sobre los arrestos y las largas sentencias dictadas contra los 75 disidentes y periodistas independientes. En los últimos años se ha desarrollado la “Posición Común” de la UE (3) , pero lo más notable es la falta de unidad que ésta refleja. Con las palpables divisiones internas y con cada país haciendo más bien lo que le conviene, no sorprende que la postura europea haya tenido poco efecto sobre las autoridades cubanas.

Existe una tercera razón que explica por qué ha disminuido el aislamiento internacional de Cuba. Ya hemos insistido respecto al impacto de la mermada influencia norteamericana y la disminuida capacidad de la Unión Europea. Estos factores han coincidido con el surgimiento de un mundo mucho más multipolar (4). Este fenómeno es palpable en América Latina, donde potencias extrarregionales y regionales han elevado su perfil y profundizado sus vínculos con Cuba.


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