Actualizado: 10/12/2019 14:39
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Revolución, Economía, Población

Demografía versus «los nuevos revolucionarios»

Es muy poco probable que una población con semejante edad promedio como la cubana, se aventure a hacer lo mismo que la chilena de hoy

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Los nuevos revolucionarios cubanos de hoy pretenden derribar al régimen mediante otra revolución, apoyados en las presiones económico-financieras que contra la Isla han conseguido que dicte el gobierno estadounidense de Donald Trump.

El plan es provocar que el cubano promedio, agobiado por la falta de alimentos, medicinas o de transporte, se tire a la calle, para desde allí exigirle al régimen que tome la evolución democrática que ellos, los nuevos revolucionarios, ponen como condición para comenzar a levantar el sistema de sanciones económico-financieras, de antaño y de hogaño, dictadas por EEUU. Sanciones y medidas tomadas dizque contra el Palacio de la Revolución, pero en realidad contra el cubano promedio, ya que es muy poco probable que a los inquilinos de esa grotesca mole les falte alguna vez el papel sanitario para sus abundantes y saludables deposiciones intestinales.

No me someteré aquí a analizar lo ético de esta propuesta, revolucionaria, ni tampoco su conveniencia política. Me concentraré solo en el realismo demográfico o no de la famosa propuesta de sacar a las calles al cubano promedio por medio del desabastecimiento.

Sociológicamente es bien sabido que las sociedades tienden más a las explosiones sociales revolucionarias mientras más joven es su población. Existe una relación entre la edad promedio de un país, y la probabilidad estadística de que por cualquier razón en el mismo la gente se tire para la calle. En general puede plantearse la siguiente relación: a mayor edad promedio, caerá exponencialmente la capacidad revolucionaria de una sociedad; a menor edad, esa capacidad aumentará de la misma manera hasta los niveles que llegó a tener en Europa entre 1789 y 1848 (coincidentemente la época dorada del revolucionarismo europeo).

Claro, hago notar que solo nos interesa aquí la capacidad revolucionaria relacionada con las insurrecciones populares generalizadas. La menor edad promedio no implica que necesariamente estas insurrecciones deban suceder. La ocurrencia de las mismas depende además de otro conjunto de condiciones, por sobre todo de las barreras que el régimen de la sociedad en cuestión le pone o no a esa capacidad juvenil revolucionaria de expresarse por otros medios menos violentos que la insurrección popular. Si existe una saludable movilidad social, sea a resultas de un fluido traspaso de poderes entre una generación y otra, o simplemente ante la juventud se abren posibilidades realistas de emigrar hacia otros horizontes más atractivos, esa capacidad juvenil no alterará el orden en las calles (fue lo que sucedió en Europa a posteriori de 1848, cuando se abrió la llave de la emigración a EEUU; en no poca medida ahora en Cuba, cuando esa llave no se ha podido cerrar).

Aceptado esto, no cabe más que abrigar pobres esperanzas de que en algún momento los cubanos nos lancemos a las calles, a reclamarle al gobierno la democratización que nos quitará de encima el dedo de una potencia extranjera. No solo por, como se ve, lo embarazoso de ese pedido para una mentalidad, la cubana, tan afectada históricamente por el nacionalismo, y hasta el chovinismo (salir a la calle para en definitiva hacer lo que quiere una potencia extranjera, no importa si manipulada por los intereses de los émigrées). También por razones demográficas.

Cuba es hoy una sociedad muy envejecida. Es de hecho la más envejecida de todas las Américas si en lugar de solo fijarnos en el por ciento de su población con 60 años o más, concentramos nuestra atención en su edad promedio. En Cuba esta supera los 40 años, algo que solo ocurre también en Canadá (aunque la tendencia al envejecimiento promedio es allí algo más lenta).

Cuba, con un por ciento de ancianidad comparable al de Uruguay, supera en varios años a ese país en cuanto a la edad promedio de sus habitantes (39). O lo que es lo mismo, en nuestro país el cubano promedio es ya un cuarentón, casi doce años mayor que el latinoamericano promedio, ahora en sus lozanos treinta.

