Actualizado: 23/09/2022 21:11
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Colonialismo, Independencia, Política

Descolonizar Cuba

La única descolonización realista pasa por admitirnos como lo que somos: pueblo europeo trasplantado a un archipiélago en la cara atlántica de Las Américas

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Aquí no entiendo descolonización en el sentido original de independencia política de las antiguas metrópolis, europeas en lo fundamental, ocurrido tras la Segunda Guerra Mundial en África, Asia, y el Caribe. En este trabajo me refiero al proceso propuesto por los críticos de Occidente, mediante el cual las nuevas naciones independientes, u otras ya independizadas de mucho antes, pero de modo incompleto, a criterio de los mencionados críticos, deben buscar en su pasado anterior a la colonización, o en todo caso en los grupos que en propiedad no cabe identificar como colonizadores, los elementos para crearse, o recrearse, una cultura autónoma. Proceso cuya meta es proporcionarles a esas naciones independizadas el marco cultural suficiente para liberarse del eurocentrismo, y alcanzar una “verdadera independencia” del Centro europeo y norteamericano del Sistema Mundo actual.

Esta visión de la descolonización, presentada en un inicio por las escuelas poscoloniales y decoloniales, alimentadas en o por la academia europea o norteamericana, ha tenido un gran incremento en los últimos años con la multiplicación por todo el mundo de movimientos autoritarios regionalistas, enfrentados al proceso de globalización y a los valores liberales. En el caso cubano puede incluso afirmarse que la Revolución de 1959 fue una de las grandes inspiradoras de esta visión radicalizada del concepto, a nivel global. En Cuba el poder político revolucionario, heredero del nacionalismo romántico decimonónico, hizo suya esta visión de la descolonización casi desde el mismo 1959, y aquí ha encontrado su expresión teórica máxima en obras como Calibán, de Roberto Fernández Retamar.

Sin embargo, la realidad es que en Cuba la idea de descolonizarla, desde este enfoque cultural en su versión más radical, aquella que apuesta a buscar las bases de una cultura autónoma, des-europeizada, en el pasado pre-colonial, solo podría significar despoblar al Archipiélago Cubano, ya que es evidente que a diferencia de otros pueblos, en el nuestro los habitantes y la cultura “originaria”, anterior a los colonizadores y quienes con ellos vinieron, no existen desde hace mucho. No en balde en verdad Cuba se despuebla al presente, a un ritmo de retroceso poblacional que nos sitúa entre los diez casos más graves del mundo actual, gracias a un régimen político que ha hecho de esa descolonización cultural, de esa “des-europeización”, un punto esencial de su propuesta a la Nación.

Partamos de que es problemático intentar definir cuál fue esa población y cultura “originaria”, ya que a los habitantes que encontró Colón en su primer viaje, los taínos, los había precedido al menos otras gentes y otra cultura, paleolítica, la cual subsistía al oeste de la isla mayor, y probablemente tan al levante como en algunos de los cayos adyacentes a la actual provincia de Camagüey.

Puede hablarse de descolonizar Perú, México, Congo o la India, porque el grupo étnico sino originario, por lo menos en control en el instante inmediato anterior a la llegada de los europeos, aún existe allí, y sin duda buena parte de su cultura ancestral pre-moderna. En esos casos se puede incluso fantasear con refundar una sociedad bastante parecida a la azteca, maya, inca, hindú o congoleña, por más que de seguro ello no ayudaría a que las dichas sociedades superarán las dificultades que han encontrado tras las independencias. En el caso de Cuba, cuando de los taínos, “siboneyes” y “guanajatabeyes” que encontraron las huestes de Don Diego Velázquez solo quedan rastros de ADN mitocondrial, definitivamente no.

La doctora Beatriz Marcheco Teruelo, directora entonces del Centro de Genética Médica, al presentar la hasta ahora más completa investigación sobre la composición genética de la población cubana, la cual incluyó personas de ambos sexos, mayores de 18 años, de todas las provincias del país y del 81 % de los municipios, declaró: “un 70 % de la información genética proviene de ancestros europeos, alrededor de un 20% proviene de esclavos africanos que fueron traídos a Cuba, o sea, de nuestros ancestros africanos, un 8% viene de nuestros aborígenes, de nuestros primeros habitantes de la Isla, y cerca de un 2% de los chinos, de los asiáticos que fueron traídos a Cuba ya fundamentalmente en el siglo XIX…” (https://www.cubaahora.cu/ciencia-y-tecnología/de-donde-venimos-los-cubanos-segun-estudios-de-adn).

