Actualizado: 12/07/2024 0:11
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Castro, Amnistía, España

De amnistías y otras contrariedades

Desde tiempos remotos la historia enseña que para conservar el poder no basta la legalidad; se necesita astucia, y en ocasiones, violencia

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Lo que está sucediendo en España puede parecernos distante a los cubanos, por geografía y por naturaleza. Los hechos son estos: un partido político (Partido Popular-PP) gana las elecciones generales por un margen que no permite formar gobierno. En una monarquía parlamentaria como la española, gobierna la mayoría en la cámara. A veces hay que formar alianzas con otros partidos para gobernar. El partido opositor, Partido Socialista Obrero Español (PSOE) ha buscado pactos para lograrlo. Solo que esos acuerdos han sido hechos con grupos cuya meta es la independencia de sus regiones, o sea, separarse de España. Para dar su apoyo los separatistas exigen, entre otras cosas, amnistía para sus correligionarios, algunos implicados en un fallido intento independentista por el cual llevaron cárcel y otros aún están prófugos de la justicia. La justificación del PSOE es que la amnistía o perdón es la única manera de destrabar el proceso de investidura (elegir presidente) y gobernar, a lo que alguien añade cortar el avance de la derecha en el país. El PP dice que las alianzas con quienes quieren partir a España son ilegitimas porque se han cocinado fuera de la constitución ibérica.

Desde tiempos remotos la historia enseña que para conservar el poder no basta la legalidad; se necesita astucia, y en ocasiones, violencia. Cuando los césares romanos descubrían un complot no solo mataban a los insubordinados sino a toda la familia y a los sirvientes. Quienes por magnanimidad prefirieron desterrarlos pagaron con sus vidas semejante indulgencia. Según ciertos historiadores, Julio César estaba al tanto de la confabulación en el senado. Olvidando su pasado de guerrero —el enemigo en cualquier parte— entró al parlamento sin escoltas y sin miedo La mafia italiana, heredera de emperadores, suele ser menos radical quizás por “culpas” cristianas: perdona a la familia mientras sepa que no habrá venganza.

Un Estado débil no puede permitir clemencia como vía de solución política. Mucho menos si quienes han obrado contra el orden permanecen vivitos y jorobando. Adolfo Hitler, un ex oficial sin proezas en la Gran Guerra, y estudiante de arte que no podía dibujar rostros humanos, comandó un golpe de Estado en 1923 contra la República de Weimar. Fue condenado a ocho años de prisión de los cuales apenas cumplió ocho meses. No engañó a nadie de cuáles serían sus propósitos. En el libro Mein Kampf —“Mi Lucha”— escrito en la cárcel, expone el programa nazista. Bastaron pocos años para que tomara el poder y ensangrentara a Europa.

Nada habían aprendido los europeos de los tiempos napoleónicos. Bonaparte invadió todo el continente hasta donde las nieves y las armas rusas le permitieron. Fue derrotado y confinado a la isla de Elba, donde pensaron se reconciliaría con sus muertos. Pero antes de un año Napoleón escapó y otra vez se puso al frente del ejército francés. Fue vencido en Waterloo, y desterrado a la Isla de Santa Elena, en el Atlántico. Investigaciones recientes y contradictorias apuntan que en el segundo destierro se tomaron otras previsiones: envenenarlo con lentitud y denuedo.

Gústenos o no, uno de los prisioneros amnistiados más famosos en el Siglo XX fue Fidel Castro. Este abogado sin casos importantes resueltos, ni conocido en el ámbito político de los cincuenta, unió a un grupo de jóvenes para atacar la segunda fortaleza militar de Cuba. Un año antes habíase roto el fino hilo de la sucesión presidencial por un golpe de estado. El asalto fue una acción temeraria con todos los visos de alevosía: vestir el mismo uniforme del ejército, la noche y la presumible cruda de los soldados en una ciudad en carnavales. El resultado debería contar como el día más triste de nuestra historia por el saldo de torturados, muertos y una persecución política feroz que trajo más torturas, muertes y exilados.

El líder fue convicto. De veinte años de cárcel apenas cumplió unos meses. Junto a otros atacantes recibió la amnistía. Fidel Castro jamás se arrepintió. Todo lo contrario, dijo como MacArthur que volvería. Y en prisión se preparó, junto a sus hombres, para el regreso con armas a dar batalla a los mismos que le perdonaron la vida y la condena. Hoy sabemos que los aparatos de inteligencia del general Batista estaban al tanto de todo. El “hombre fuerte” de los norteamericanos en realidad era políticamente débil entre muchos compatriotas. Fulgencio subestimó la tenacidad del amnistiado y sabemos cómo sigue la historia.

