Actualizado: 16/05/2022 14:14
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Discurso, Lenguaje, Opresión

Dictadura y lenguaje (I)

El discurso del totalitarismo, y sobre todo su pedagogía, se basa en hacer interpretaciones de la realidad o de lo que dicen es la realidad, pero nunca descripciones reales de los hechos

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Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.
Ludwig Wittgenstein

I

A la pregunta a un recién llegado a Miami que donde se iba a quedar, respondió que en casa de un tío suyo, quien había sido… mercenario de Playa Girón. Traté de corregirle: mercenarios son extranjeros que reciben paga por servicios militares contra otro país. Los invasores de Bahía de Cochinos —donde Playa Girón es solo un pedazo— eran todos jóvenes cubanos que no recibieron ni un solo dólar por ir a pelear contra el gobierno de su propio país. Y le hice una advertencia compasiva: al llegar a esta Habana del Norte hay que aprender a hablar de nuevo; hay que cambiar el chip: las palabras tienen consecuencias, significados, historias y memorias; las de las víctimas y los supuestos perdedores.

Incluso quienes no tienen por el régimen la más mínima simpatía, como la madre de un amigo que vive en la Isla, ha llegado diciendo que la televisión y el radio son imposibles de ver y oír porque “todo lo justifican con el bloqueo, el bloqueo, para ellos tiene la culpa de todo”. Una vez más la urgencia de desmontar la narrativa aprendida para bien de la señora: si hubiera bloqueo, ni ella ni nadie proveniente de Cuba podría entrar a este país; probablemente no comería pollo antes de venir, y el dinero con el cual pagó los pasajes, dólares, no volarían a la Isla bloqueada.

Todos los regímenes opresores, dictatoriales, desde los matrimonios, las familias, hasta empresas y países crean unas historias dominantes u opresivas con sus propias palabras y neologismos. Neolengua. En el siglo XX varios lingüistas, filósofos y psicólogos estudiaron el tema tras el surgimiento de los sistemas totalitarios de derecha e izquierda, fascista y comunista. Hay al menos dos condiciones básicas para que la sociedad totalitaria logre imponer su propia narrativa, y los individuos no solo no busquen información alternativa pues no pueden, sino que acepten sin ninguna duda toda la información dada como verdad absoluta.

La primera condición en una dictadura personal, familiar o social es el control poco más o menos total de los medios de comunicación y la enseñanza. La información tiene un solo emisor, un solo lenguaje. No puede haber dos mensajes que se contradigan, incluso que usen palabras distintas para nombrar una misma cosa. La otra condición es bloquear —este es un bloqueo real— toda información o lenguaje alternativo. Atrapado el individuo en una especie de apartheid comunicacional, no puede hacer otra cosa que aceptar la información que recibe aun cuando la realidad le está comunicando algo completamente distinto.

Este “ajuste” del cerebro humano a la dicotomía discurso-realidad se llama reordenamiento cognitivo. Imaginemos entonces que en los dos ejemplos citados al inicio ha habido un proceso de (de) formación del lenguaje en función de construir una “realidad” distinta a la verdadera. Sin embargo, lo peor de la narrativa opresiva, dominante, en sistemas dictatoriales son las conductas y los —malos— sentimientos y conductas que generan en los individuos. Es así que, al tildar a los opositores de mercenarios, o sea, pagados por una potencia extranjera, además de mentir en muchos casos, anulan el mensaje atacando al mensajero, y evocan en el receptor —el pueblo— resentimientos y odios que catalizan en los llamados actos de repudio. El repudiometro es directamente proporcional al significado que en el lenguaje tenga la palabra para cada individuo.

Algo parecido sucede con la palabra bloqueo. No tiene el mismo significado moral la palabra bloqueo, que desde la antigüedad es sinónimo de cerco asfixiante, a embargo. Si a cualquier hijo de vecino le preguntaran por la necesidad de quitar el bloqueo a Cuba diría que sí. La palabra bloqueo es muy fuerte. Fea. Pero si se le explica que la Isla comercia con el país bloqueador, que la tercera parte de las divisas con las cuales sostiene su economía vienen de allí, y que hay vuelos diarios entre el bloqueado y el bloqueador, entonces quizás cambiaría bloqueo por embargo. Un embargo es una medida totalmente ética y justa, aplicable contra quien no paga o roba. La misma persona pudiera cambiar su mapa cognitivo y aceptar la necesidad embargar a aquel que no cumple con sus compromisos. Por supuesto, que funcione o no el embargo, y el por qué y para qué son otros temas.