De lo dicho queda claro que tampoco en el balance poblacional, el cual cabe suponer proporcional al genético, hay mucho fundamento para buscarnos una identidad autónoma, des-europeizada, en el principal grupo llegado en el periodo colonial, pero no como colonizador propiamente dicho: los africanos transportados a la fuerza a este lado del Atlántico, para ser usados como mano de obra esclava. Ello con más razón si nos damos cuenta del considerable peso genético africano que heredamos directamente desde España, de los norafricanos sobre todo en el sur ibérico, de dónde procedía en lo esencial el núcleo colonizador, e incluso de los subsaharianos llevados a Al-Ándalus por el primer comercio esclavista, controlado por el mundo musulmán. Porque en un final el asunto aquí no es genético, sino cultural, y sin duda esos genes africanos que llegaron a nuestro balance genético desde España, representan a una población culturalmente más europea propiamente dicha que africana. Lo cual nos permite afirmar que el aporte poblacional europeo a Cuba es varias veces superior al africano, y que ese 20% mencionado en el estudio no pertenece solo a la herencia dejada por los esclavos traídos desde África a América, como afirma la doctora Marcheco, sino que incluye también a una parte de individuos propiamente europeos, no africanos.

La sociedad transnacional cubana es por tanto hoy, incluso en la Isla, donde la presencia europea ha disminuido con las sucesivas oleadas emigratorias posteriores a la Revolución, mayoritariamente compuestas por “blancos”, una nación genéticamente descendiente de individuos procedentes de Europa, caucásicos o no. Por lo tanto, poblacional y culturalmente somos también en esencia descendientes de Europa, lo cual queda claro si nos damos cuenta de que nos expresamos todos en una lengua europea —somos la única nación hispanohablante en que todos nos usamos el español como lengua principal—, o que en lo esencial las imágenes usadas por nosotros en la comunicación son las mismas que utiliza cualquier europeo contemporáneo —se da el caso que por nuestra influencia cultural rusa, somos los latinoamericanos que mejor nos entendemos con un europeo oriental, su literatura o su cine.

El predominio de la influencia europea en la formación de nuestra cultura puede apreciarse mejor si tenemos en cuenta que, por ejemplo, en el devenir colonizador los que llegaban no tuvieron la necesidad de adoptar las experiencias de los que ya vivían acá. Tomemos el caso de las diferencias climáticas a enfrentar por el núcleo colonizador principal, en lo fundamental andaluz: nunca fueron tan grandes como para que se viesen obligados a preferir las costumbres y experiencias de los aborígenes ante el calor, a las propias. Ello explica, por ejemplo, por qué las técnicas constructivas, y los materiales de los habitantes anteriores a la colonización, no trascendieron más allá de la etapa inicial o de las construcciones precarias, ya que para enfrentar el calor excesivo los recién llegados habían creado en su región mediterránea de procedencia, con sus propios materiales, también presentes acá, una arquitectura ideal. El que ciudades separadas por todo un océano, como Cádiz y La Habana, resultaran casi la misma ciudad a fines del siglo XVIII, se explica en el pronto abandono del bohío circular por los colonizadores –en propiedad, el bohío del guajiro cubano de 1830, descrito por Anselmo Romero Suarez, le debe más a las técnicas del Viejo Mundo, que a las de los taínos.

Y es que los pueblos como el cubano son en esencia sociedades europeas trasplantadas a otro clima, otra latitud y longitud, con una importantísima influencia china, en nuestro caso particular, pero por sobre todo africana. Influencia cultural esta última que sin embargo no cabe magnificar, hasta el punto de pretender igualarla, o hasta suponerla más importante que la europea. Partamos de que algo así no encuentra justificación en el aporte biológico africano, significativamente menor al europeo, como hemos visto más arriba, y mucho menos dada la situación de subordinación y exclusión a que eran sometidos los negros llegados desde África, en la sociedad colonial cubana.

Tengamos en cuenta que los africanos, incluso antes de llegar a Cuba, eran sometidos por la Trata a un salvaje proceso de aculturación, en el cual se los separaba de la gente de su tribu, y se los encerraba con multitud de africanos de otras procedencias en las bodegas de los barcos negreros. Este proceso de mezcla se repetía luego a conciencia en la plantación cubana, para hacer más manejables a las dotaciones. En consecuencia, ello daba lugar al surgimiento casi inmediato de un ajiaco cultural “africano”, el cual, sin embargo, no podría haberse formado sin la intermediación de la cultura de las clases bajas europeas. Clases con las cuales los cautivos entraban en contacto a veces desde antes de su captura, y con las cuales convivía durante los largos meses del viaje oceánico, antes de llegar a Cuba. Clases cuyo idioma, e imágenes, estaba obligado a dominar, ya no solo para comunicarse con los blancos pobres a su alrededor, sino incluso para conseguirlo con los cautivos africanos de otras tribus o naciones que conformaban la dotación del ingenio, o del cafetal.

