Actualizado: 18/08/2022 7:35
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El golpe de los huracanes

Desde San Germán y Antilla

Una vecina: «El próximo ciclón voy a ser yo, si tratan de ponerme en la calle».

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Bañado por las aguas del río Cauto y escondido entre la maleza de las maniguas orientales de Cuba, San Germán es un pueblo que ha esquivado siempre los grandes huracanes, excepto Flora e Ike.

Después de una devastación venida de manos burocráticas y alentada por el olvido gubernamental —ya que la industria azucarera le dio la espalda—, el huracán Ike vino a multiplicar la desgracia acumulada.

"Esta tragedia demuestra que no le importamos nada al gobierno. A ningún 'jerarca' se le voló el techo de la casa. Ninguna de las viviendas afectadas estaba con las mínimas condiciones arquitectónicas, ellos siguen empeñados en las viviendas de bajo costo, y el costo sigue siendo alto para nosotros", dijo a CUBAENCUENTRO.com Lidia, una vecina del Consejo Norte que perdió casi todo el techo y un par de ventanas de su casa.

Una muestra que describe mejor la penuria en que ha caído casi todo el oriente de la Isla es que casi el 50% de las casas derribadas pertenecen a los planes de "viviendas populares", también conocidos como "casas de bajo costo".

Otro botón de muestra es que horas antes de llegar el fenómeno meteorológico, los ciudadanos no tenían clavos, tablas, scotch tape, para asegurar ventanales de cristal, ni aseguramientos mínimos requeridos para tales efectos.

Retirado de una empresa local de construcción, denominada "Fábrica de casas", a Carlos le viene bien el refrán de "en casa del herrero, cuchillo de palo".

En 1999, el ciclón de turno le voló el portal de la casa y le derrumbó dos paredes de la cocina, sin que pudiera hacer nada en mucho tiempo. Luego de una enconada porfía con las autoridades, le vendieron dos quintales de cemento y se las ingenió para buscar el resto de los materiales necesarios. Ahora se cumplieron nueve años esperando siete planchas de zinc para su techo, y el huracán Ike le agravó la miseria.

Dos días después del paso de Ike, una larga cola de gente esperaba frente a las direcciones municipales de la Vivienda en Holguín, Banes y Antilla, para declarar las afectaciones en sus propiedades, ya que las llamadas Comisiones de Verificación y Control no aparecían por ningún lado.

En unos lugares, los delegados del Poder Popular pasaban, tomaban nota y se marchaban; en otros, un camión repartía tejas de asbesto-cemento, pero no traía los tornillos fijadores. Y, en los más de los casos, aún no aparecían los materiales. Las autoridades aconsejan "ir resolviendo con medios propios".

"A mi casa no pasan", dijo L. Méndez, mientras empuñaba un par de pedruscos contra funcionarios que fueron a entregarle tres tejas de zinc galvanizado. "No quiero limosnas, prefiero que otro ciclón me lleve la casa completa", expresó airado este sangermanense de la calle 13, entre 20 y 22.

Mientras, la basura mediática oficial se cierne sobre los radioescuchas y los pocos y privilegiados televidentes.

"Solidaridad", "confianza", "firmeza" y "razón" son términos que saturan al más mendaz de los acólitos del gobierno y se empinan ante cualquier queja. En la televisión nacional no hay espacio para el pesimismo ni para el espíritu de derrota.

Horas antes de la llegada del mencionado huracán, fueron desabastecidos los establecimientos de alimentos en divisas y cerradas tempranamente las unidades de gastronomía popular, comedores y restaurantes. Sin oportunidades de guardar alimentos, la familia se fue puertas adentro y con la barriga vacía.

"Estoy desesperado, no sé a donde ir, tengo al niño sin leche para desayunar, no tenemos aceite para cocinar, esto es un castigo de Dios. Yo vi a la gente desfalcando los almacenes del Estado para llevarse el techo y ponerlo en sus casas. La policía no pudo con ellos. Mi casa es un potrero vacío", dice Cristian Toranzo Fundichely, que vive frente al cuartel de la Policía en Antilla.

Un grupo de mujeres camina por la calle principal de ese pueblecito recostado a la Bahía de Nipe, por donde una vez, según la leyenda, apareciera la Virgen de la Caridad del Cobre. Van presurosas porque les han dicho que venderán plátanos y algunas frutas. En varios días de hambruna es la primera vez que ofertan algo de comer.

De entre ellas, Mildred Sánchez es la que accede a declarar. Está viviendo en la Dirección Municipal de Educación y tiene dos hijas. Su casa de madera, de más de sesenta años, se desplomó con los primeros vientos y no tiene adónde ir.

Ella es una pública opositora al gobierno y ya le han indicado que debe abandonar el local, la oficina que le prestaron para que amontonara los pocos bártulos que le quedaron.

"Por aquí pasó ese huracán y se llevó medio pueblo. El otro ciclón voy a ser yo, si tratan de ponerme en la calle", dijo a CUBAENCUENTRO.com.


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