Para que las palabras o neolengua dictatorial sea efectiva, produzca conductas y emociones deseadas —rencores y odios, ofuscamiento, lealtades fatuas— es importante que la narrativa tenga un tiempo, un espacio y un ordenamiento capaz de transformar la historia —y al hombre como destinatario— en un ambiente opresivo y del cual no puede escapar.

II.

En un discurso opresivo lo primero que tenemos es un tiempo detenido, congelado. Lo que sucedió hace sesenta años tiene vigencia en el presente. Los sucesos que tienen algún valor referencial están en el pasado. Nunca hay una lectura crítica, dinámica de esas historias referenciales. Hacerlo significaría introducir ruidos que pondrían en duda el presente y el futuro. Hay un ejercicio que por su importancia podría adquirir la categoría de pedagógico: tome usted cualquier publicación cubana de los últimos sesenta años y compare las noticias y los discursos de entonces con los de ahora.

La noticia o el discurso podrían haber sido hechos en 1962 o 1972, o 2022, salvando, por supuesto, las necesarias distancias. No habrá repaso a la historia de fracasos sino de supuestas victorias presentes y futuras.

Otro elemento de narrativa opresiva es el uso excesivo de sustantivos y adjetivos invariables y la generalización como método de uniformar el pensamiento. El lenguaje dictatorial pocas veces admite diferencias. Los países enemigos son descritos de manera estática, y sin hacer distinciones: malos y buenos. Y por supuesto, los buenos están del lado quienes escriben o educan. Las etiquetas, que son adjetivos, funcionan aquí como roles: el gusano, el compañero, el que viaja, el dirigente, el mercenario… No menos importante, es el uso de sustantivos como etiquetas. Un gracioso incidental: en la ciudad de Miami han creado un equipo de softball para veteranos que se hacen llamar Gusanos. Llevan en sus camisetas el apelativo que todavía se usa contra quienes no comulgan con el régimen.

La historia como parte de la narrativa ideológica es siempre lineal, nunca circular, nunca equívoca. En el discurso hay una cadena de hechos cuasi providenciales, místico-religiosos que mezclan fantasías con realidades, y que negarlos es como cometer un pecado de lesa espiritualidad comunista. Esa construcción ahistórica no salió del Comité Central, sino de las primeras imprentas en 1959. Basta revisar las revistas Bohemia de ese año para comprender que el pecado original ya venía de la república, acostumbrada a ensalzar a los ganadores y hacer talco a los perdedores.

Otro elemento del lenguaje opresivo es la descontextualización de los hechos. Hay pocas cosas más paralizadoras que obviar el contexto en cual se produce o se dice algo. Cada suceso o discurso tiene un lugar y un tiempo, y no vuelve a repetirse. Hacer creer que las cosas son siquiera parecidas a lo que eran hace apenas diez años, además de mentira es condenar al ser humano a permanecer en la inacción. Ese es un elemento de peso al evaluar el llamado Continuismo como falacia, embuste. No se puede continuar algo que pertenece a un contexto, y que fuera de él no tiene relevancia. Es una verdad desde los tiempos de Heráclito: no gobernarás dos veces al mismo pueblo… sin el apellido Castro.

De igual modo el discurso del totalitarismo, y sobre todo su pedagogía, se basa en hacer interpretaciones de la realidad o de lo que dicen es la realidad, pero nunca descripciones reales de los hechos. Los amanuenses publican lo que quiso decir fulano, no lo que dijo y por qué lo dijo. Tal vez por esa razón disgustaron tanto las homilías del papa Juan Pablo II, y sobre todo la de monseñor Pedro Meurice. O el discurso del presidente Obama. O la olvidada disertación de Jimmy Carter en el Aula Magna de la Universidad. Todos esos discursos tuvieron que ser publicados sin interpretaciones. Después vendrían las exegesis —interpretación teosófica— del Órgano Oficial del Partido Comunista, y las réplicas a cargo de los medios de comunicación provinciales.

III

Como la función primera del lenguaje dictatorial es cambiar la mente y los corazones humanos a partir de secuestrar las alternativas —no hablemos siquiera de la verdad— una parte importante es suavizar las palabras que por su significado ético afectan el discurso opresor. Eso se conoce como eufemismo. En su sentido práctico, el eufemismo pudiera llamarse también ambigüedad o disimulo. No es privativo, por cierto, de las dictaduras. También las llamadas democracias ocultan sus heridas y fealdades con suma elegancia y socarronería.