En el caso cubano, además de esa presencia constante de los blancos pobres europeos durante toda su vida, desde que eran capturados en África, o nacían de este lado del Atlántico, hasta su muerte, tanto en el caso de los esclavos de las explotaciones agrícolas, como en el de los negros, libres o no, de ciudad, se daba también la significativa presencia de los negros transculturados ya en España. Entre los cuales cabe destacar a los llamados negros curros. Un grupo muy influyente en la particular subcultura del negro cubano urbano, a los cuales en esencia no cabe calificar de africanos propiamente dichos, sino de déclassés de las ciudades andaluzas. Gente a la que no se encuentra cómo incluir en una historia típica del folclore africano pre-colonial, pero que sin embargo encaja de maravillas en un relato picaresco del Siglo de Oro, o mejor, en una noveleta de Cervantes.

No en balde estudiosos americanos del jazz, para nada supremacistas blancos, señalan al presente la presencia en este de una mayor influencia de las músicas gitanas, hebreas, y en general de las clases bajas europeas, que de las de la Costa de Marfil, o Costa de Oro. No sorprende tampoco que para quienes han estudiado las respectivas religiosidades, y sobre todo para los mismos religiosos cubanos que han tenido ocasión de viajar a aquellas regiones, resulte evidente que en la afrocubana hay más elementos procedentes de las religiosidades mediterránea, del Próximo Oriente, o de las incontables “brujerías” europeas, que de la de las más arriba señaladas regiones africanas.

El hecho es que en la mayor parte de Las Américas, y sobre todo en Cuba, la influencia africana ya de por sí tuvo que reinterpretarse a través del prisma transculturador de la cultura popular europea, para alcanzar a influir. Sin haber usado ese medio cultural para condensarse, en Cuba hablaríamos hoy de dos culturas separadas: una cultura de los “blancos”, y una caótica y mal amalgamada cultura de los negros. Lo cual, de manera evidente, no es nuestro caso, por más diferencias que puedan identificarse todavía entre ambos grupos: en Cuba, por ejemplo, es raro el negro cubano actual que recuerda su nación de origen en África, considerándose todos simplemente cubanos, o en todo caso, afrocubanos.

No nos engañemos, la única descolonización posible en Cuba pasa por el abandono de esa idea de nosotros mismos que nos han impuesto las academias occidentales, y sobre todo académicos e intelectuales cubanos “descolonizados”, quienes a la brava han querido meternos en una horma que no es exactamente la nuestra.

La única descolonización realista pasa por admitirnos como lo que somos: pueblo europeo trasplantado a un archipiélago en la cara atlántica de Las Américas. En el cual, como en cualquier dependencia colonial secundaria, o incluso unidad política alejada del centro en la propia metrópoli, la herencia dejada por las clases altas europeas, y sobre todo por la alta cultura europea, ha sido mínima, hasta muy tarde en nuestro proceso formativo. Téngase en cuenta que todo parece indicar que en Cuba no tuvimos imprenta hasta el siglo XVIII, siglos después que las hubiera en Nueva España, o el Virreinato del Perú; o que la calidad de todo lo escrito en Cuba, previo a la generación de Francisco de Arango y Parreño y José Agustín Caballero, es muy menor, solo apreciable por la información que brindan sobre el devenir colonial.

En Cuba, en resumen, cabe hablar de un ajiaco de culturas europeas de clase baja (lo cual incluye a lo andaluz, o sea, a lo islámico: porque lo islámico no es ajeno a Europa), como elemento central y núcleo de lo que somos, al cual se le ha agregado mucho quimbombó y algo de salsa china. Caldo de diversidad global el cual comenzamos a cocinar, a partir de cierto momento a mediados del siglo XIX, en una olla de presión hecha en los suburbios de Boston o Connecticut. Ya que de ninguna manera debe menoscabarse la influencia americana en lo que somos, y sobre todo en lo que hemos sido a partir del momento en el cual nos propusimos independizarnos de España.

Somos, en fin, descendientes genéticos de españoles y africanos, en ese orden; culturales y caracterológicos de españoles de los del montón, pero muy influidos en lo material por la mentalidad de nuestros vecinos del Norte. Porque como hemos intentado exponer aquí, lo que nos ha dejado el África Subsahariana ha sido reinterpretado, desde un inicio, a través del prisma transculturador del núcleo cultural ibérico; y en cuanto a la herencia de los pueblos originarios, neolíticos, ya hace mucho ha desaparecido.

Entender esto en un mundo que ha entrado de a lleno en una crisis climática, y en una nueva Guerra Fría, en que la racionalidad económica y las necesidades de defensa obligan al abandono de los pequeños nacionalismos de municipio con manías de grandeza, para en su lugar sustituirlos por federaciones o confederaciones regionales, de dimensiones incluso supra-continentales, es vital para saber hacia dónde debemos mirar los cubanos en lo que nos queda de siglo, y más allá…


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