Comparemos a propósito a Cuba con otra sociedad latinoamericana en que hoy las manifestaciones callejeras amenazan al anterior orden institucional: Chile. Mientras el cubano promedio es un cuarentón de 42 años, casi 43, el chileno promedio tiene 32. Por cierto, en el ecuatoriano promedio no alcanza los 30, y el boliviano no llega a los 25.

Si sabemos que en toda Latinoamérica la capacidad revolucionaria ha disminuido, y que el malestar chileno en su relativamente juvenil sociedad, ante la enorme desigualdad allí imperante, ha debido esperar años antes de llegar a manifestarse a la manera de una insurrección popular: ¿qué esperar en el caso cubano? ¿Acaso que la gente se tire para la calle cuando ya la edad promedio, en rápido aumento, alcance los cincuenta?

No creo que alguien pueda imaginar una revolución de cincuentones. Más en el caso cubano, donde tener cuarenta es ya padecer los achaques físicos y espirituales que un canadiense no sufrirá más que al aproximarse a los sesenta. En que la tendencia a encerrarse en un pequeño cachito de mundo que se defiende con uñas y dientes, a aislarse con lo poco que se ha alcanzado a reunir, se da más rápido que en ninguna otra sociedad del mundo en desarrollo.

La conclusión es obvia: es muy poco probable que una población con semejante edad promedio como la cubana, se aventure a hacer lo mismo que la chilena de hoy. Pero es aún menos probable si tenemos en cuenta la estructuración del régimen cubano, con un eficientísimo sistema de control y represión profiláctica.

Incluso si una parte de la población cubana, ese escaso 10 % que vive la década revolucionaria, entre los 14 y 24 años, se lanzara a la calle, ¿qué efecto real podría tener en obligar al régimen a entrar en un proceso democratizador? Si en Venezuela, con una edad promedio casi 15 años menor (28), una población en la mencionada década que se acerca al 20 %, y un sistema de control y represión mucho menos efectivo que el castrista, no se ha logrado nada: ¿qué conseguiría en Cuba un movimiento semejante?

Salvo que juguemos en realidad a obligar a una intervención americana en Cuba, a nada.

Pero hay más: por tradición histórica la sociedad cubana no ha sido nunca revolucionaria en el sentido de grandes movimientos de insurrección popular, de tirarse a la calle. Las revoluciones independentistas fueron llevadas adelante por ejércitos libertadores que nunca superaron el 3 % de la población isleña, y la de Fidel Castro fue la obra de apenas unos miles de jóvenes. En Cuba la gente se tira para la calle más bien después que ya una minoría, los famosos grupúsculos de siempre, no solo de ahora, ha logrado hacer la revolución, no antes.

Incluso la única vez en que un movimiento popular derribó a un gobierno en Cuba, en el verano de 1933, las circunstancias del hecho no hacen más que apoyarnos en nuestra desconfianza de que una insurrección general vaya a resolvernos el asunto: en primer lugar, la gente no se tiró a la calle, solo se encerró en sus casas, en una huelga nacional de brazos caídos. A lo cual solo se llegó, por demás, cuando un considerable por ciento de la población no tenía literalmente más que harina de maíz para comer. O sea, los cubanos no se atrevieron a su único acto masivo de resistencia más que cuando ya no quedaba para comer más que una comida que no hacía ni cincuenta años no comían los esclavos, porque a estos se les daba, sí, pero con abundante tasajo y manteca, no con azúcar.

Y a esta reacción tan poco común del cubano promedio se llegó cuando la edad de este rondaba por los 20 años. O sea, ¡que la única vez en su historia en que los cubanos han hecho algo semejante a tirarse para la calle, la edad promedio del país andaba casi 23 años por debajo de la de ahora!, ¡cuando casi un 25 % de la población tenía entre 14 y 24 años de edad!

Pretender que mediante presiones de una potencia extranjera la población cubana se lance a la calle para obligar al régimen a comenzar un proceso democratizador no es solo éticamente reprobable, y políticamente contraproducente, es también un esfuerzo condenado al fracaso.


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