Actualizado: 20/10/2017 18:43
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CENESEX, Código de Trabajo, Gay

Cuba: la parte por el todo para casi nada

Si Raúl Castro hubiera querido complacer a su hija e introducir las peticiones del CENESEX en el nuevo Código de Trabajo, lo resolvía con un simple manotazo en la mesa

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Los activistas LGTB cubanos que se nuclean en torno al Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX) dirigido por Mariela Castro, hija del General/Presidente tuvieron un fin de año henchido de optimismo.

En diciembre la Asamblea Nacional del Poder Popular cerró la discusión del Código de Trabajo remitiendo el documento, tras ser aprobado, a una comisión especializada para que incluyera de la manera más ventajosa las peticiones del CENESEX sobre la no discriminación laboral por razones de preferencias sexuales o por ser VIH. Ciertamente un procedimiento digamos que heterodoxo (un parlamento aprobando un código sin conocer la versión final) pero la ANPP no es exactamente un parlamento y la discusión había terminado con una arenga del vicepresidente que anunciaba una inclinación positiva de la balanza.

Un conocido activista gay allegado al régimen confesó que andaba “sin resuello” de alegría. Y otro, un reputado médico, alababa este paso como un salto adelante en el fortalecimiento de “la democracia y el republicanismo” cubanos, y proclamaba que Cuba era “uno de los pocos países del mundo que aplican un enfoque de género”.

En realidad, tanto el activista como el médico estaban sufriendo esa metamorfosis que conduce desde el exceso de la virtud hasta el desenfreno del pecado, y no creo que el logro, de haberse producido, tenía la trascendencia democrática y republicana que anunciaba el médico. Ni sacaba a Cuba de ese lugar lamentable en que se encuentra en temas de la diversidad sexual. Pero sí hubiera legitimado los trabajos de Mariela Castro y sus allegados y allegadas, y consolidado su posición política en el sistema.

Pero finalmente, nada de ello sucedió, pues la comisión de marras eliminó toda referencia a la diversidad sexual. Y con ello el activista gay recuperó su resuello para quejarse amargamente de algo que todos sabemos: nuestro remedo de parlamento no es nada transparente.

Creo que este revés, no solo para los LGTB sino para toda la sociedad cubana enseña dos cosas.

La primera es que el movimiento por los derechos de las diferentes preferencias sexuales no puede seguir andando su camino a la sombra del CENESEX, aún cuando cuente a esta institución como su aliada. La negativa de la comisión de marras no es más que una muestra pálida y discreta de la homofobia militante de la clase política cubana, que durante muchos años se ha mostrado como represión directa, exclusión y discriminación contra los homosexuales. Los activistas oficiosos han preferido andar siempre de puntillas, resaltando los “logros revolucionarios” con la aspiración de incluir entre ellos un trato más decoroso para los homosexuales que el que han soportado por más de medio siglo. Como si quisieran echar el agua sucia y quedarse con el niño reluciente. Cuando en realidad lo que necesitamos los cubanos y las cubanas —homo, bi y hetero, trans y asexuales— es escudriñar un rato en el agua sucia para entender nuestros problemas en toda la complejidad que estos tienen.

La segunda cuestión se refiere a los atrincheramientos particularistas. La putrefacción política que agobia hoy a la sociedad cubana reside, ante todo, en la capacidad de la élite postrevolucionaria para fragmentar la sociedad y aislar cada una de sus partes. Los reclamos que aparecen en la sociedad civil emergente (no hablo ahora de la oposición que he discutido en otro lugar) regularmente asumen la fragmentación como modo de existencia, y ello permite a la clase política “gerenciar” las demandas sin grandes tensiones ni politizaciones incómodas. Y por eso, como un gran sinécdoque social, cuando presentan su parte como si fuera el todo, no consiguen casi nada.

No discuto que los sectores sociales reclamen, desde sus identidades, sus derechos particulares. La sociedad cubana es diversa y como tal debe manifestarse. Pero deben hacerlo entendiendo que son partes de un sistema. Es impensable que los homosexuales gozarán de derechos inalienables —como esos que proclama Mariela Castro en sus arrebatos frívolos— si no existe en toda la sociedad un sistema de derechos consagrados, civiles, políticos y sociales. O que los afrodescendientes logren eliminar la discriminación racista si toleran otras discriminaciones. Mientras el régimen político cubano siga contemplando los derechos de las personas como un tema de administración y permisividades que se alargan o se contraen según las coyunturas, no habrá derechos para nadie.

Fue lo que sucedió ahora con las demandas del CENESEX, pero sobre todo con la totalidad del Código de marras. Porque en realidad, en cuanto código de trabajo, el tema de las preferencias sexuales resulta periférico. Lo que realmente es grave en este Código de Trabajo es que prohíbe la sindicalización independiente, no consagra el derecho a la huelga, reduce los derechos sociales de los trabajadores y no reconoce el derecho de los trabajadores a conservar una posición laboral no importa cuales fuesen sus opiniones políticas. Se trata de otro paso de la élite política cubana en su proceso de restauración capitalista autoritaria, para lo cual necesitan una masa de trabajadores desposeídos y dominados.

Obviamente, si Raúl Castro hubiera querido complacer a su hija en este asunto, le hubiera bastado un manotazo en la mesa para que todos los diputados hubieran introducido las peticiones del CENESEX. Y le hubiera dado cierto lustre libertario al régimen, que mucho lo necesita. Si no lo hizo debe ser por algún motivo que desconozco. Pero probablemente, a modo muy de hipótesis, creo que estamos en presencia de una de las cosas que el General Presidente puede regalar a una jerarquía católica que pudiera ser más colaborativa políticamente a cambio de un mayor dominio sobre estos campos en que puede desplegar toda su vocación conservadora. Aunque ello vuelva a quitarle el resuello al activista gay que disfrutó su fin de año pensando que algo nuevo y mejor estaba llegando.


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