Actualizado: 28/09/2022 13:56
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O’Rourke, Periodismo, EEUU

Cuba sin encanto

O’Rourke comienza la narración de su estancia en Cuba desde un piso superior del Hotel Nacional, y a su vista todo se presenta de un color gris

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P. J. O’Rourke falleció el 15 de febrero de este año. Un texto de mi excolega (en realidad “medio colega”) Glenn Garvin sobre el periodista y escritor, publicado en Politico, me llevó a recordar la visita de O’Rourke a Cuba en 1996, la crónica al respecto que apareció en Rolling Stone, que leí y comenté en El Nuevo Herald. A continuación, lo que escribí entonces y apreció publicado el viernes 30 de agosto de 1996 en la sección Opiniones del periódico:

Cuba sin encanto

Cuando un pueblo es tan musical como el cubano, surgen extrañas coincidencias: el mejor escrito sobre la realidad de la Isla que he leído en las últimas semanas no aparece en The New York Times ni en The Washington Post, sino en una revista dedicada a la música, Rolling Stone, y casualmente casi no alude a los ritmos cubanos. La crónica “Cubanomics”, escrita por P. J. O’Rourke, no solo muestra una visión sin afeites de la realidad del país, sino que señala una esperanza de salvación para sus habitantes. Que un extranjero —un norteamericano, para ser mas precisos— nos enseñe a los que vivimos en el exilio una realidad que nos está vedada por diversos motivos, es digno de elogio.

O’Rourke comienza la narración de su estancia en Cuba desde un piso superior del Hotel Nacional, y a su vista todo se presenta de un color gris: el mar, las nubes, el Malecón y las viejas casas despintadas. Esa grisura no lo abandonará. No hay el regocijo del turista despiadado en busca de ofertas en el trópico; no existe la ofuscación o el desdén ante el subdesarrollo caribeño; no aparece por ninguna parte el deslumbramiento ante la decadencia, que sufren los que vienen de la abundancia y la modernidad. Todo lo que encuentra a su paso el viajero es fruto del fracaso, desde el caos económico hasta los pésimos servicios turísticos. Solo hay una palabra amable para señalar la belleza de La Habana Vieja. Es por ello que varias veces el autor hace referencia en burla a la guía Fodor’s sobre Cuba. O’Rourke es todo lo contrario al visitante incauto que pisa el suelo cubano, y su crónica es demoledora para la industria turística de la Isla, tanto que los cubanos deberíamos reproducirlo y distribuirlo en masa para terror de inversionistas españoles y canadienses.

Para cada una de las “maravillas” que el viajero puede encontrar en Cuba, hay un comentario irónico: “La Habana luce como Cleveland en 1960, luego de una huelga de 35 años de pintores y mucamas”. Las artesanías dan la impresión de estar hechas con herramientas melladas, por contadores, abogados y profesores universitarios desesperados por obtener algunos dólares. Las tostadas tienen gusto a virutas de madera y el te “el mismo sabor exacto que si un perro pequeño hubiera sido sumergido en agua caliente”. Los tabacos corona Montecristo, comprados en tiendas del gobierno, tienen el mismo aroma y se aspiran con igual encanto que si “el punto de fieltro de una pluma marcador fuera consumido por un fuego lento sin llama”. Hasta los músicos parecen perseguir a los turistas repitiendo incansables una tonada única: “Guan-tan-a-meeeeeera”.

Para O’Rourke, Cuba es un país que parece sumergido dentro de una chapucera maquina del tiempo creada por los rusos, “donde el reloj se ha detenido pero todo envejece”. Solo hay una cosa que despierta simpatía en el periodista: los cubanos. Los prefiere a los turistas, y solo le aburren los funcionarios y académicos con sus respuestas trilladas. En un viaje a Trinidad, su automóvil se detiene. Al principio siente la hostilidad de quienes le rodean, pero cuando estos se dan cuenta de que el vehículo está descompuesto, comienzan a ayudarlo. Es en ese momento que la multitud entera se pone a trabajar: un niño busca herramientas, un hombre de edad similar a la del periodista revisa el filtro de aire, otro limpia el sistema de encendido, un anciano trae agua para la batería, un vecino limpia la tapa del distribuidor, todavía hay otro que desconecta el conducto de la gasolina y comienza a succionar, y el que dice ser mecánico le quita la bomba de la gasolina al motor para inspeccionarla. Al darse cuenta de que no pueden arreglar el automóvil, se niegan a recibir dinero, porque no han podido solucionar el problema. El tiempo empleado no cuenta para los residentes de la Isla: es su única riqueza y lo regalan gustosos. Al final el viajero logra que cada uno acepte 50 centavos de dólar.

Pese a lo triste de la anécdota, 50 centavos es lo que en el peor de los casos se da con pena al desamparado que se acerca a limpiar o ensuciar con un trapo el parabrisas del auto en una esquina del centro de Miami, hay una esperanza en ella. Durante casi 37 años Fidel Castro ha impedido que los cubanos trabajen. En el paraíso de los trabajadores, el trabajo nunca sirvió de nada: no implicaba una mejora en el status de vida, no servía para adquirir una vivienda, ropas, un automóvil, viajar. Como señala O’Rourke, el gobierno cubano no solo eliminó el concepto de desempleo, sino también el del trabajo.

Sin embargo, los cubanos, casi por capricho —nuestra herencia, nuestra idiosincrasia, nuestro clima y hasta nuestra religión católica conspiran contra ello—, somos un pueblo trabajador. Los balseros llegados en los últimos años lo han demostrado. Mientras este espíritu no muera, habrá esperanzas para Cuba.


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