En ese sentido, Cuba bien puede optar por un premio. La neolengua castrista ha llegado a imponer varias palabras ambiguas en el mundo hispanoparlante. Parecería algo insulso, sin mucho sentido, llamar a una prostituta, jinetera. O un desempleado, interrupto o disponible. A un vagabundo, deambulante crónico. Un empresario privado, cuentapropista. El robo en una tienda o bodega, faltante. Al hecho de robar, resolver. Sin embargo, detrás de esa cuasi inocente y puede que simpática renombrada se oculta un fenómeno psicológico que pasa inadvertido: invisibilizar el fracaso.

Según el discurso oficial la prostitución desapareció en la isla en 1959. Pero al renacer durante la dolarización de los noventa, hasta el Finado las llamó jineteras, quitándole carga política y moral a la palabra prostituta. Son las mejor educadas del mundo, dijo. También Cuba presumía de tener empleo total. El trabajador cubano estaba seguro en su puesto. Cuando se cerraron cientos de fábricas durante el mal llamado Periodo Especial, cientos de miles quedaron disponibles. En la Isla no hubo desempleo sino interrupciones de empleo. De la misma manera, la revolución cubana había terminado con el vagabundeo. La mayoría pacientes psiquiátricos, eran ahora atendidos en uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo. Solo que, al acabarse los insumos y consumos soviéticos, aumentó el número de enfermos y decreció el número de camas: según ellos, los pacientes comenzaron a caminar sin descanso, crónica y deliberadamente.

Los eufemismos en los regímenes totalitarios buscan, además de quitar responsabilidades y cambiar el significado y reforzar el discurso dominante, hacer no responsable la manera de actuar ambigua, reprochable, poco ética. Así, la jinetera que no es prostituta puede hacer su oficio de manera libre porque “jinetea” no se prostituye, no la hace por dinero sino por oficio por poco respetable que sea. El desempleado busca otro trabajo, o ninguno, y se dedicara a resolver, pues él es un elemento disponible, ni más ni menos como una tuerca, un tornillo, un pedazo de ser humano a disposición de quien sabe quién. Los dueños de cafeterías, casas de huéspedes, o paladares —nunca restaurantes, esos son del gobierno— nunca deberán creerse empresarios, dueños, patrones. Siempre estarán por cuenta propia, con todo el riesgo y la adrenalina que implica ir a su aire. En los últimos años han sido llamados también emprendedores, como si siempre estuvieran comenzando; el techo del emprendimiento o arrancada termina cuando aparecen los inspectores, brazo secular de los controladores, verdaderos dueños del circo.

IV

Hay todavía otro lenguaje, mas críptico, subterráneo, marginal. Es aquel que designa las cosas y las personas de manera contextual, sin afeites ni sonrisas. El lenguaje de la libertad. La palabra de la acritud y la miseria, del prisionero y del cimarrón, del rebelde que expresa sus frustraciones y esperanzas. Si bien esa lengua ha existido siempre, y en el caso de nuestro país se ha fusionado el acervo africano, el decir de la plantación azucarera con la cultura cristiana española de la hacienda, la marginalidad en la cual ha vivido una parte importante de la población durante los últimos 50 años ha degenerado el idioma y las buenas maneras de conversar a un punto en que a veces intercambiar con jóvenes venidos de la Isla parece imposible. Es un no-valor añadido a la muy deteriorada economía personal y nacional. Algo así como dime como hablas y te diré de dónde vienes; o si se prefiere la paráfrasis marxista: el hombre habla como vive.

El desperfecto idiomático es tan pronunciado que cuando el recién llegado comienza una entrevista de trabajo habla en plural, de nosotros, y no en singular, yo. Tampoco trata de usted a los desconocidos, de señor y señora, porque Nicolás Guillen poetizó que se podía llegar a un banco y hablar con el administrador —no con el dueño— y decirle compañero, como se dice en español. El recién venido del Nunca Jamás Tropical debe aprender a decir gracias y a pedir perdón. Que no se silva para llamar a una persona. Que las personas no se llaman ¡oye! Hay que aprender que aquí a nadie le tocanada. Y muy pocos nos resuelven porque los socios, sociales y yuntas están puestos pa sus cosas na ma.

