Actualizado: 15/11/2018 8:55
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Cuba: gritería y represión

El mecanismo de terror delega la ejecución de la represión en turbas o simples grupos de intimidación

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Represión y violencia de todo tipo no cesan en Cuba. No se trata de una afirmación dogmática ni de una respuesta fundamentada en un supuesto anticastrismo vertical. Es una característica de un régimen que para sustentarse necesita ajustes constantes.

Durante décadas el Gobierno cubano ha desarrollado y mantenido un eficiente aparato represivo, cuya actuación permite una comparación sencilla: la incapacidad para producir bienes corre pareja con la eficiencia para generar detenciones, actos de repudio y escándalos.

Lamentable tener que escribir sobre el descaro imperante en un sistema que ante la falta de razones se eterniza en la gritería. No es denunciar algo nuevo, un brote reciente o un fenómeno oculto. Pero la cualidad de cotidiano no puede convertirse en justificación para el ocultamiento.

Con esa actitud irracional que no admite ni reproches ni dudas, con esa intransigencia y recelo ante cualquier cuestionamiento, se cierra la puerta a la más mínima esperanza de un cambio paulatino y pacífico hacia la democracia.

A estas alturas está más que comprobado que el régimen cubano no tiene la capacidad para dirigir un desarrollo económico que satisfaga las necesidades de la población, pero sí ha logrado ser capaz de mantener al pueblo bajo una economía de subsistencia durante décadas. Su naturaleza centralizadora y represiva siempre ha tenido como contrapartida o complemento una corrupción a todos los niveles. Esa corrupción se manifiesta tanto en los actos delictivos más diversos como en adoptar patrones de conducta despreciables con el fin de justificar una posición, un beneficio, una vida —envidiada y siempre pendiente de un hilo— en una ciudad extranjera, más si se trata de Nueva York.

Si estamos frente a un proceso que tiene como única razón de existencia el perpetuar en el poder a un reducido grupo, el mecanismo de represión invade todas las esferas de la forma más descarnada, y sin tener que detenerse en los tapujos de supuestos objetivos sociales, que en el proceso cubano desaparecieron o pasaron a un segundo o tercer plano hace ya largo tiempo.

No se han escatimado recursos en una maquinaria represiva eficaz, silenciosa y omnipresente. Pero no ha sido suficiente. En ocasiones la situación escapa de control y hay que recurrir a medios más burdos.

Entonces el mecanismo de terror delega la ejecución de la represión en turbas o simples grupos de intimidación. A veces, y sobre todo en la respuesta de La Habana a denuncias sobre su proceder que se efectúan en la arena internacional, estos grupos se limitan al escándalo y la algarabía, como acaba de ocurrir en Naciones Unidas.

Para ese gobierno, la justificación de la violencia —tanto la física como la verbal— es la ira revolucionaria. Pero los actos de repudio y las griterías responden al mismo patrón represivo, cruel e hipócrita.

Sin embargo, esta situación de “violencia revolucionaria” no puede ser mantenida de forma permanente en su versión más cruda, y el régimen lo sabe. Por ello dosifica una tensión diaria con esporádicos estallidos de saña y barullo. Continúa exigiendo una actitud de aceptación absoluta y una incondicionalidad a toda prueba —tanto dentro de la isla como en el exterior—, se aferra a un concepto medieval del tiempo: confundir el presente con la eternidad. Mediante ese paréntesis aún continúa perpetuándose.

El Gobierno de La Habana no acepta una discusión seria por la simple razón de que carece de argumentos. Señalarlo no nos libra de caer en la simpleza, el cliché y los argumentos trillados; nos condena a repetirnos y lamentarnos como si de una maldición se tratara. Pero, desgraciadamente, no nos queda otro remedio, porque el silencio sería aún más lamentable.


Este artículo también aparece en el Nuevo Herald.


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