Curiosamente, el ex máximo líder tuvo “vista” para fusilar a quien él sabía jamás lo perdonarían, desterrar a quienes dentro de la Isla podrían formar “líos”, y encarcelar a ex comandantes por tiempo suficiente para convertirlos en inofensivos ancianos. Dentro de esa selección de no-perdón, no-amnistía, está la iglesia católica. Se sabe que el ex máximo líder salió con vida del desastre del cuartel Moncada gracias al obispo de Santiago de Cuba, Monseñor Pérez Serantes; él lo acompañó hasta el mismo Vivac de la ciudad y dijo que lo entregaba vivo. Si bien el teniente Sarria tuvo una actitud digna, como correspondía a un oficial y masón, la presencia de Monseñor y su compromiso con el cardenal Arteaga de interceder por los asaltantes, hizo que al jefe de la rebelión se le tratara como un prisionero más. Una vez en el poder, Fidel Castro no tuvo piedad con el obispo. Lo insultó y le hizo sufrir por oponerse a la deriva comunista y los fusilamientos, algo que había hecho antes el Arzobispo Pérez Serantes contra el dictador Batista. La iglesia católica fue condenada, desde entonces, a dar el mensaje evangelizador dentro de sus predios.

En una acción también temeraria y diríase que traidora por ser oficial del ejército, Hugo Chávez atacó el Palacio de Miraflores. La orden era asesinar al presidente constitucional. Detenido, en aquella famosa primera entrevista, dijo que “por ahora” no había logrado su objetivo. En la cárcel continuó su actividad proselitista y el gobierno permitió todo tipo de visitas —¿fue allí donde se conocieron Cilia Flores y Nicolás Maduro? Chávez fue indultado, y pudo ser candidato presidencial gracias a una democracia inoperante. Ganó las elecciones de 1999. Había cumplido solo dos años de una condena que debió ser perpetuidad.

Poco después intentaron un golpe de estado contra él. En Fuerte Tiuna discutieron si lo mataban o lo desterraban al país donde mandaba quien decía era su “maestro” —no es difícil imaginar el paradigma chavista. Entonces apareció por allí el arzobispo de Caracas, para que el golpista confesara pecados y prometiera arrepentimiento, cosa que el prelado afirma hizo Hugo con lágrimas en los ojos.

En una jugada magistral, los oficiales más leales asesorados desde Cuba lo devolvieron al poder. Una vez más la iglesia católica, guiada por la misericordia, y los militares más honrados, torcieron la antigua tradición de que todo complot debe terminar con cárcel, muertes y destierros. Al regreso, Chávez no dejó enemigo con cabeza. El arzobispo de Caracas, a quien en parte debía la vida, fue vilipendiado hasta su muerte. El general Baduel, el más alto oficial que garantizó el retorno del barinés al poder, cumplió años de cárcel y falleció en prisión. De los “amigos” complotados pocos quedan vivos en Venezuela. Moraleja: solo un estado fuerte puede permitirse el perdón y el olvido.

El dilema con la amnistía es que, como su palabra lo indica, debe haber una “amnesia” para llegar a la reconciliación como meta final. Si una de las partes recela de la otra o no admite errores, habrá regreso al conflicto. Otro elemento que sigue a la amnistía es la reparación. Esta no puede darse de un solo lado. La reconciliación y la reparación son sendas de dos vías. Y eso solo puede suceder con mutua aceptación de responsabilidades.

Al no vivir en España, este escritor se reserva opiniones personales sobre el trance vigente. Pero al escribir para una publicación llamada CUBAENCUENTO desearía reflexionar sobre nuestro futuro como nación. ¿Será la amnistía un recurso indispensable para unir a Cuba sin quienes tengan las manos manchadas de sangre?

La historiografía comunista ha criticado a los norteamericanos por recomendar a los cubanos no entrar en Santiago de Cuba una vez terminada la contienda del 95. El argumento fue tan racional como estratégico: no había entonces un poder real, establecido, que pudiera evitar la venganza y el desorden. Sesenta años después los “mambises del Siglo XX” entraron a una Ciudad Héroe que se había rendido sin condiciones para evitar el derramamiento de sangre. Antes de los quince días de “poder revolucionario” habían fusilado a más de cien personas.

Puede que la amnistía, perdón o indulto en el caso cubano dependa de cómo termine todo, o sea, las circunstancias en las cuales suceda la inevitable Transición Creativa. Quienes del lado nuestro esperan una “rendición incondicional de los comunistas” continúan menospreciando seis décadas de adoctrinamiento. Habrá que dar margen de salida a quienes admitan sus errores y se comprometan a no volver sobre las andadas. No se puede buscar la armonía, la concordia, arrodillando al perdedor porque mil veces preferirá morir —y hacer morir a inocentes— antes de entregarse sin dar batalla. La justicia para ciertos casos tal vez deba seguir el modelo donde la confesión, la reparación y la penitencia no excesiva han evitado luchas fratricidas.

Para que la Transición Creativa sea posible se necesitan dos condiciones básicas: el poder real debe dar el primer paso, y la diáspora comprender que siempre habrá que negociar, no sin dolor. Solo el régimen puede amnistiar a sus enemigos, que somos casi todos, desde un sencillo escritor, el opositor no violento, el carretillero multado y la madre a quien han quitado la cuota de leche para el hijo de siete años. Para que el perdón sirva necesita del poder. Lo contrario es el caos. Es lo que muestran con elocuencia las transformaciones pacíficas de las dictaduras a las democracias como los casos de Chile, España y Sudáfrica. La dictadura, agotada, convoca. La oposición, flexible, negocia la transición. Lo contrario es una guerra civil. Una guerra como hasta ahora no ha conocido la Isla de Cuba.


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