Como mismo la Involución una de las primeras cosas que hizo fue trastocar el lenguaje, modificar los significados y los significantes para cambiar la forma de pensar, sentir y actuar de las generaciones más jóvenes al inicio del proceso, habrá que hacer una campaña de (des)alfabetización para regresar los compatriotas al buen decir y el ético obrar. El lenguaje de toda dictadura, por las ideas que envuelve, las emociones que explota, y las conductas que promueve es pendenciero, litigante, desprovisto de misericordia y amor al prójimo. Es un lenguaje de barricada y de confrontación, y no pueden evitarlo porque su paz es la guerra.

Quizás lo primero por hacer sería destronar los eufemismos ocultadores de la verdad. Al pan, pan, y al vino, vino. Pan y vino casi en extinción hace buen rato. No se puede enfrentar la prostitución –legalizarla como trabajo sexual o penalizarla- si no se habla de qué se trata con exactitud. El desempleo necesita valorarse no en un sentido de futuridad lingüística —eufemística: un disponible o interrupto— no coital. El paciente psiquiátrico y el vagabundo, muchas veces coincidentes, merece más respeto que tratarlo de simple caminante para el cual no se hace camino al andar ni con versos de Machado ni con música de Serrat. Los emprendedores son dueños. Significa que son libres de producir en la medida que ellos mismos sean responsables de sus acciones. Emprender significa comenzar, no que estén terminados antes de empezar.

El hecho más reciente, y donde se puede comprender el efecto de la palabra sobre el pensamiento, las emociones y las conductas en una dictadura como la cubana fue la manifestación espontánea y masiva del 11J. Todo comenzó porque hubo un gap —en inglés significa brecha, espacio abierto— en el muro de contención informativo y normativo del régimen. No existió un bloqueo de la comunicación y cual pradera seca en llamas se fue trasmitiendo por toda la Isla la noticia de que el pueblo estaba en las calles reclamando libertad.

El primer paso lógico por parte de las autoridades: cerrar la brecha, cerrar internet. Después de controlar la situación con golpizas que el mundo entero pudo observar, vino el control de daños comunicacional. Los que protestaban eran delincuentes, marginales, e incluso mercenarios pagados por el Imperio, quien organizó la explosión cívica. Sin embargo, lo más llamativo han sido las peticiones fiscales como si trataran con homicidas. Ya sabemos que en la Isla no hay ley para cada delito, sino delito y ley para cada persona, así que las acusaciones de desorden público y atentado no bastaban para pedir 20 y 30 años de prisión. Pero el delito de sedición, una acusación grave que involucra premeditación, organización previa y violencia contra el estado si admite semejantes peticiones fiscales. Hoy los protestantes del 11J no solo son mercenarios, delincuentes, perturbadores de la paz social. Son sediciosos. Eso recuerda la triste época colonial en que bastaba una carta de los jóvenes José Martí y Fermín Valdés Domínguez para ser acusados por los delitos de infidencia y sedición; y el primero, casi niño, sufrir trabajos forzados, y posteriormente, en un acto de magnanimidad, ser deportado.

Una sociedad libre, democrática, plural, acepta varias maneras de exponer las ideas. No puede haber etiquetas. No puede haber epítetos degradantes. Hay rivales políticos, filosóficos, científicos. Pero no enemigos que se desean el mal o gozan con la penuria ajena. Una sociedad prospera no mira al pasado, y si lo hace, es para ser crítica con los errores no para entronar a nadie ni a ideas que fueron validas en otro contexto y hoy carecen de profundidad y razón. La historia no puede ser una secuencia de continuidad porque no es creíble; la historia tiene retrocesos, y en los jardines de nadie pastan los héroes porque los grandes santos fueron también grandes pecadores. Tampoco el capitalismo de hoy es lo que Marx y Lenin prefiguraron, ambos profundamente equivocados y empecinadamente soberbios. Tomar a estos hombres como referentes después que la práctica ha demostrado con sangre, sudor y lágrimas cuan desacertados estaban roza lo punible.

Menuda tarea para el futuro de Cuba. ¿Podremos modificar el lenguaje una vez terminada la dictadura? ¿El lenguaje marginal, ambiguo, y etiquetador perdurará en condiciones de libertad? ¿Se ha modificado el decir de los cubanos en el exilio en esa suerte de gueto insular llamada Hialeah? Son preguntas que pudiera haberse hecho George Orwell, novelista que con una granja animal describió el manicomio totalitario. El también creador del personaje del Gran Hermano afirmaba que, si el pensamiento corrompía el lenguaje, el lenguaje también podía corromper el pensamiento.


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